De nuevo en la brecha, Carmen Posadas [1] nos proporciona un delicioso material con el que enriquecer este blog de reflexiones en torno a la influencia de las tecnologías de la comunicación en nuestras vidas.

Tras declarar con gracia y mucha ironía su interés en «ser como todo el mundo», y por tanto sus esfuerzos por superar la pereza y “estar” en lo tecnológico (Facebook, correos, LinkedIns, chats, SMS, wasaps…) y admitiendo la bondad, utilidad y eficacia de las nuevas tecnologías para comunicarse con los demás, se declara, sin embargo, en rebeldía y decide «salir del armario» y confesarse públicamente «desenchufada»: «Esa esclavitud de estar alimentando a tan insaciables monstruos sin solución de continuidad siempre me ha parecido una pesadilla –dice–. No soporto la idea de estar todo el día pendiente de Internet y sus servidumbres».

El hecho es que, de nuevo, los instrumentos tecnológicos creados como sucedáneo útil de la comunicación, acaban convirtiéndose en la herramienta hegemónica de un modo adictivo. El usuario en vez de utilizar el dispositivo como una ayuda y una extensión de sus posibilidades expresivas, acaba convirtiéndolo en un elemento imprescindible sin el que se siente incompleto. Por ejemplo: según algunos estudios, «mientras estamos despiertos, el tiempo máximo que aguantamos sin mirar el móvil es de diez minutos» y el 43% de la gente afirme que se conecta al móvil porque les divierte más que lo que les rodea. La realidad aburre, es decir, cuesta esfuerzo; la pantallita es un juguete que entretiene en sí misma.

Ya hemos señalado aquí muchas veces, como cada vez más gurús de la tecnología, entusiasmados en origen por sus posibilidades, reculan ahora al darse cuenta de sus efectos: Nicholas Carr, Jaron Lanier, Eli Parisier, Sherry Turkle,… A esta lista incorpora Posadas citando un artículo de prensa[2] a los cibernéticos Tiffany Schlain [3] y Ken Goldberg [4] que preocupados por cómo evolucionan las cosas han creado un movimiento denominado Unplugged, desenchufados, como ella.. «Se nos ocurrió -explica Tiffany- al ver a las mejores mentes de nuestra generación tecleando, maileando, tuiteando y arrastrándose hasta la madrugada entre enlaces de Google en busca de un chute de información». «Desde entonces cada viernes desenchufamos nuestros ordenadores durante 24 horas y descubrimos entonces que los beneficios de nuestro particular sabbat tecnológico son tales que hemos decidido difundir el Día Desenchufado  a través del Manifiesto Sabbat [6]».

Un nuevo síntoma. Un diagnóstico más. Otro grano de arena reflexivo en la marea divertida de wasaps, timbrecitos y pantallas.

Posadas no sabe si es posible desenchufarse del todo, pero sí cree «posible –termina– que un día empecemos a disfrutar las ventajas (y la belleza) de vivir la vida en directo y no a través de una pantalla. Y tal vez el momento ideal para recordar cómo se hace sea precisamente este, el verano, cuando el buen tiempo invita a compartir, no con el artilugio que llevo en el bolsillo, sino con otro ser humano de carne y hueso. Y quien dice compartir dice amar, gozar, comer, reír, bromear, pasear, jugar. En fin, aquello que hacíamos antes de convertirnos en yonquis cibernéticos».

Lo de siempre: vivir en vez de ver cómo viven los otros, desconectarse para poder conectar.

[1] He salido del armario, XLSemanal18/08/2013

[3] Fundadora de los premios Webby (los Óscar de la Red)

[4] Autor de pioneros y emblemáticos proyectos de arte interactivo, como Telegarden de 1994, un jardín colaborativo en el que todos podían sembrar y cuidar sus plantas mediante un brazo robótico, a través de Internet.

[5] Simpática iniciativa: bajas el cartel, lo imprimes, lo completas, te fotografías y subes tu foto a la red. Yo ya estoy haciendo la mía.

[6] Una página web en la que se exponen los fundamentos de esta filosofía.