Ahí fuera, mientras escribo, llueve. Mientras en el medioambiente atmosférico se suceden esos maravillosos cambios de temperatura, de luz, de color,  en el medioambiente simbólico no hay estaciones. Porque en la vida simbólica del hombre occidental contemporáneo y urbano, no es la traslación de la tierra alrededor del sol la que marca el paso del tiempo, imponiendo los diferentes cambios rituales en nuestra vida cotidiana. Es el consumo.
El 21 de octubre —anoté la fecha— pasé por el súper en compra de avituallamiento. Y allí, entre envases y plásticos, ya es navidad, cava, polvorones y turrón. No es ya que podamos comer naranjas en agosto y tomates y fruta todo el año, independientemente de la estación; es que la maquinaria del consumo está acabando de dividir el año en dos únicas épocas estacionales con la misma climatología consumista: medio año la estación de navidad y el otro medio la estación de rebajas.
Copérnico y Galileo estaban equivocados: no es la tierra la que gira alrededor del sol sino todos nosotros alrededor de El Corte Inglés.
Y luego dicen que el cambio climático es una cuestión de meteorología. Nosotros lo venimos diciendo desde hace años: el verdadero cambio climático se está dando, se ha dado ya, en el medioambiente simbólico. Y lo que está en juego no es la  supervivencia de la biodiversidad y el medio natural, sino la pervivencia, no de la especie, sino de la  naturaleza de la especie que, además de biológica es, sobre todo, cultural.
El consumo lo fagocita todo: también las estaciones. Sin embargo, como  dice nuestro reloj, estás en internet, pero ahí fuera la vida continúa, es otoño y llueve.