Cuando la televisión irrumpe en cualquier ámbito que conocemos bien es cuando más auténtica se muestra: entonces la conocemos bien también a ella. Cuando la tele toca cualquier aspecto de lo real hay que echarse a temblar porque no hay nada más alejado de la realidad que la telerealidad que, como dice Pedro Guerra, no hace otra cosa que convertir en circo la realidad.  

Es el caso, por ejemplo de la familia y la escuela. Recuerden la antifamilia de Ana y los 7 o el batiburrillo endogámico de Los Serrano con su infumable anticolegio; las inverosímiles aulas de Al salir de clase; los colegas tan guais de Compañeros; las minifaldas, magreos y besuqueos del mexicano Rebelde Way …; los famosetes, el dire Punset, el superanimado presentador y los niños de casting de El primero de la clase, o la última entrega titulada intencionadamente Física y Química… Son televisión pura y dura, pero las familias no son familias ni los colegios, colegios.  

Ni en los entresijos de la familia ni entre los pupitres de las aulas, ámbitos que componen el noventa y nueve por ciento de mi tiempo, hay espectáculo. Hay vida. Mucha vida. La vida cotidiana de la familia y el bullir diario del colegio están llenos de intensa vitalidad porque están llenos de personas. Toda la inteligencia ―la intelectual de toda la vida, la emocional y la social de Goldman― se pone allí en marcha conectando decenas de corazones y cerebros a través de centenares de miradas, de gestos y de palabras.  

Sin embargo, una vez más, la vida no es un entretenimiento, no es un pasatiempo, no es una diversión. Vivir es – sí, señores, admitámoslo – dura, gozosa y apasionadamente normal. Al salir de mi clase, mis alumnos no son guapos treintañeros disfrazados de adolescentes: son sólo adolescentes, magníficos, auténticos y genuinos adolescentes desgarbados e inseguros que no saben qué hacer con sus hormonas recién estrenadas y transformadas en acné. No hay música de fondo, no hay dinero, no hay aplausos, no hay publicidad, no hay fama. No hay personajes sino sólo personas, nada más y nada menos. 

Y es que la realidad no está hecha para verla sino para vivirla. La intensidad de lo real está precisamente en que no se ve sino que se vive. El drama es que en vez de aprender a vivir con intensidad la vida, elegimos estúpidamente y cada vez más el sucedáneo adictivo y alienante de la ficción, que sustituye la intensidad de la vida por dosis cada vez más fuertes de excitación enlatada y transformada en espectáculo.

La tele, en fin, no es una buena escuela. Ni para dar lecciones ni para intentar reproducirlas. 

Vean la televisión, no la consuman o serán consumidos por ella