Hace unas cuantas semanas dedicamos una entrada a Karl Popper y la televisión en la que reproducíamos algunos fragmentos de su entrevista en la RAI titulada  «Against Television» .
No tardé en pedir por Iberlibro el librito «La televisión es mala maestra» publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1998 y que me llegó puntualmente una semana después. [Por cierto es curioso que en La Casa del Libro física no tuvieran ningún ejemplar y que figurara como descatalogado y en La Casa del Libro virtual dispusieran de él tanto nuevo como de segunda mano sin ningún problema (¿?)]
El libro contiene una curiosa miscelánea: una introducción de Giancarlo Boseti, un artículo de Karl Popper titulado Una patente para producir televisión, dos breves de Karol Wojtyla en los que trata también directamente de la influencia de la televisión, un artículo de John Condry con el expresivo título de Ladrona de tiempo, criada infiel y otro artículo de Charles S. Clark, La violencia en televisión.
Además del texto de Popper que hemos colgado íntegro aquí,  es muy interesante la introducción de Boseti en la que cuenta la gestación del artículo de Popper de la que fue testigo privilegiado ya que, ante la extrema debilidad del filósofo que le impedía ya moverse a sus 92 años de edad, le fue directamente dictado por teléfono con el encargo encarecido de que se ocupara de su publicación. Exactamente un mes más tarde, Popper fallecía en su casa de Londres dejando convertido el texto recogido por Boseti en un verdadero testamento ideológico del gran pensador liberal.
Eso es lo llamativo: que en el momento en que su muerte es ya más una certeza que una posibilidad, sus últimas energías estuvieran puestas en hacer pensar al mundo intelectual, político, filosófico y cultural de la década de los 90 en el enorme poder transformador de la televisión y en la necesidad de controlar ese poder.
Dice Boseti que él se acercó a Popper con intereses que nada tenían que ver con la tele, pero que «fue el propio Popper quien provocó de manera muy decidida mi atención sobre la urgencia de algunos grandes problemas de actualidad en los que esperaba que se comprometiesen las grandes autoridades de esta tierra» entre los que estaba «la crisis televisiva que consideraba de extrema gravedad y que no titubeaba en poner en el plano de los grandes flagelos, incluidas las guerras, que afligen periódicamente a la humanidad».
Esta ¿exageración?, asegura Boseti no nacía de una particularidad intelectual más o menos idiosincrática de Karl Popper, sino de «una reflexión meditada» ligada a su visión liberal de la política y la educación. «Yo también puedo equivocarme dice que decía ante la indiferencia del mundo del pensamiento de sus contemporáneos— pero creo que mientras no se me pruebe lo contrario, ustedes son quienes no entienden las consecuencias de la televisión porque, inmersos en ese mundo de imágenes, no se dan cuenta de cuán profundamente modifica las bases de la educación, [de cómo] cambia radicalmente el ambiente, y de cómo de ese ambiente tan brutalmente modificado extraen los niños modelos que van a imitar».
Del artículo en cuestión reproduzco sólo su final: «Una democracia no puede existir si no se somete a control la televisión, o más precisamente, no pue­de existir por largo tiempo en tanto el poder de la televisión no se haya descubierto plenamente. Hablo así, porque también los enemigos de la de­mocracia no están todavía totalmente conscientes del poder de la televisión. Pero cuando se hayan dado cuenta profundamente de lo que puede hacer, la utilizarán en todos los modos, aun en las situaciones más peligrosas. Pero entonces será demasia­do tarde. Nosotros debemos ver ahora esta posi­bilidad y controlar la televisión con los medios que he propuesto aquí. Naturalmente creo que son los mejores, y quizá también los únicos. Es obvio que cualquiera otro puede presentar propuestas mejo­res, pero hasta ahora no me parece haberlas oído.»
Es esclarecedora la lucidez con la que veía el inmenso poder de esta tecnología hasta el punto de considerarlo el gran tema,  el tema urgente, el último tema al que debía dedicar sus también últimas energías.

Y es estremecedor el haber vivido estos últimos veinte años entre la indiferencia y la pasividad de intelectuales, políticos, padres, educadores y gobernantes, viendo cómo la televisión ha seguido haciendo su trabajo. Y aún sigue.