Ayer, cuando la publicidad me separó, como siempre, por segunda vez del hilo argumental de la película, me marché a dormir. Cogí de la mesilla El Factor Fama, de Mercedes Odina y Gabriel Halevi, un espléndido libro publicado por Anagrama en 1988, sobre uno de los fenómenos mediáticos más impertinentes por lo estúpido, pero quizá el de más calado en el tejido de los contravalores de la televisión.

Hoy, cuando la mayor parte del tiempo libre conseguido gracias a la tecnología se invierte casi por entero en sentarse frente al tubo catódico, no importa lo que vemos, sino cuántos lo vemos. Es precisamente a partir de esa mirada multitudinaria, de donde surge la fama: una persona desconocida para todos, se convierte en alguien importante, en un valor, sólo… porque lo miramos. En nuestra mirada, se crea el nuevo patrón en el que todo se mide, el camino hacia el dinero y el poder. La piedra filosofal que consigue convertir cualquier objeto, cualquier persona, cualquier objeto-persona en oro.

Sólo se trata de llegar a colocarse delante de una cámara y mantenerse allí al precio que sea. Sólo un adecuado tiempo de exposición pública para conseguir alcanzar la más alta recompensa monetaria en el mínimo plazo y con el mínimo esfuerzo. Ya no hay ninguna realización personal por grande que sea que pueda ser reconocida si se ha hecho al margen de los medios de comunicación. Son los personajes célebres, sin otro mérito que simplemente serlo, quienes escriben el actual culebrón de las vidas ejemplares.
Puede ser una lavadora, un actor, una película, un político, una camisa, un artista, un escritor, una ciudad o un vino… o un cuadro: en el arte lo famoso es lo caro y lo caro es lo bueno. Y la fama no tiene porqué ser buena. La mala fama también es rentable, incluso más rentable en cuanto que es notoria y espectacular. Los terroristas matan para existir. Cuentan que el agresor de Reagan, tras aguantar durante cinco horas un durísimo interrogatorio, preguntó a los policías: «Díganme, ¿he salido ya por televisión?».
En una sociedad de mirones, en la que todos queremos todo, mucho, rápido y pronto, todos competimos por la fama. Si no lo conseguimos en los medios competiremos en nuestros pequeños microcosmos personales, familiares o profesionales… La diferencia está en la cantidad de ojos que miran. Alimentamos la fama que nos alimenta. Los famosos nos persiguen. Y da igual que estén muertos. Porque los famosos se comercializan y venden hasta después de muertos.
Extraordinario libro. Extraordinario, sorprendente y estúpido problema el que contribuimos a crear día a día, hora a hora, mirada a mirada, con nuestros propios ojos. Por eso, ya saben, usen la televisión, no la consuman, o serán consumidos por ella.