Pedro me manda un largo y confuso artículo de Vicente Verdú en El País. Verdú es, como Lipovetsky un testigo optimista del caos posmoderno y tecnológico. Con ingenio y mucha verborrea ha trazado retratos robot bastante ajustados del medioambiente contemporáneo. Aquí lo hemos leído en su El Estilo del Mundo.
En este artículo, denso y difuso, apenas logra articular un pensamiento ordenado: como lo que intenta retratar, su lenguaje se desparrama en confusión e incertidumbre. Así que con la libertad que nos da la Red lo hemos recompuesto a nuestro modo tratando de sacarle el jugo. Aquí lo tenéis. La negrita es suya. El resto nuestro. Verdú nos perdone.
«Todas las épocas presumen mucho de ser «tiempos de amores revueltos». La nuestra también y quizá con más derecho que ninguna otra.
El comienzo del siglo XX con los cambios producidos por la aplicación de la revolución industrial, la física cuántica, la penicilina, la radio, el avión, el subconsciente, la aspirina, la electricidad, el cine o el fox trot, sonó a inauguración de un tiempo nuevo que anulaba al anterior del que la Primera Guerra Mundial fue la puntilla.
Años de vértigo que nos han hecho olvidar como intrascendentes los complejos problemas y cambios a los que nos enfrentamos hace sólo unas décadas (el nuevo poder de la mujer, las vanguardias, el subconsciente,  las mafias rusas y la bomba atómica) y nos han dejado sin referentes a los que agarrarnos para entender lo que ocurre.
En el arte, una obra no vale sino de acuerdo a una estrategia que habiendo allanado la identidad de lo artístico convoca a todos los tiburones muertos, calaveras y desechos pestilentes a conquistar precios cifrados en millones de dólares o euros o libras para producir al cabo un mercado tan opaco como circense, tan divertido como aniquilador.
Aunque la literatura parece resistir mejor, la comercialización feroz representada por el bestseller y, sobre todo, la digitalización que anuncia la posible muerte del papel lo distorsiona todo.
El político ha pasado a ser un  referente sin ideología o con ideología cosmética, es decir un no-referente que, sin  embargo persiste en sus molestias a la manera de las palomas urbanas que sin cesar ensucian paseos y monumentos.
La Red, la desaparición de intermediarios, las llamadas hoy «disrupciones» (no rebeliones, no revoluciones) que parten de llamadas desde Facebook o Twitter y la práctica del «pío-pío» (to twit) que no necesitan discursos, solo guiños o politonos para organizar oleajes difíciles de comprender, seguir, orientar y prevenir.
Le parece a Verdú que el mundo es una agrupación global de cientos de miles de millones de seres humanos informados al instante del bien o el mal, […] aunque en una confusión abarrotada y densa del mundo que va desde el tsunami o la Gran Crisis, el Oscar de Hollywood o el Louis Vuitton de Gorbachov.
Por otra parte, el mundo de los mercados, de los chats, de los cientos de amigos, de los millones de operaciones comerciales, de las especulaciones letales, etcétera, se encuentran en manos fantasmales que si de una parte son tan poderosas es difícil saber por dónde salen y adónde van a parar.
De esa inseguridad de arenas movedizas, de ese no futuro, hemos pasado del mundo del teléfono fijo al mundo del móvil en donde la liquidez de las relaciones, la inconsistencia de los compromisos, la brevedad de los contratos, la crisis de las identidades son sus señas de identidad.
Numerosos fenómenos que causan todavía asombro proceden de esa tríada (distancia, anonimato, movilidad) que simboliza el móvil. Se habla en voz alta pero el otro se comporta como si no oyera nada en derredor. Nos acompañan como parte del organismo y vivimos una suerte de mutilación social y personal si el móvil se pierde o se olvida. Y los  padres castigan a los chicos retirándoles el móvil de la misma manera que antes, dulcemente, le retiraban el postre.
La comunicación […] ha dejado de ser un acto para convertirse en un actor de la cotidianidad. Ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin. Vivimos en una comunicación tan intensa y continua que nos impide tener tiempo para comunicar nada.
El futuro se nos representaba con el orden impecable de las aplicaciones tecno-lógicas y, sin embargo el resultado inicial se caracteriza por la anarquía y el desorden.
Y nadie es capaz de proyectar un futuro: navegando, danzando, improvisando, vamos supliendo o sorteando la ausencia de referentes y, en consecuencia, tanto en la ética como en la estética, en el sexo como en el terrorismo, todo son impactos, accidentes. Sucesos que se instalan de golpe para combinarse con otros o para hundirse juntos y a la vez. Nadie sabe ni cuándo ni dónde vamos a parar.
Todo cambia. Nada dura. Nada es estable. Nada es consistente. Nada es definitivo. Nada es de ninguna parte. Nada tiene un pasado. ¿Cocinas de fusión? ¿World Music? ¿International Art?
¿Estará gestándose un mundo más justo y humano, menos cruel y más amante de la colaboración, la recíproca ayuda, la cooperación? Puede que sí. Y no ya porque los seres humanos hayan mejorado lo suficiente ni milagrosamente, sino porque al cabo no hay mejor recurso para sobrevivir en paz y prosperidad.
Lo femenino se impone frente a lo masculino, lo andrógino se impone sobre todo en la confusión de los géneros. ¿qué queda ya del antiguo cabeza de familia? ¿Dónde se esconde, en qué se ha travestido, en qué fragmentos podría reconstruirse su improbable regreso? ¿Regreso? Fin absoluto de esa cabeza rectora -ya cómica- y pase gradual del orden piramidal al horizontal aunque a través de gritos. Esta familia hoy en guerra de guerrillas adolescentes, sin jefe bien definido, sin claridad estructural, desarmada de conceptos recuerda o ejemplariza la tan perdida o extraviada institución de la justicia, de la escuela, del parlamento, de los frenopáticos, del arte, de la universidad».
Como el texto de Lipovetsky y Juvin comentado en entradas anteriores, como Los Bárbaros de Baricco, Verdú nos ofrece un estremecedor retrato de una posible nada