Hemos intentando profundizar en otras ocasiones en el tema de la utilización del cuerpo humano como soporte de la moda o de la fama —modelos y actores— a través de las imágenes expuestas a nuestra mirada. (Miradas 1: dejarse mirar, Miradas 3: a quién miramos, Miradas 5: mirar el cuerpo, Miradas 6: la mirada como producto)
¿Qué vemos cuando miramos a una modelo o a una actriz en la pantalla, una persona o un personaje? ¿Quién o qué es lo que se vende en los spots de tv, en las vallas publicitarias, en las portadas de las revistas, una realidad humana o sólo una imagen de ella? ¿La propia imagen es separable, objetivable, convertible en objeto y por tanto, susceptible de comerciar con ella… o, al ser inseparable de la realidad que la origina —la persona­—, el comercio se hace en realidad con el original y no con su copia resultando así una clase de prostitución del propio yo?

En el XLSemanal hay un artículo impagableque pone de manifiesto lo trágico que esconde el glamour del mundo de las modelos. Uniéndolo con la reflexión anterior: ¿qué esconde la trastienda en donde las personas construyen las imágenes ficticias con las que finalmente las vamos a contemplar?. Ahí están las personas que en un momento dado ven en una persona un posible soporte de imágenes consumibles; la persona que, junto con otras,  acude al casting para que la seleccionen y la conviertan en aquello que no es, pero que sueña ser; las personas que las maquillan, las peinan, las visten, las fotografían hasta convertirlas en imágenes imposibles de sí mismas para el disfrute de otros millones de personas que acabarán consumiéndolas como simples imágenes despersonalizadas.

Sara Ziff es una modelo que ha vivido en primera persona ese proceso de despersonalización y que tras realizar junto con su novio el documental Picture me (Retrátame) inédito en España todavía, trabaja para que en ese mundo que construye el glamour, se trate a las modelos como personas. Sus testimonios son definitivos. Muestran la oscuridad que se esconde detrás de la luz de los focos, el brillo de la notoriedad, la belleza de las imágenes y la fama y el dinero que llevan consigo.

El comienzo

Sara Ziff  Fue descubierta por una fotógrafa cuando regresaba de la escuela. El hecho de que fuera mujer y fuera acompañada por su marido y sus hijos, le dio a la entonces niña, toda la confianza. A la semana ya le habían ofrecido una sesión en Jamaica y desfilar para Calvin Klein. «Yo tenía 14 años. Ni siquiera tenía pecho. Era mi tercer casting. Fue en Nueva York. Íbamos entrando al set de una en una. El fotógrafo me pidió primero que me quitase la camisa. Luego dijo que todavía le costaba imaginarme para la campaña y me hizo quitarme los pantalones. Y allí estaba yo, de pie, con unas bragas de Mickey Mouse y en sujetador. Me lo quité. Hice lo que me pidió. Yo estaba ansiosa por gustar y por conseguir el trabajo. No supe reaccionar de otra manera. Él daba vueltas a mi alrededor, como un tiburón nadando en círculo, mirándome de arriba abajosin decir nada»