
Y terminamos con la contraposición en algunos ámbitos más.
Natural, artificial
Esta primera puede parecer intrascendente, pero no lo es tanto. La densidad técnica de lo tecnológico nos excluye de su comprensión y, aunque usamos sus productos, nos deja indefensos, lejos del objeto, expuestos a su complejidad, sin relación alguna con su origen que aceptamos como una fatalidad impuesta. Mientras que abarcamos la mesa que está hecha de materiales naturales que nos llevan a las ideas de madera, bosque, leñador, aserradero, ebanista… todos estos caracteres repugnan a la artificialidad de la tableta electrónica: «imposible un IPad de roble macizo».
Carne, plástico
Fabrice insiste: «No hay adición, sino sustitución de unas cosas por otras». No es sólo la tableta sino todo lo que la acompaña: «Los medios de comunicación, disminuyen el sentido de la conversación». «Como hemos entregado la cocina a los congelados, la conversación se ha hecho glacial: el plato cocinado industrial invita a charlas de mesa teledirigidas. La coca-cola no anima a las canciones propias del vino. Los sabores potenciaados por el glutamato dificultan la entonación de los cantos. Hay prisa, más bien, por ir a coger de nuevo la tableta». Hemos sustituido la carne por el plástico.
Madre, esclava
Durísimo alegato, definitivo y políticamente incorrecto: «Hemos perdido el sentido… la madre en el hogar había dejado de parecernos una dispensadora de los primeros misterios para ser una esclava servil. Para ella, la verdadera emancipación sería convertirse en empleada de una oficina. Trabajar para una start-up de ‘Apps’ para ‘Marketplace’, mejor que criar a los hijos. Preparar una reunión con unos socios asiáticos mejor que preparar la mesa para los suyos. Estar detrás de los fogones ya no es la primera forja de las almas y de los cuerpos,… lo que cuenta es estar delante de la pantalla, en algún nuevo Silicon Valley, con los pechos hinchados por la silicona, precisamente, y no por la leche». Azote del feminismo rancio, Hadjad no combate el trabajo de la mujer, sino la desaparición del sentido que, en vez de liberarla, lleva a la mujer a una doble esclavitud: el desgaste en un trabajo exterior que solo comporta un enriquecimiento económico y no personal, y el vaciamiento del trabajo doméstico reducido a una rutina de profundas ausencias por incompatibilidad y falta de conciliación. Es el hogar que se reduce a simple casa donde se vive, pero no se habita.
Genealogía, tecnología;
En la mesa, en el hogar, se reúnen los hijos, los padres y los abuelos, es un paréntesis en el trabajo, nos salva de la reducción de lo humano a lo útil, a lo productivo. «Con la tableta, la función está por encima del don y la transmisión entre generaciones queda interrumpida. Debe prevalecer el último grito. Lo tecnológico sustituye a lo genealógico. En esta situación el adolescente se convierte en el jefe de la familia. Su desenvoltura –nativos y emigrantes, de nuevo– con los nuevos programas informáticos es cada vez más decisiva que la experiencia de los ancianos –término que ya no designa nada venerable, sino sólo algo vetusto, caduco y listo para el desguace-».
Referencias



Y el hecho decisivo no es que las tecnologías (la «tablette» de Fabrice, coprotagonista junto y frente a la «table», no es si no una excelente excusa para su ensayo que nos remite a lo nuclear: nuestro ser arcaico y verdadero venido a estorbar por un «nuevo ser» actual y falso) tengan la menor posibilidad de satisfacer -satisfactoriamente- las necesidades humanas propias de su naturaleza, prolijamente descritas en estos cuatro post, sino que jamás la tendrán.
Escribe H. Marín en su ensayo El hombre y sus alrededores (pág.37) : «Los auténticos decretos de expulsión y repugnancia no son los destierros sino las excomuniones, es decir, la prohibición de comer juntos. O mejor: solo las excomuniones destierran del hogar, del centro de la comunidad que está allá donde se come juntos. Por el contrario las comidas en común sostienen, ratifican y restauran el origen común de los comensales. Los que comen juntos son «compañeros» (cum panis) no porque simplemente coman el mismo pan, sino porque se hacen del mismo pan pues la preparación del alimento, la cocina, opera socialmente como un útero común: hace que los comensales se hagan, literalmente, «carne de la misma carne», esto es, semejantes y hermanos. De ahí que toda fraternidad humana requiera el refrendo de la comida en común. No hay familia sin comidas en común. Y quien la prepara «oficia» -tiene el oficio de- la unidad, su conservación y restauración. Preparar la comida es cuidar del centro sin el cual no hay la clase de espacio que llamamos hogar, lo que significa que con las comidas en común se refuerza, ratifica y restaura esa unidad. Sin volver a comer juntos tampoco se habrá operado todavía del todo la reconciliación ni el reconocimiento».
He traído estas palabras de Marín a cuento de señalar cómo el hombre actual es en su naturaleza exactamente igual al hombre arcaico. Esto, además de un consuelo y una esperanza, me parece a mí la mejor arma para enfrentarnos a la colonización tecnológica de nuestra existencia.
José Luis
Doy vuelta por el comentario cinco días luego para confirmar la impresión que me quedó nada más publicarlo: demasiado implícito. Lo intento de nuevo:
«Preparar una reunión con unos socios asiáticos mejor que preparar la mesa para los suyos. Estar detrás de los fogones ya no es la primera forja de las almas y de los cuerpos,… lo que cuenta es estar delante de la pantalla», estas son las palabras de Fabrice Hadjad (cerradas con gran acierto por las tuyas cuando dices: «Es el hogar que se reduce a simple casa donde se vive, pero no se habita», porque, en efecto, «habitar» es un derivado de «habeo» (tener) y queda imposible «habitar» lo que no se tiene) que me llevaron, como un cohete, a las de Higinio Marín. Tiene Marín la facultad de “retirarse” del presente de los asuntos para ir al origen de su constitución y hallar ahí las claves para la comprensión cabal de los mismos y, por ello, la posibilidad de darles una respuesta propia, personal.
Y el abandono masivo o general de este ejercicio de “retirarse” un momento de los asuntos del presente para pensarlos primero en su origen o constitución y darles después una respuesta propia es, en mi opinión, la característica más genuina de la modernidad tecnológica en la que nos ha tocado existir. En otras palabras, de manera muy condensada: vivimos mal porque no pensamos.
José Luis.
¡Qué dos comentarios,amigo!
¡Magníficos!
Excelente complemento al post por la cita de Higinio Marín y por tus palabras. Ese abandono masivo, ese punto de fuga permanente que inició la televisión y han multiplicado las pantallas, tan en contra de nuestra naturaleza. Ese vivir sin comprender y, por tanto, sin poder dar una respuesta propia, personal, es decir, libre. Y todo, además, con la conviccion-espejismo de que todo va bien, de que todo es nuevo, bueno, un progreso.
Estupenda síntesis.
Gracias.