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Antonio Sitges Sierra  es un cirujano del Hospital del Mar de Barcelona que ha escrito un estupendo artículo titulado Tecnología o tecnolatría: ¿A dónde van los cirujanos?¹ en la revista digital Cirugía Española.  En él se ocupa específicamente de analizar los daños colaterales que la introducción de nuevas tecnologías quirúrgicas está provocando, a su juicio, en los pacientes, en el sistema de salud general y en los propios profesionales, cuando esa asimilación tecnológica es inducida más por la presión de la tecnolatría ambiental que por verdaderos criterios profesionales.

 Sin entrar en los detalles específicamente médicos, su texto expresa desde el título una crítica razonada a la asunción irreflexiva de la tecnología solo por lo que esta tiene de prestigio social, de ideología dominante, de idolatría a lo técnico o tecnolatría,  y bien puede aplicarse a cualquier otro ámbito profesional –por ejemplo el educativo– o incluso al ámbito privado, individual o familiar de las comunicaciones en el que tanto y tan profundamente ha penetrado lo tecnológico y en el que resistirse a la tenencia de un móvil o, si ya lo tienes, a que este sea un Smartphone y, si lo es, a disponer de la aplicación WhatsApp es poco menos que imposible.

  La mejor prueba de que su breve artículo acierta plenamente está en que lo que sorprende a cualquier tipo de lector, sea médico o no, es su valiente posicionamiento en contra de la corriente dominante que nos tiene acostumbrados a no cuestionar por sistema el axioma de que lo que es tecnológicamente nuevo y posible es bueno, incuestionable e imprescindible, aunque no sea en absoluto necesario y pueda provocar efectos colaterales indeseados. Os animo a leerlo.  Aunque no seáis médicos disfrutaréis con él.

 Yo, por mi parte, me apropio de su texto en un plagio podríamos decir que empático, lo despojo de las referencias concretas al terreno médico quirúrgico y lo aplico al mundo educativo y medioambiental con el resultado que veis más abajo y que resulta especialmente significativo después del análisis pormenorizado que hemos hecho al vídeo Prensky-Punset –un magnífico ejemplo de la actitud denunciada por Sitges– en los trece últimos post.

 «Una de las características más definitorias del Medioambiente Simbólico en el que nos ha tocado vivir es la convivencia con la presión innovadora de la utopía técnico-científica que en muchos casos ha sustituido a las viejas utopías sociales del siglo pasado. Como aquellas, promete un futuro mejor y minimiza los riesgos como inevitables daños colaterales en el progreso continuo hacia el Paraíso.

Sin embargo, el discurso tecnólatra no es un discurso científico, sino una ideología autorreferente que sostiene que cualquier  problema o limitación que genere la tecnología se resolverá gracias al propio progreso tecnológico. Es una creencia, una especie de fe en la bondad innata de cualquier avance tecnológico que se blinda frente a cualquier crítica tildándola inmediatamente de apocalíptica y calificando de tecnófobo al que la sostiene.

 En el mundo educativo, por ejemplo, la presión innovadora de la utopía técnico-científica vigente hoy en toda la sociedad compromete igual a profesores, padres, alumnos, medios de comunicación, editoriales e industria en general. Una  presión que ha instalado un nuevo tipo de aventurismo técnico de la tecnología por la tecnología con unos efectos colaterales en la escuela que están absolutamente mal medidos y estudiados y que están perjudicando la reflexión serena sobre la renovación permanente y necesaria del sistema educativo.

 Desde la llegada de la TV hace casi sesenta años y tras el entusiasmo inicial provocado por lo deslumbrante de sus logros,  algunos  avisamos de que el exceso de consumo de pantallas e imágenes y la mistificación de la tecnología acabarían por representar una amenaza para la educación.  El tiempo nos está dando la razón. El estallido de las pantallas ha creado un perfil de alumno consumista, exigente, deslumbrado por los progresos técnicos y científicos  plasmados en las pantallas, distraído y estimulado por ellas, incapaz de afrontar el silencio reflexivo, la quietud del aula, la atención sostenida, la recompensa diferida de la lectura, el esfuerzo exigente para el dominio del lenguaje verbal y el pensamiento, imprescindibles para su desarrollo integral emocional e intelectual.

 Sin embargo, el diagnóstico negativo se ha desplazado curiosamente de las pantallas y de sus efectos sobre los alumnos y sus familias, al sistema educativo mismo, al profesorado, a las metodologías y a las aulas. Los personalismos de algunos supuestos expertos, la persuasión industrial – de la que nunca se habla como si las empresas tecnológicas fueran oenegés y no empresas dedicadas a colocar sus productos–  y la amplificación desde los medios de comunicación han instalado la idea de que el sistema educativo se ha quedado trasnochado frente a un alumnado supuestamente nuevo producto de una mutación provocada por el uso de las nuevas tecnologías. El clima educativo se ha enrarecido por la prevalencia de la ideología tecnológica vigente que prima la innovación sobre el ejercicio correcto, austero, personal, discreto, apasionado, imaginativo y sabio del educador de toda la vida al que hoy se le supone completamente ineficaz porque no está en las redes sociales, no tiene un Smartphone o no sabe manejar una pizarra digital. Esa presión de la tecnolatría ha debilitado las convicciones y valores educativos calificados peyorativamente como tradicionales sumiendo a muchos profesionales en el desconcierto. Una perplejidad que nada tiene que ver con la tecnofobia o el miedo a lo nuevo, sino con el ver sus vocaciones profesionales sustituidas por la atención desenfocada y desmedida a las herramientas metodológicas.

 Un tipo de prejuicio conceptualmente sutil ha ido instalándose a lo largo de las dos últimas décadas ligado a una serie de innovaciones tecnológicas de la comunicación –internet, teléfonos móviles, redes sociales– a las que se atribuyen propiedades mágicas en la transmisión de conocimientos en las aulas, propiciando un debate maniqueo entre integrados y apocalípticos, tecnólatras y tecnófobos, que privilegia la innovación sobre la reflexión y que arrincona los verdaderos problemas reales, diarios y cotidianos del sistema educativo y de la crisis social que los provocan.

 Igual que en el ámbito médico, en el caso de la cirugía, por ejemplo, los pacientes acaban  preocupándose más por el tamaño y visibilidad de la cicatriz que por la gravedad de su enfermedad o la competencia y currículum de su cirujano, la credulidad y el papanatismo tecnólógico fascinado por las apariencias han llevado a dedicar más horas a cursos y recursos orientados al uso de las nuevas herramientas tecnológicas que a la profundización en la tutoría personalizada, la vinculación con las familias o la implementación de hábitos de trabajo y estudio duraderos. Asistimos a una obsesión enfermiza por el incremento de la diversión y el entretenimiento de los alumnos  a expensas de la desaparición del esfuerzo y la exigencia como palabras y conceptos superados y sin valor pedagógico alguno.

 La Educación está  así inmersa en un proceso de transformación acelerada en el que cada vez es más difícil averiguar qué es progreso y qué es moda; qué es innovación valiosa y qué es tecnolatría, es decir, artificio y dogma.

 Por eso se impone una revisión crítica del culto tecnólatra y una valoración serena de los costes de la introducción de las nuevas tecnologías en la escuela no sólo desde el punto de vista económico, sino, sobre todo, desde el punto de vista pedagógico. Hablar de nuevo de Educación, sin más, molesta a los visionarios de la tecnología e incluso a toda la sociedad que ya participa de la utopía científica plenamente consolidada como ideología dominante en el Medioambiente Simbólico de este comienzo de siglo.

 El progreso ya se ha visto que no es lo que era.  No podemos seguir invocándolo para justificar la necesidad de no aburrir a nuestros alumnos en las aulas. El progreso hoy, pasa por defender una Educación sensata, reflexiva, cercana, personalizada, apasionada, exigente y a la vez compasiva basada en el buen juicio y crítica con las teorías pedagógicas de última generación. El progreso, hoy, pasa por la precaución frente a los supuestos avances tecnológicos que encarecen y entorpecen enormemente la educación y que a menudo van ligados a los intereses económicos de la industria tecnológica y/o editorial. El progreso pasa por afrontar críticamente los estilos de vida desarrollados por el uso de las pantallas que representan ya una amenaza seria para el desarrollo intelectual de los chavales y el ambiente educativo de las familias.

 Un hito histórico tiene un especial valor simbólico: el cierre del programa Concorde de vuelos supersónicos después del accidente de 2000. Este costó la vida a 96 turistas alemanes que se dirigían a Nueva York para embarcar a bordo de un crucero de lujo. El «síndrome Concorde» describe el fenómeno siguiente: llega un punto en que la tecnología se revuelve contra nosotros y complica los problemas –a menudo ficticios- que pretende resolver. Además, demuestra que una valoración precisa y desinteresada del coste/beneficio debería ser prioritaria antes de dar luz verde a las innovaciones tecnológicas de manera irreflexiva dejándonos llevar por el espejismo del discurso tecnopolitano.

 El mal de escuela² –que decía Pennac– no está en los bordes superficiales de las herramientas,  los métodos y las tecnologías, sino en la sustancia profunda de las relaciones personales, en la pasión por enseñar a los alumnos y en la compasión que despiertan sus fragilidades. Ahí es donde hay que renovar y renovar y renovar.»

 Referencias:

1 Tecnología o tecnolatría: ¿A dónde van los cirujanos?, Antonio Sitges-Serra, Unidad de cirugía Endocrina, Hospital del Mar Barcelona, España., en Cirugía española

 2 Mal de escuela, Daniel Pennac  (Buenísimo)

Post Scriptum: