La pantalla brilla en la sala oscura. El rostro que veo es la imagen de un actor. La ha prestado a decenas de personajes que, aun siendo cada uno diferente, acaban siendo el mismo porque a todos los vivifica la misma persona. Me dejo engañar por esa falsificación y quedo finalmente preso del disfraz del personaje que la nueva historia me presenta.

Y oigo una voz. Unas palabras.

Un actor desconocido, sin imagen, presta sólo su voz para un nuevo engaño en el que el personaje se desdobla en dos actores que construyen una doble ficción en la que sumergirme. Hasta el punto de que, sin esa voz, el personaje e incluso el actor que lo interpreta dejarían de ser ellos para ser otros. La doble ficción del actor que interpreta a su personaje y el actor de doblaje que interpreta la voz del actor.

Una voz excelente. Magnífica. Una voz imposible con una dicción y unos matices en la entonación que abarcan todos los registros. Una voz irreal, perfecta, una voz de ficción. Una voz que completa al personaje dotándole de una personalidad singular tan fuerte como la de la imagen del actor que presta sus movimientos y sus gestos. Una voz que no veo, pero que se apodera de mí con tanta intensidad como la imagen del actor al que veo. Una voz tan  fingida y tan falsa en su perfección como la mayor parte de las imágenes que la pantalla me devuelve, pero por eso mismo tan eficaz.

Es posible que para algunos, el doblaje pervierta la interpretación del actor al que se priva de su voz. Es posible que las versiones originales sean más verdaderas. Puede que sea muy útil  escuchar la voz original para escolarizar a un país en la enseñanza de lenguas extranjeras. 
Pero a mí me gusta que me engañe el actor y que desparezca en su personaje. Y por eso  disfruto también de esa mentira del doblaje que duplica la magia de la ficción. Me siento doblemente engañado. Doblemente feliz. Soy partidario del doblaje. Incluso me gustaría que doblasen a la mayoría de los actores españoles que en su interpretación no logran engañarme del todo con su voz: una voz  imperfecta, normal, demasiado verdadera y, por eso mismo, falsa para la verdad de la ficción.

¿Quién podría darse cuenta de que Robin Williams, Tom Hanks o Kenneth Branagh, o mejor dicho, la señora Daubtfire, Hamlet y Forrest Gump son la misma …¿persona? …¿voz?

Dos voces:

Jordi Brau

María Luisa Solá

Pep Antón Muñóz