Es una parodia llena del talento de José Mota. Pero ¿qué es la parodia sino una caricatura deformada de la realidad? Y la realidad es que el ciberoptimismo tecnológico ha calado profundamente en la mentalidad educativa de muchos padres.

Ahí está el dato objetivo de los estudios del CIS que afirman que en las casas donde hay más niños es donde hay también más tecnología, es decir, probablemente más distracción, más dispersión, más aislamiento, más dificultades de aprendizaje…

Y están los padres que privan a sus hijos de jugar con el barro y la arena, con la bici y con los demás comprando videojuegos porque han oído que los que empiezan pronto a familiarizarse con los mandos de la Play o son excelentes pilotos de combate o se convierten por el contacto mágico con los ordenadores en jovencísimos triunfadores que se forran creando empresas digitales en un garaje.

Están los que compran el primer teléfono inteligente antes de la primera comunión como si el chaval necesitase una conexión a internet más que el cordón umbilical que casi le acaban de cortar.

Los que se lo compran supuestamente para tenerlos controlados, para saber dónde están, proporcionándoles así la herramienta del máximo  descontrol con la que pueden estar a cualquier hora en cualquier parte.

Los que les inscriben en Tuenti o en Facebook por debajo de la edad legal, porque mola y para que su niño no se quede aislado del rebaño mayoritario. (Los mismos que le dejan ver la tele programas para adultos para que no se quede solo sin saber qué decir en el recreo).

Ahí están los miles de padres emigrantes aquejados del “complejo Prensky” que miran embobados la velocidad de los pulgares digitales de sus hijos nativos en el smartphone como si la velocidad de los dedos estuviera relacionada con la proliferación de las neuronas y no con una costumbre adquirida con muchas horas de tiempo perdido.

Los que ven a sus hijos ver la tele, consultar la tablet y mantener una “conversación” whatsapeando con varios grupos a la vez con el smartphone, es decir hacer varias cosas a la vez y ninguna con la profundidad y concentración necesarias, y a eso lo llaman admirados “multitarea” en vez de preocuparse y llamarlo dispersión.

Los que están preocupados porque sus hijos no estén en la calle haciendo botellón y  se quedan tranquilos metiendo la calle en su cuarto con la conexión a internet para que hagan a placer, cuando y cuanto quieran, el botellón electrónico.

Los que, fascinados por el márquetin, eligen el colegio de sus hijos en función de lo avanzado de su aula de informática o de la utilización de tablets en lugar de libros de texto sin saber que los que fabrican esos dispositivos en Sillycon Valley mandan a sus hijos a un colegio en el que las pantallas están proscritas,  las pizarras son con tiza y los libros, por supuesto, son de papel.

Los que no saben, en definitiva, tampoco, que la tecnología es solo una herramienta que se maneja con la cabeza y con el corazón y que es en la cabeza y en corazón donde hay que invertir tiempo y recursos y no en las pantallas, que, de otro modo,  no sólo no hacen más listos a los listos y menos tontos a los tontos, sino más tontos a todos.

 Es una parodia, sí, pero no tanto.