El prime time televisivo es el anglicismo con el que nos referimos a la franja horaria que abarca de las nueve a las doce de la noche, aunque en nuestra cultura mediterránea esa franja puede que se alargue sociológicamente hasta bien entrada la madrugada. Ese momento en el que todos decidimos hacer lo mismo: mirar la tele. La franja en que los audímetros echan humo e imponen su férrea dictadura. El tiempo más caro y valioso para los anunciantes y, por lo tanto, para las cadenas. Ahí sí que nuestro tiempo —ese que nadie tiene y todo el mundo derrocha— es verdaderamente oro. Es el momento en el que fuera estamos todos y dentro todos quieren estar. Ese momento mágico que pone reyes y ese momento trágico que los quita haciendo rodar cabezas y fabricando juguetes rotos.

El prime time es ese tiempo en el que uno acaba de llegar del trabajo y tiene las defensas bajo mínimos. Como en aquel concurso de vagos en el que el ganador fue el que se quedó fuera diciendo: «a mí que me entren», el telespectador está dispuesto a que le den cualquier cosa. Tiempo de atención primitiva, atención animal en el que quiero sólo divertirme pero no necesito arriesgarme a disfrutar.

Pero el prime time también es un modo de enfocar la vida. Es una cultura. La cultura de la máxima audiencia, la cultura de masas, la cultura del éxito, de la fama, del todo o nada, de los números uno, del top, del hit, de lo más alto; del más guapo, más joven y más fuerte. La cultura del aquí sólo vale ganar, ser el primero. La cultura del nueve de cada diez estrellas usan Lux. La cultura de lo cuantitativo, lo sociológico, lo estadístico. La cultura Sofresnizada, si se me permite este bárbaro neologismo, en la que lo individual y humano se desvanecen.
Será por esto que a este telespectador le parece que hay que reivindicar y redescubrir la cultura del ordinary time, el tiempo ordinario, el tiempo cotidiano, el tiempo verdaderamente humano. El tiempo en el que cabemos todos sin darnos codazos, el tiempo de lo mejor de lo peor, de las inmensas minorías, de los actores secundarios: esos que son actores de verdad porque no nos acordamos de ellos, sino de sus personajes; el tiempo de los músicos excepcionales que nunca están en los primeros puestos; y de las canciones inauditas que te maravillan. El tiempo de los que no salen en la foto. El tiempo de los benditos segundos puestos, de la normalidad y del fracaso. El tiempo del triunfo de la derrota. El tiempo verdadero de los hombres.
Recuerdo vagamente una época en la que lo importante era participar y en los colegios los padres no acababan pegándose en un partido de fútbol infantil. Era la cultura de la excelencia que no del triunfo. La cultura del hacer las cosas bien aunque nadie nos viera hacerlas. La cultura del ser. Y en la televisión, la cultura de lo cualitativo, la cultura del talento y del riesgo y de las fórmulas nuevas que pueden fracasar pero que renuevan el panorama audiovisual y que sólo por existir educan a la audiencia. Porque a gustar también se aprende: con el esfuerzo del conocer y elegir y separar y distinguir y rechazar. Divirtiéndose quizá menos, pero disfrutando más.
Eran otros tiempos. Pero no eran prime times. Habrá que reinventarlos. Y ya saben, usen la televisión, no la consuman o… serán consumidos por ella.