Interesante entrevista en El País  a Nicholas Carr a raíz de la publicación de su libro «Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?» , publicado por Tarus.
¿Es adictiva la red? «Creo que la gente tiende a ser compulsiva en el uso de la Red. Hay pruebas de que cada vez que recibimos un nuevo mensaje o una información online, nuestro cerebro libera dopamina, un químico que produce placer que está presente en muchos tipos de adicciones. Así que esto probablemente ayude a explicar cuán a menudo nos comportamos como esclavos de la tecnología».

Sin embargo, «Distracción» es para él la palabra clave. El entorno digital es, sobre todo una invitación constante a la distracción, a la superficialidad, a evitar la concentración que exige la profundización en los temas, poniendo en riesgo el pensamiento lineal y creativo, no esencialmente utilitario, propiciado por el entorno del libro.

«Google piensa en función de snippets, pequeños fragmentos de información. No le interesa que permanezcamos horas en la misma página porque pierde toda esa información que le damos al navegar», nos dice. Con el espejismo de la información total a la carta, una y otra vez nos inundan de links, iconos y dibujos que desvían nuestra atención para fragmentarla y conseguir que nos movamos. La distracción es lo sustancial de su negocio.

Es a partir de su propia experiencia en el surfing de la multitarea electrónica, de  la navegación a saltos, de las interrupciones y enlaces, de poner al día el correo electrónico, tweetear, preguntar, responder, comentar… cuando se dio cuenta de que nuestras capacidades intelectuales ante el texto estaban cambiando «erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma», alejándonos del ejercicio del pensamiento requerido para la reflexión, la contemplación, la profundización, deshumanizándonos y, a la vez, uniformizándonos aún más de lo que lo hace el propio entorno mediático global.

Mientras que Baricco, por ejemplo, constata y define bien cuál es la situación, pero la ve como una barbarización inevitable y no necesariamente negativa, Carr  juzga como una regresión, como una pérdida, el abandono de los hábitos de concentración que ha propiciado la imprenta.

Frente al innegable beneficio del acceso a la información de la red,  explica cómo el problema está en que, independientemente de cómo la utilicemos,  la tecnología digital por su propia naturaleza incentiva la dispersión y,  por tanto, dificulta el procesamiento de esa información para que produzca resultados.

Frente a la increíble cantidad de entretenimiento, capacidad de conexión y facilidad para compartir que nos permiten las redes, nos advierte de que a la vez,  nuestra libertad queda mermada por la determinación que la tecnología ejerce sobre nuestra atención.

A la vez que nos ofrece información cada vez más personalizada por cada click en el que nos damos a conocer, también somos más vulnerables para empresas y gobiernos en una tensión entre libertad personal y control corporativo que nunca se va a resolver del todo porque está en el corazón de la red.

Por cada beneficio y comodidad que nos proporciona, renunciamos  alegremente un poco más a nuestra privacidad y nos dejamos empujar cada vez más a una sociedad divertida y consumista y terrible como la descrita por Huxley en Un mundo feliz.

El espejismo es también que entre tanta información, estamos más desinformados que nunca privilegiándose a una nueva clase  ilustrada y generadora de información en detrimento de las grandes masas medias que son cada vez más vulnerables  precisamente al nadar irreflexivamente en el mundo digital con la sensación de que están divirtiéndose e informándose cuando en realidad son náufragos que no saben a dónde van.

Respecto al narcisismo, a la creación de minicelebridades, a la construcción de esos yos digitales dice Carr: «Siempre nos hemos preocupado de la mirada del otro, pero cuando te conviertes en una creación mediática –porque lo que construimos a través de nuestra persona pública es un personaje-, cada vez pensamos más como actores que interpretan un papel frente a una audiencia y encapsulamos emociones en pequeños mensajes. ¿Estamos perdiendo por ello riqueza emocional e intelectual? No lo sé. Me da miedo que poco a poco nos vayamos haciendo más y más uniformes y perdamos rasgos distintivos de nuestras personalidades»

Emociones, creatividad, empatía, pensamiento crítico, contemplación, conceptos, ideas, sentimientos… necesitan tiempo para cultivarse. No dedicarles tiempo es deshumanizarnos. Por eso la inmersión en el mundo digital no debe hacerse de manera irreflexiva, sino limitada y muy consciente del riesgo. El ordenador es una herramienta extraordinaria, pero su uso produce cambios adaptativos en nuestro cerebro y en nuestros hábitos que no desaparecen cuando lo apagas. La tecnología es un arma de doble filo que tiene ciertos beneficios, pero también ciertos perjuicios que hay que conocer.

 ¿Alguien ha sido capaz de llegar hasta aquí? ¿Alguien será capaz de no conformarse, comprarse el libro de Carr y leérselo? Yo prometo que sí.