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Covid-19 (III): conexión o más aislamiento

Covid-19 (III): conexión o más aislamiento

En el primer post dedicado al virus hablábamos de cómo el confinamiento ha puesto de manifiesto las fortalezas y debilidades de las tecnologías de la comunicación. Forzados por la inevitabilidad del aislamiento, televisores, móviles, ordenadores y tabletas, que ya eran dispositivos intensamente utilizados en la normalidad cotidiana, se han convertido en artículos de primera necesidad para la ruptura del aislamiento. Los tiempos de consumo de pantallas, que ya se consideraban excesivos en la vida cotidiana porque tendían a robar cada vez más tiempo de la vida física e interferían en las relaciones de los usuarios entre sí y con el mundo real, se han visto incrementados de un modo formidable como única alternativa posible a la desaparición de la comunicación física robada por el Gran Hermano Nacional del confinamiento obligatorio. Un aumento tremendo del tiempo de consumo en todas las franjas de edad.

Como decíamos, la tecnología ha probado su eficacia en acercarnos lo lejano (acontecimientos y seres queridos) como ninguna otra ha sido capaz de hacerlo, proporcionándonos, además, ingentes cantidades de información y entretenimiento e incluso objetos físicos convenientemente empaquetados puerta a puerta. Pero, también se han puesto de manifiesto, de manera más clara, aunque siempre de modo más invisible, más difícil de ver, sus limitaciones, miserias y riesgos.

Durante años, antes de la aparición de internet, hemos comentado aquí cómo precisamente la omnipresencia de la televisión, el electrodoméstico visual por excelencia, la hacía paradójicamente invisible porque formaba parte de nuestras vidas de forma tan cotidiana, tan continuada, tan regular, tan necesaria que ya no la teníamos delante, sino dentro de nosotros. Como el aire, era tan evidente como imperceptible. «Aún existían en el siglo pasado familias que tenían hijos; luego apareció la televisión, la pusieron en mitad del salón y entonces la televisión tenía una familia», sentenció Alejandro Herrero en su libro de aforismos (Recorriendo el meridiano).

Sempé nos muestra magistralmente el paisaje urbano, sociológico y espiritual del prime time en una ilustración que no solo sigue siendo válida hoy, sino que expresa perfectamente la potencia homogeneizadora del medio en medio del encierro forzoso de estos días.

Sempé, Prime time

Y Quino nos aclara en parte lo que queremos decir con esta otra aguda tira de Mafalda.

Solamente apagándola podíamos empezar a verla –entenderla– conscientemente de verdad. Las pantallas producen ese efecto hipnótico que dificulta enormemente su análisis.

Y no se trata tanto del contenido, sino del medio en sí; con la tele o con la red a través de cualquier dispositivo:

No es fácil ver lo que la misma visibilidad oculta, pero el confinamiento ha revelado por exceso, como si fuera una caricatura, esa otra cara de la tecnología que normalmente se esconde tras el brillo eficaz de las pantallas. Citábamos en nuestro post cómo junto a su capacidad de acercarnos lo lejano, la tecnología produce una absorción aislante que nos aleja de lo próximo. De lo próximo humano y de lo próximo real. Porque dejamos de mirarnos unos a otros para mirar a la pantalla, y esta nos instala en una burbuja individual de mensajes banales y un masaje potenciador de nuestros prejuicios situándonos “en un torbellino de burbujas privadas, dentro de las cuales cada uno, con la ayuda de una pantalla de móvil, elabora su propia realidad a medida, su propio universo cuyo protagonista y cuyo centro es él mismo, ella misma» (Antonio Muñoz Molina, El País, 25 de marzo).

Nuestro hábitat físico se ha visto reducido a lo doméstico. Se nos ha impuesto la presencia tozuda de los nuestros. Puede que, ante esa imposición, los hayamos por fin descubierto como una oportunidad: «Igual que empiezo a descubrir a qué suena mi casa, me asombro de cosas normales que se han hecho extraordinarias» (Antonio Lucas, El Mundo, 16 de marzo). Lo ordinario son los otros. O también: «Es mentira que el infierno sean los otros, como decía Sartre. Me gusta la gente, me gusta mucho, y el mundo no está, nunca estuvo tan mal hecho. Hoy celebro todos los placeres en los que nunca reparé, las cosas y los seres que di por supuestos» (Lorena G. Maldonado, El Español, 15 de marzo).

Pero también los otros se nos han podido imponer como una amenaza de la que las pantallas extendidas individualmente por los habitáculos de la vivienda, y el desagüe de los móviles nos han facilitado la huida. La huida del roce, de la dificultad de las exigencias de la presencia. De ese encuentro en el que surgen las experiencias del diálogo, la escucha, la mirada, los gestos, la generación de vínculos, la creación de un ámbito de intimidad personal ante el otro que nos saca de la comodidad de nosotros mismos. La persona se manifiesta en la presencia, no delante de las cosas. La presencia frente a las cosas es la soledad y la pantalla es una cosa, no es una persona. Por más que haya en ella una representación, una imagen e incluso una voz, no deja de ser un intermediario sucedáneo de la realidad. La presencia real exige un trabajo, un esfuerzo, una fricción, un riesgo frente al otro que la pantalla suaviza, disminuye o hace desaparecer por completo en el texting del WhatsApp, de Facebook o de Instagram. Estas tecnologías no fueron creadas para perfeccionar la comunicación cara a cara, sino como una disminución aceptable pero mermada que la sustituye. Y está sucediendo una cosa curiosa: comenzamos a preferir los sucedáneos empequeñecidos al original.

Se trata de una hiperconexión que no persigue el encuentro, sino la distracción. «Angustia, solidaridad, aburrimiento, cariño, trabajo… Toda razón es buena para la necesidad furiosa de mensajearse sin pausa. La crisis del coronavirus ha tenido —tiene— un espejo sociológico en la explosión del coronamóvil. Está claro: en situaciones así, el ser humano e incluso algunas criaturas razonables necesitan comunicarse sin parar, en un frenético y melancólico non stop de tacto, visión y sonido» (Borja Hermoso, El País, 29 de marzo).

Un torrente imparable de hiperacompañamiento digital que algunos denominan beatíficamente o eufemísticamente “compartir”. «¿Tienes un día de tormenta? No te preocupes, que yo te mando chistes estúpidos de esos que no paramos de mandar por WhatsApp, aunque a mí no me hagan gracia, aunque me sienta una cínica tratando de sacarle una sonrisa a otras mientras lo único que quiero hacer es ver Hospital Central. Grabo vídeos con mi compañera Andrea Liba, pienso en gifts chorras para poner en Instagram y me derrumbo después porque no me creo nada. Necesito saber que mi mundo cabe aquí, pero no cabe. (…) Que no tengo nada más que contar más allá de que estoy desesperada, que me cuesta entender tanto buen rollo y tanto optimismo, tanta llamada por Zoom, tanto mensajito, tanto aplauso y tanta mierda. (…) Solo me queda aprender a vivir con esta rabia. Esta rabia que me invade y de la que no sé a quién culpar» (Andrea Momoito, Público, 10 de abril).

“¡Menos mal que teníamos la tecnología!”, nos decimos, porque qué hubiéramos hecho sin el atracón de series, las cinco horas y media de TV, o la ‘bondadosa’ oferta de la multinacional pornográfica que denunciamos aquí y a la que se refiere Quim Monzó: «Ahora hacen esta oferta a los ibéricos: ‘Ante la expansión de las cuarentenas, extendemos el acceso gratuito a Pornhub Premium durante este mes a nuestros amigos de España, para así ayudarlos a pasar el tiempo y a mantenernos entretenidos’. Cuando vean imágenes de balcones abiertos con gente cantando canciones napolitanas o jugando al bingo, piensen que quizá, en los balcones cerrados, hay personas que aprovechan la oferta» (La Vanguardia, 19 de marzo). ¡Gran favor, para ayudar a integrar una sexualidad plena en miles de adolescentes y adultos! ¿Sería muy apocalíptico pensar que en esta situación forzada, los padres habrán tenido un control mayor sobre sus hijos adolescentes que el que tenían en la vida cotidiana normal, o habrá sido menor porque, pobrecitos, cómo iban a estar aislados de sus iguales?

¡Qué hubiéramos hecho sin la inabarcable oferta conectiva que nos ha permitido vernos y oírnos a través de las pantallas! Todos agradecemos su existencia, pero nunca como ahora, percibimos también su pobreza y limitación, frente al encuentro físico al que estamos deseando volver para encontrarnos ‘de verdad’ con los demás e incluso con el silencio que a lo mejor nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos.  La verdadera distopía, el auténtico horror no está en la ausencia de la tecnología sino en su posible omnipresencia. Consuelo Madrigal (El Mundo 4 de mayo) nos recuerda que Karl Popper propuso, muy premonitoriamente, en los años 40 del pasado siglo, «la hipótesis inconcebible de una sociedad completamente telemática en la que la vida transcurriría en el anonimato, el aislamiento y el infortunio».

 «No es imposible –decía Popper– concebir una sociedad en que los hombres no se encontrasen nunca, prácticamente, cara a cara; donde todos los negocios fuesen llevados a cabo por individuos aislados que se comunicasen telefónica o telegráficamente y que se trasladasen de un punto a otro en automóviles herméticos. (La inseminación artificial permitiría, incluso, llevar a cabo la procreación sin elemento personal alguno). Podríamos decir de esta sociedad ficticia que es una «sociedad completamente abstracta o despersonalizada». (K.R. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, escrito de 1938 a 1943, publicado en 1950, trad. española en Buenos Aires, Paidós, 1982. Págs. 171-172)

Sería probablemente una sociedad mucho más eficaz, mucho más perfecta, mucho más manejable y, seguramente por todo eso, mucho más inhumana.

 

Referencias:

Job, la prensa española y el coronavirus, Ignacio Carbajosa y Alfonso Calavia

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Para padres y educadores:

  • “Comprar un móvil: una decisión educativa”
  • “Whatsapp: los límites de la comunicación virtual”
  • “Videojuegos: qué hacen los menores en Internet”
  • “Sistemas de control parental: filtros y controladores para el ordenador y el móvil”
  • “Sexualidad digital”: educación afectivo-sexual en el ámbito digital
  • “Padres 2.0: educar los valores en el cambio tecnológico”
  • “Diez mitos tecnológicos”
  • “Tecnología y educación: ¿eficacia o márquetin?”
  • “¿Son nativos digitales o los hacemos?
  • “Ciberbullying: prevención y acompañamiento”

Para alumnos:(Segundo ciclo de Primaria y ESO)

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