«El consumo de dispositivos digitales –en todas sus formas: smartphones, tabletas, televisión…– durante el tiempo de ocio es absolutamente brutal entre las nuevas generaciones.»

Así comienza este demoledor repertorio de estudios científicos sobre los efectos de las pantallas en los jóvenes. Si unimos esta afirmación al significado inequívoco del título, ahí tenemos sintetizado todo su contenido: el consumo brutal de pantallas conduce a fabricar cretinos digitales. Así de claro. Y no lo dice cualquiera: se trata de Michel Desmurget, neurocientífico, director de investigación en el Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica de Francia.

El libro es fruto de cuatro años de trabajo de revisión sistemática de la literatura científica que se ha ido publicando en estos últimos años. Pero, sobre todo es producto de un enfado monumental que nosotros desde aquí comprendemos muy bien. Porque ante el fenómeno de este consumo brutal, «Muchos de los expertos que suelen intervenir en los medios –nos dice– […] lejos de alarmarse parecen estar encantados» llenando el medioambiente simbólico de expresiones como «[…] una nueva era […] el mundo pertenece a los “nativos digitales” cuyo cerebro ha cambiado para mejor. […] una extraordinaria oportunidad para la escuela…, etc.» Tal cual. Es lo que hemos vivido estos últimos veinte años: rancio e injustificado ciberoptimismo.

Así, según algunos, al homo hábilis, al ergaster, al sapiens, productos de una evolución de millones de años, le ha sucedido, en solo unas décadas el homo digitalis: un verdadero milagro evolutivo que recibe diversas denominaciones: millenial, nativo digital, screenager,… Un producto de un tsunami digital que está haciendo que el cerebro de una sola generación cambie convirtiendo a los chavales en mutantes listísimos, veloces, multitarea, que se aburren con las viejas metodologías escolares. Los videojuegos son buenos, las pantallas fantásticas, las tabletas estupendas para los bebés, la televisión una ventana abierta al mundo, un ordenador en las manos de un etíope analfabeto es mucho más eficaz que un sistema escolar en Nueva York…  Y, por supuesto, cualquiera que ponga en duda esta visión optimista –como él o como nosotros– no es sino un aguafiestas demonizador, un pesado neoludita, un melancólico conservador que quiere volver al pasado.

Y es que, frente a toda esta fraseología ciberoptimista utilizada por vendedores de humo digital, la literatura científica seria, nos habla de la toxicidad de las pantallas; nos dice que lo digital es nocivo para el desarrollo del cerebro; que los chavales saben más, pero comprenden menos; que no, que los niños etíopes no aprenden solos a leer con sus tabletas; que los que fabrican tecnología, protegen a sus propios hijos de ella; nos demuestra que no basta el sentido común para hablar con sentido de las pantallas y sus efectos… En definitiva, que la realidad de los estudios científicos de la psicología y la neurociencia muestran una serie indudable efectos tóxicos por el abuso de las pantallas en todos los ámbitos de desarrollo: en el corporal (madurez cardiovascular y obesidad), en el emocional (agresividad, depresión), en el cognitivo (empobrecimiento del lenguaje, el pensamiento y la concentración) o en el escolar (el Informe PISA que revela que lo digital no mejora, sino que empeora las cosas).

De ahí el enfado. El autor – y yo con él- está harto «de esos autoproclamados especialistas que saturan el espacio mediático con su inepta verborrea. […]Harto de esos despreciables lobistas disfrazados de expertos […] Harto de esos periodistas insensatos que ponen sus plumas y sus micrófonos a disposición del primer fanfarrón que pasa, sin preguntarse si de verdad conoce el tema del que está hablando, […] harto de que se les niegue a los padres el derecho fundamental de acceder a una información exacta y honesta.»

Y de ese hartazgo, nace esta extraordinaria obra de inexcusable lectura para todo aquel que quiera saber de verdad qué dice la ciencia sobre los efectos beneficiosos o tóxicos de la tecnología. No son opiniones, sino estudios, resultados, hechos. Con una retórica que busca desde el título tener pegada mediática, pero hechos.

Primero, desmonta, uno a uno, los tópicos y mitos del ciberoptimismo mediático y social oponiéndoles un repertorio exhaustivo de documentación científica:

  • No hay mutación: la omnipresencia de las pantallas NO ha dado lugar a una nueva generación de seres humanos.
  • Los nativos digitales no existen: los miembros de esta supuesta generación NO son en absoluto expertos en el manejo y comprensión de las herramientas digitales
  • No son más listos: el cerebro del mal llamado “nativo digital” no está más desarrollado. Jugar a videojuegos mejora la competencia de jugar a videojuegos, pero no tiene una transferencia a la vida real.
  • No existe ordenador capaz de solucionar las dificultades educativas del tercer mundo: Los resultados de la costosísima y difundidísima campaña «One laptop per child» que pretendía mejorar las competencias educativas e intelectuales de países subdesarrollados fueron tremendamente decepcionantes.
  • No es necesario, sino contraproducente digitalizar las escuelas: el sistema escolar no necesita adaptarse a esta supuesta revolución, sino más bien profundizar en la continua renovación de sus postulados básicos.
  • La televisión y las pantallas alteran el sueño cuando se consumen justo antes de dormir.
  • Desaconsejar el consumo de pantallas antes de los tres años, no puede querer decir que a partir de esa edad haya barra libre: los efectos nocivos de las pantallas se siguen dando a los cuatro, a los cinco, etc… Establecer esa frontera parece legitimar que después de esa edad el cerebro y la afectividad infantiles ya están perfectamente inmunizados lo cual no es cierto en absoluto como demuestran millones de usuarios adultescentes.
  • Las tabletas no son más inocuas que la televisión.
  • La información sobre los efectos de las pantallas está sesgada a menudo por intereses comerciales y de mercado.
  • Las estrategias habituales para tratar de estos temas en los medios es demonizar a los supuestos demonizadores, ironizar sobre la exageración de advertencias de carácter científico negativas tachándolas de alarmistas, quitar hierro, suavizar, rendirse ante la supuesta inevitabilidad del cambio tecnológico, envejecer los discursos con la expresión «…del siglo XXI», no tener en cuenta los hechos…,

Tras esta desmitificación, la segunda parte del libro la dedica a describir, con el mismo aporte de datos, cómo están en realidad las cosas.

Primero en casa: el tiempo de consumo «no solo es disparatado, sino que encima crece cada vez más» mediante una impregnación invisible pero cierta de la primera infancia, una amplificación evidente en la pubertad y una auténtica inundación en la adolescencia. Pero no es un fenómeno inevitable. Se puede y se debe poner puertas al campo: normas claras de uso siempre justificadas y explicadas, pero firmes: nada de pantallas antes del colegio, ni antes de dormir, ni con los deberes; nada de televisor, ni móvil, ni consola en la habitación; móvil tonto en lugar de móvil listo como herramienta de comunicación; antes de los seis años, nada de pantallas; después, entre 30 y 60 minutos. A más pantallas (tv, videojuegos, smartphones, redes sociales…) peores resultados académicos.

Luego en la escuela: a más digitalización en la escuela, más bajo rendimiento de los alumnos: para memorizar, enseñar a pensar, sonreír, acompañar, guiar, consolar, animar, estimular, emocionar, necesito buenos profesores y no nuevas herramientas informáticas. 

En cuanto al desarrollo cognitivo, no hay más que seguir los títulos de los epígrafes: Unas interacciones humanas mutiladas. Un lenguaje amputado. Los niños necesitan que se les hable. Más allá de la primera infancia, no hay salvación sin lectura. Una atención saqueada…

Respecto a la salud corporal: un sueño profundamente alterado, un sedentarismo devastador.

Y en cuanto a los contenidos y su capacidad de modelar conductas: una imagen alterada del cuerpo, una sexualidad y afectividad profundamente desordenadas y una insensibilización de la empatía ante la contemplación continuada de violencia.

Concluyendo, en el epílogo, unas palabras definitivas y definitorias. Sin paliativos:

«Al principio, cuando mi lectura de la bibliografía sobre este tema era aún fragmentaria, apenas sentía una vaga irritación. Después, a medida que iba analizando un volumen en constante crecimiento de estudios científicos inquietantes, por una parte, y una oleada de discursos públicos cada vez más lamentable por la otra, esa sensación se fue convirtiendo poco a poco en una rabia sorda y fría. Lo que estamos haciendo padecer a nuestros niños no tiene perdón. Probablemente nunca antes en la historia de la humanidad se había llevado a una escala tan amplia un experimento de descerebración como este».

Y, finalmente y, sobre todo, lo que es más importante: 87 páginas de notas y bibliografía científica detallada que respaldan que detrás de la retórica de cada una de sus afirmaciones que pueden resultar exageradas, hay toda un repertorio de estudios científicos poniendo de manifiesto que este no es un libro de opiniones, sino de hechos contrastados por la ciencia. 

Referencias

La Fábrica de Cretinos Digitales, Michel Desmurget, Península, Barcelona, 2020