He descubierto un estupendo artículo y una magnífica periodista. De la periodista, Matilde Latorre de Silva, solo sé que escribe -y muy bien-  en El Debate y en Religión en Libertad. Muy recomendable.  En cuanto a su artículo, lo paso inmediatamente a compartir porque ilumina brillantemente una de las múltiples caras tóxicas de este polifacético medioambiente simbólico  digital como siempre obvio en sus beneficios y en cambio muy sutil en su toxicidad, en este caso:  la droga frustrante del entusiasmo. En efecto, la dieta de la red, las series, las pantallas, el espectáculo en el que convertimos nuestro entorno como si fuera real, nos hace adictos al postureo y al cotilleo de la contemplación automática de las vidas de los otros, nos lleva a la necesidad de sentir permanentemente el estímulo  y el sabor de lo nuevo, lo asombroso, lo imposible…, y acaba haciéndonos incapaces de saborear y disfrutar el pan del que se compone el presente de lo que verdaderamente somos.  El scroll permanente, las notificaciones, el pasar de pantalla, la incertidumbre de lo que va a venir después, nos engancha aislándonos de nuestro entorno exterior e interior. ¿Quiénes somos cuando -la mayoría de los casos sin querer- matamos el rato mirando nuestro dispositivo sin acabar nunca de ver lo que miramos? Pero vayamos al artículo. Esta podría ser su entradilla:

«Hay una arrogancia silenciosa en la guerra contra lo rutinario: la creencia de que cada día debe ser significativo en términos narrativos. Como si la vida fuera una serie y no un proceso. Como si los días sin clímax fueran tiempo perdido. Pero la mayor parte de lo humano sucede precisamente ahí: en lo que no merece un post, en lo que no se cuenta, en lo que no genera identidad.» 

Y este el resto del artículo (las negritas son mías):

«Vivimos en una época que desconfía profundamente de la rutina. La considera una forma menor de existencia, casi una patología del espíritu. La rutina, nos dicen, mata la creatividad, marchita el deseo y convierte a las personas en adultos funcionales —lo cual, sospechosamente, parece ser precisamente el problema.

La modernidad tardía ha elevado el entusiasmo a categoría moral. Hay que vibrar, fluir, reinventarse. Preferiblemente antes del desayuno. Repetir algo con constancia es visto como un fracaso imaginativo, cuando no como un síntoma de derrota interior. Y, sin embargo, pocas cosas revelan tanto desorden como una vida dedicada a huir de la repetición.

Desde Aristóteles sabemos que el hábito no es enemigo de la virtud, sino su condición de posibilidad. No somos justos por tener una gran idea sobre la justicia, sino por practicarla de manera reiterada y, a ser posible, sin aspavientos. La excelencia, decía, es un hábito. Hoy, en cambio, la excelencia parece una campaña de marketing personal.

La rutina no promete plenitud. Promete algo más subversivo: continuidad. Y eso, en una cultura obsesionada con la ruptura, resulta casi indecente.

Hay una arrogancia silenciosa en la guerra contra lo rutinario: la creencia de que cada día debe ser significativo en términos narrativos. Como si la vida fuera una serie y no un proceso. Como si los días sin clímax fueran tiempo perdido. Pero la mayor parte de lo humano sucede precisamente ahí: en lo que no merece un post, en lo que no se cuenta, en lo que no genera identidad.

Kierkegaard, que entendía bastante bien el tedio, advertía que la desesperación no nace del aburrimiento, sino de la incapacidad de habitar lo cotidiano con sentido. No es la repetición lo que vacía la vida, sino la ausencia de interioridad.El problema no es desayunar lo mismo, sino no saber para qué se despierta uno.

Paradójicamente, la rutina es una de las formas más eficaces de libertad. Libera de la neurosis de la elección constante, de la obligación de decidirlo todo, siempre, como si la voluntad humana fuera una fuente inagotable de energía. No lo es. Decidir cansa. Y una vida agotada por decisiones triviales difícilmente puede sostener decisiones importantes.

La rutina también protege del narcisismo. No permite demasiadas fantasías heroicas. Obliga a aceptar la propia finitud: hoy toca esto, no otra cosa. Y mañana, probablemente, también. En ese reconocimiento humilde hay más verdad que en muchas proclamas de autenticidad.

No es casual que las tradiciones espirituales hayan confiado tanto en la repetición. La oración, la liturgia, el silencio diario, el trabajo perseverante: todo eso forma personas estables, no personajes interesantes. Y el mundo, conviene recordarlo, necesita más personas estables que relatos fascinantes.

La aversión contemporánea a la rutina no es una defensa de la creatividad, sino una incapacidad para tolerar el límite. La rutina recuerda algo incómodo: que no todo es posible, que no todo cambia, que no todo depende de nosotros. Y eso, para una cultura construida sobre la autoafirmación permanente, resulta casi ofensivo.

Desde luego, la rutina puede volverse mecánica, incluso alienante. Pero también puede convertirse en una forma de cuidado. Cuidar el tiempo, cuidar el cuerpo, cuidar a los otros, cuidar la propia alma. Repetir no es estancarse; es permanecer. Y permanecer, hoy, es un acto profundamente contracultural.

Quizá la verdadera madurez consista en dejar de exigirle a cada día que sea extraordinario y aprender a vivirlo con atención. Aceptar que la mayoría de las jornadas no nos salvarán, pero tampoco nos perderán. Que bastará con estar, cumplir, sostener.

La rutina no es el fracaso de la vida interesante. Es su infraestructura silenciosa. El caos inspira anécdotas. La rutina, en cambio, hace posible la existencia.

Y aunque no tenga buena prensa, sigue siendo una de las formas más elegantes —y discretas— de resistencia frente a la tiranía del ruido.»

Referencias

Una modesta apología de la rutina (contra la superstición del entusiasmo)

Matilde Latorre de Silva