Por una vez me adelanto a los medios… Aunque no es del todo cierto: son ellos los que se retrasan. En mayo de 2008 publiqué un post titulado La Eficacia de lo Pequeño que se hacía eco de un estudio de la Universidad de Columbia que concluía que las comidas familiares son un excelente elemento educativo de amplio espectro: hábitos alimenticios, equilibrio emocional, notas, consumo moderado de TV…
El XL Semanal dedica cinco páginas al mismo estudio y comparte mesa con ocho familias españolas a la hora de cenar.

Aprovechando su publicación, vale la pena repetirlo. Sigue estando vigente su mensaje y es tan simple que puede ayudar a muchas familias a mejorar los hábitos de uso tecnológico.

Comer y cenar en familia. Nada de forzar las cosas para convertir la cena o la comida en un foro o en una tertulia de cineclub. No se trata de sacar temas. Es simplemente estar, sin tele, sin móvil, sin ordenador, sin radio, sin IPod y sin IPad. Sólo unas cuantas personas diciéndose «pásame la sal, pásame los guisantes», comentando las vivencias del día, hablando del de mañana, corrigiendo modales, comiendo sano, hablando, mirándose, a veces riéndose y algunas riñendo entre sí… poniendo en marcha un ritual de referencias comunicativas y educativas de enorme trascendencia.

«Cenar juntos cinco veces a la semana reduce en un 50% la posibilidad de que los adolescentes fumen o beban». «Cuanto más tiempo de calidad se comparte entre  padres e hijos, menos factores de riesgo y más de protección se desarrollan ante conductas negativas y ante patologías como depresión, ansiedad o problemas de comunicación»  dice un psicólogo citado por la revista. De sentido común. Con una mejora en la dieta de presencia de los padres, la dieta dietética, valga la redundancia, mejora. La dieta emocional se estabiliza.  La dieta audiovisual disminuye su impacto tanto en el tiempo como en los efectos. 

Algo tan simple y hoy tan complicado como simplemente estar.