
Fabrice Hadjad
Vamos a ir comparando ambos objetos y los dos mundos que crean y representan.
Realidad física, realidad virtual
«A la mesa familiar sólo se accede a condición de haber desconectado la tableta.» Dice el autor de manera taxativa. La mesa «obliga a los hombres a mirarse […] es el medio del cara a cara […] amortiguado y mediatizado por la comida». Es el instrumento de un ritual, imprescindible para que el encuentro humano tenga lugar. «La mesa unifica las operaciones más alta y más baja de lo viviente: la nutrición y la inteligencia, comer y hablar […]. Aparecemos, sin ser ángeles, como seres de palabra y, sin ser bestias, como animales» («En la mesa, la palabra se recuesta proféticamente en el pesebre, entre el buey que rumia y el estiércol del asno.», dirá más adelante). Estamos en la verdad física de nosotros mismos en esa mezcla de animalidad física que sacia su apetito y la espiritualidad lingüística del alma. En la mesa se trata de una «presencia real y no de una red informática. […] Lo que está en juego no es tanto comunicar como comulgar, no es tanto abastecer de información como hacer que las voces se entrelacen». «Ante la tableta, –en cambio– entramos en la virtud de lo virtual, reconstituimos para nosotros un cuerpo sin órganos, un avatar» sin apetito. «El hambre no apela a la tableta táctil –lo hace, más bien, a la tableta de chocolate».
Prójimo, proximidad; tacto, táctil; realidad, ficción
«La tableta nos propulsa en la sin-distancia, la mesa nos invita a la proximidad. El primer aparato hace aparecer seres innumerables, […] pero fantasmales y fantasmagóricos; el segundo manifiesta comensales, menos espectaculares sin duda, irritantes a veces, pero realmente presentes». Lo cual no indica sino que la mesa es muy superior técnicamente a la tableta.
Sobre la extraordinaria revolución en las relaciones: la tableta y el móvil son chisteras mágicas de las que sacamos todo tipo de conejos. Gracias a la red –a la que se otorgan atributos divinos (ubicuidad, inmediatez, omnipotencia…)– tenemos al otro en el bolsillo siempre al alcance de la mano. Pero esta posesión, «¿no es privar al otro de toda alteridad, reducirlo a un utensilio de mi bienestar? […] la conexión sustituye a la proximidad, no hay más que clicar para hacer aparecer, y ya no hay necesidad de aproximarse. Pero allí donde no hay aproximación, con sus correspondientes acercamientos y lentitudes, ya no hay prójimo». «Prójimo es aquel al que yo puedo tocar, pero que también, a su vez, me puede tocar a mí, en una exposición común, en una vulnerabilidad consentida. […]. Es interesante por eso que el repertorio de la informática usurpe el término “contacto” y la tableta el adjetivo “táctil” [cuando, en realidad, la dimensión táctil de la tableta es] la de un tacto que se topa con un cristal, sin reciprocidad, sin sensibilidad a las texturas, a las temperaturas, a la presión y al peso, incapaz de esos actos supremos que son el tanteo y la caricia. […] En la reducción digital del mundo […] (donde se trata de ser mirón y exhibicionista…) el tacto de la tableta es solo un apéndice desencadenante de la vista.»
Frente a la realidad de las necesidades que nos atañen, la ‘ficción’ de la intervención en lo lejano. La tableta nos hace creer que la compasión consiste en llorar ante catástrofes del momento, la mesa nos recuerda que consiste ante todo en alimentar al que llora hambriento», al más próximo. «Es fácil admitir a alguien en la tableta de uno (a un ‘amigo’ en Facebook […] escondido tras un cristal). Pero así se olvida que lo importante es acoger a alguien en la mesa de uno», en la casa de uno, en el corazón de uno. «La proximidad supone siempre [un prójimo que], inaccesible a mis zapeos, pueda venir a molestarme a cualquier hora, subirse encima, pedirme que le sirva un vaso de agua o que le pase la sal», estar próximo, en fin, estar vivo.
Referencias:


