Parte 2 Escuela

La cabeza de Pulgarcita

Cuenta Serres la Leyenda dorada que va a constituir la alegoría central de su visión ciberoptimista del hombre actual: al obispo Saint Denis le cortan la cabeza y, descabezado, la recoge y se va con ella en el brazo. Ahora Pulgarcita y todos nosotros andamos también descabezados porque nuestra capacidad de cognición (sic), nuestras facultades (memoria, imaginación –«enriquecida por millones de iconos– (¿¿??)», nuestra razón –«los programas que pueden resolver problemas») están externalizadas, trasladadas al ordenador. Ahora, desocupada, nuestra cabeza puede dedicarse a la invención, a la genialidad y nosotros estamos «condenados a volvernos inteligentes».

Aprovechando la cita que hace de Montaigne, que prefería una cabeza bien hecha que llena cuando se inventó la imprenta, habría que recomendarle a Serres la lectura del libro citado de Nicholas Carr que, en síntesis, viene a decir que cuanto más listo es el ordenador, más tonto será el usuario. O quizá estas palabras de Steve Jobs en 1996: «Había llegado a pensar que la tecnología podría ayudar en la educación. Probablemente haya encabezado esa creencia, soy uno de los que más equipamientos tecnológicos ha regalado a colegios en todo el planeta. Pero llegué a la conclusión inevitable de que el problema no es algo que la tecnología pueda solucionar. Lo que no funciona en educación no se arregla con tecnología. La cantidad de tecnología no tendrá el más mínimo impacto. […] Podemos convertirnos en seres humanos asombrosos sin tecnología […] y en seres humanos poco interesantes con tecnología». O lo que advirtió en otro lugar diciendo que no es delante de una pantalla sino detrás de ella donde se construye la cabeza que luego sabrá usarla. O debería también pensar en lo que opina José Antonio Marina: (recomiendo la relectura del post enlazado abajo completo) «Se nos pide que enseñemos a utilizar las TIC. Estoy de acuerdo, porque nuestros alumnos viven y van a vivir en ese entorno, pero eso no significa enseñarles los trucos tecnológicos –esos los conocen muy bien–, sino enseñarles a usar inteligentemente la tecnología. “Un burro conectado a internet sigue siendo un burro”, y lo que necesitamos es que delante de la pantalla haya personas inteligentes y lo más instruidas posible, para que no caigan en la tentación de pensar que conectarnos a una máquina inteligentísima nos hace automáticamente inteligentes». Necesitamos pues, cabezas –insustituibles- para manejar convenientemente a las máquinas que nos descabezan y no al contrario.

Serres ha caído de lleno en esa tentación. Deslumbrado por la potencialidad del ordenador, augura una época aún no alcanzada en la que todas las estructuras que tienen como referente a la página del libro (colegios, universidades, edificios, tablets, pantallas que se basan todavía en el mismo principio…) desaparecerán. Vaciada de todo en el ordenador, llena de nada, desvinculada de todo esfuerzo dedicado al saber, a la cognición, a la razón, a la resolución de problemas, al pensamiento… la cabeza de Pulgarcita podrá dedicarse a tareas más altas. Es el «fin de la era del saber». Sin embargo, yo –viejo gruñón– lo que veo son Pulgarcitos y Pulgarcitas desvinculados de la realidad, formateados por el espectáculo, distraídos, incapaces para la reflexión y el ejercicio de la inteligencia, inútiles para afrontar la resolución de problemas, usando un uno por ciento de la potencialidad inmensa de Internet, abandonados por los adultos en un magma de relativismo y sinsentido, dirigidos por los valores de las series y realitis televisivos… corren sí, pero como pollos sin cabeza, hacia ninguna parte.

La incapacidad de escucha y el parloteo incesante de los Pulgarcitos en las aulas que «ni leen ni quieren escuchar», no es síntoma – como dice Serres– de que todo lo que se les ofrece ya lo tienen y no están dispuestos a perder el tiempo con ello. Al contrario, la incapacidad de concentración y la falta de hábito para el pensamiento y la reflexión la produce no sólo el alejamiento del libro y  de la palabra misma; sino también el formateo televisivo y publicitario, el chateo adictivo de las redes sociales,  la distracción permanente de las imágenes que lejos de alimentar la imaginación acaban anulándola. Según Serres,  en la escuela no enseñamos a pensar, a razonar, a afrontar, a aprender, a convivir… solo ofrecemos dictatorialmente una información que ya está en Internet. Así de simple. Es el fin de la era de los intermediarios, de los expertos. Ahora todos lo somos. No hay espectadores, solo actores; ni sacerdotes, todos somos predicadores; ya no hay maestros, todos somos profesores; ya no hay políticos, solo ciudadanos decididos. Todo por obra y gracia de la magia de esa librería desordenada que es la red.

Ante el ordenador, dice Serres, el cuerpo se yergue solicitado por la atención y la actividad en vez de buscar la horizontal de la contemplación televisiva; la pantalla le vuelve activo porque es él quien conduce su búsqueda. ¿Está hablando Serres de la actividad y la postura de estos Pulgarcitos jugadores de la Play o del ordenador que durante horas y horas no mueven un músculo que no sea el del dedo índice del ratón o el joystick del videojuego? ¿Se refiere quizá a esa aparente concentración, que es hipnotismo, con la que la mirada se queda prendida del brillo de las pantallas? ¿Nos está hablando de estos niños y niñas a los que el procesador de textos se les hace ya cuesta arriba porque con él hay que leer y escribir? ¿O son estos Pulgarcitos que ya tienen treinta años y siguen enganchados al mundo infantil del videojuego o el porno? ¿Es que la información –que no el saber, insisto– está siempre en formato de imágenes? ¿Aparece el saber simultáneo y brillante como un fogonazo de plasma?¿no hay que leerlo? ¿no necesita ser descifrado, analizado, sintetizado, entendido, aprehendido y aprendido? Debe ser que no. No hay que hacer por lo visto ningún esfuerzo. Solo encender el ordenador.

Por no necesitar no necesitamos ni conceptos, ni abstracciones. Ahora todo es velocidad de buscador. ¿Para qué saber qué es la belleza –eso sería pensar– si en un instante dispongo de miles de ejemplos de cosas bellas? Ahora manda la realidad viva. Si la pensamos, la troceamos, la sintetizamos con nuestro pensamiento, la estamos asesinando. La era de la creatividad, necesita asesinar al pensamiento que mata la vida. Lo dicho: Bárbaros.

Referencias

Pulgarcita, Michel Serres, Gedisa, Barcelona, 2014

Análisis del libro Los Barbaros de Alexandro Baricco en el blog

Algunas reflexiones de Marina en torno a la educación

Superficiales, ¿qué está haciendo internet con nuestras mente, Nicholas Carr

Michel Serres habla sobre Pulgarcita, vídeo

Lectura crítica completa de Pulgarcita en Pensar los Medios