Cristina Pérez Navarro
Escribe Carmen Posadas en sus Pequeñas Infamias del XLSemanal un artículo que titula La vida demorada.
Citando otro de la naturalista americana Diane Ackerman, llama la atención sobre una de las consecuencias invisibles pero palpables del cambio tecnológico al que el otro día hacía referencia Neil Postman y que tan bien explica José Antonio Marinaen este breve texto de muy recomendable relectura. Son insignificancias cotidianas apenas perceptibles en su pequeñez, pero enormemente importantes porque son las que componen el tejido y las entrañas  de nuestra vida.
Salimos por la mañana al parque a correr y «a pesar de que todos […] buscamos el contacto con la naturaleza, unos corren enchufados a un reproductor de música, otros miran el paisaje pero solo a través del objetivo de sus cámaras y, por supuesto, todos (incluida servidora) no nos separamos ni un minuto de nuestro teléfono». «¿Qué hace uno cuando está ante algo extraordinario, un espectáculo muy bello, un paisaje maravilloso, un momento único? Sacar su teléfono y fotografiarlo y, en vez de vivir el momento, lo congela como una merluza para consumirlo más tarde» sin llegar a hacerlo nunca porque ni siquiera les ofrecemos la materialidad del revelado en papel y las fotografías quedan olvidadas en la soledad digital del ordenador o de la Nube.
Estamos sobreexpuestos a una «avalancha de inputs sensoriales» y paradójicamente «vivimos una época de pobreza sensorial porque solo aprehendemos la realidad de forma vicaria en una pantalla
Las nuevas tecnologías tienen esa característica implícita en su uso, esa “filosofía interior”, esa idea fuerza que decía el otro día Postman: nos ponen en contacto con infinidad de realidades mediadas en dos dimensiones a las que antes no teníamos acceso, pero nos alejan cada vez más de la experiencia sensible, carnal, tangible, real, tridimensional en la que estamos, vemos, olemos, oímos y saboreamos, es decir, vivimos. Un camino que inauguró y sigue ahondando la televisión y en el que todos los soportes posteriores han continuado profundizando.
«Y esto es más cierto aún en el caso de los niños de ciudad, que más que nunca conocen la vida a través de las diversas pantallas a las que están asomados, la tele, el cine, el teléfono, el ordenador y no digamos la inefable videoconsola.»
Cuántas veces hemos hablado del verano de nuestras infancias como ese tiempo laxo, interminable, lleno de rabos de lagartija, cantos de chicharra, exploraciones aventureras y arriesgadas por el cauce de algún río, cielos estrellados o caricias furtivas, cargado de experiencias; llenos de vida, en fin, encarnada «cuando uno descubre el mundo por primera vez (y de primera mano)».
De nuevo, como hemos dicho otras veces, nos pasamos la vida viviendo cada vez menos viendo cómo viven los demás o contemplando la vida en la superficie plana de un cristal. Es vida, sí, pero vida desencarnada.