Uno de los cambios –aquí los nerds hablarían, por supuesto, de revolución– que ha producido la irrupción de las redes sociales atañe a la medición de las audiencias de televisión.
El monopolio del audímetro puramente cuantitativo está llegando a su fin en la medida que los espectadores expresan opiniones sobre lo que están viendo a través de las redes sociales.
Desde que existe la televisión congregando a millones de pares de ojos cada noche, a todos los que venden algo –políticos y marcas fundamentalmente– se les ha hecho la boca agua, sedientos de estar ahí formando parte del ritual de consumo del prime time.
Sin embargo, los espectadores, hasta ahora, éramos solamente números indiferenciados millón arriba, millón abajo. En las redes sociales, los millones nos fragmentamos en miles, pero adquirimos color, peso, volumen, dimensión al retratarnos públicamente con nuestros datos personales, nuestras fotografías, nuestras opiniones… Ahora ya no somos números anónimos. Ahora seguimos siendo números, pero con perfil, lo que no nos convierte en menos números. Seguimos siendo números, pero más valiosos.
Imaginaos cómo tienen ahora la saliva los vendedores –políticos y marcas, fundamentalmente– sólo de pensar en poder llegar a ese target o mercado objetivo, donde optimizar sus estrategias con los mensajes adecuados, es decir, donde poder vendernos la moto de manera mucho más selectiva y eficaz.
Así a los amigos de Sofres les han salido competidores como Tuitele   –¡qué mono el nombre!– que aunque siguen dando números los dan ya un poco más coloreados midiendo mediante complicados algoritmos –la expresión ‘algoritmo’ siempre va acompañada del adjetivo ‘complicado’ que lo hace mucho más misterioso ya que nadie sabe bien que cosa es– los comentarios positivos o negativos que desencadenan en Twitter los programas de televisión.
Es una de las grandes utilidades prácticas de esa fenomenal expansión comunicativa que nos ofrecen las redes: vemos la tele y nos cuentan; contamos lo que vemos y nos escuchan no sólo aquellos a los que se lo contamos, sino, sobre todo, los otros.
Antes se decía que cuantos más espectadores tenía un programa, más gustaba a la audiencia y que era la audiencia la que justificaba con su presencia el éxito de los programas. Ahora se sabe que muchos espectadores odian lo que ven y que aun así lo ven e incluso que hay algunos que lo ven precisamente porque lo odian. Antes éramos simplemente espectadores, ahora hemos avanzado y somos espectadores sociales.
Algunos pensarán que esto está muy bien porque es  muy interactivo y que de ese modo las productoras y los programadores producirán y programarán mejor adecuándose a los gustos de la audiencia.  Pero no es así. A nadie le interesa lo que nos gusta. Sólo quieren que estemos ahí y saber cuántos y, sobre todo –esa es la novedad– quiénes somos para vender más y mejor su moto –políticos–  o su producto –las marcas–. Es decir seguimos pegados a la caja tonta, pero comentando lo tonta que es con otros que también están pegados a ella. Veo, veo, ¿qué ves?
Antes veíamos la tele. Ahora… también. Hemos, sin duda, avanzado mucho. 
[P.D.:Quien no me crea que se ponga un rato a ver televisión para ver el gran cambio de contenidos que se ha dado desde que la TV se ha hecho social]