Así es el nuevo robot humanoide de Disney: ¡Da mucho miedo ...

Me comenta José Luis desde el ciberpringoso de su refugio playero que no ve el vaso medio lleno, como Fernando, sino medio vacío respecto de la lenta aparición de algunos síntomas de cibercansancio que abren una cierta brecha en el sólido e inamovible  muro de hormigón del ciberoptimismo general que nos rodea.

Estos días, tres noticias recogidas en la prensa nacional han han sido en ese sentido significativas: una, la reacción «política», policial y de la opinión pública contra el vomitorio de odio anónimo y sectario de ese magma que la prensa ha dado en llamar «Redes Sociales» tras el asesinato de Isabel Carrasco en León; dos,  la sentencia del Tribunal de Luxemburgo contra Google; y tres,  la aparición de una app que prentende ayudar a desconectar del móvil actuando en el usuario desde el mismo smartphone que le tiene prisionero.

De la reacción política no espero demasiado: siempre a rebufo de la opinión pública y publicada, irá dando bandazos sin demasiado criterio. Sin embargo, el hecho es que se ha puesto de manifiesto públicamente el sórdido carácter difamatorio del opinatorio virtual. Ya no es sólo un elemento democratizador, ágil, divertido, estupendo; provocador de revoluciones y convocatorias «espontáneas»; fuente inagotable de» información» alternativa a la tradicional periodística…: también tiene otra cara más sórdida y oscura que ha hecho titular en la prensa que a Isabel Carrasco la han matado dos veces: una, las dos desquiciadas asesinas y otra, los chacales verbales de la red.

La sentencia europea a partir de la quijotesca denuncia de un único usuario, sienta un precedente que poco a poco, puede ir seguido de otros. Por un lado, el ciudadano vive en un estado de derecho en el que la ley le ampara frente a gigantes más grandes que los molinos manchegos. Eso debería animarnos a las Asociaciones de Usuarios a confiar en el sentido común de los tribunales y a utilizarlos más en nombre de los usuarios. El tópico de que no se pueden poner puertas al campo  virtual de la red ha quedado muy tocado por esta sentencia. El todopoderoso buscador que pasa olímpicamente de las leyes de cada país porque no está en ninguno y cobra de todos ha tenido que bajar la cabeza. Sólo el hecho de que la ley establezca que Google debe actuar en un sentido o en otro hace que pierda algo de ese carácter etéreo del que participan todas las empresas de la comunicación, que están en todas partes sin estar en ninguna. En ese sentido, la sentencia es no sólo un precedente jurídico, sino también un impacto de realismo que ayuda a romper esa máscara publicitaria de ONG’s gratuitas que nos facilitan la vida a cambio de nada y por simple amor al arte y servicio desinteresado a los usuarios y a la humanidad entera bajo la que se ocultan enormes empresas multinacionales encantadas de ese limbo legal ubicuo y vacío en el que se mueven. Veremos.

La aplicación Face up («levanta la cara», por cierto  -la misma idea del vídeo anterior-)  para desintoxicarse del uso del móvil a través del móvil es una noticia más pequeña, pero también significativa. Marc Masip, un joven psicólogo que tiene una empresa llamada Desconect@ dedicada al tratamiento de las adicciones de las TIC, es su autor. La sola existencia de la empresa es ya, más que un síntoma, un diagnóstico de lo que está pasando. Ignoro la eficacia de la aplicación, pero mil millones de teléfonos móviles en el mundo, con 1de cada 8 usuarios adictos en EEUU, un 71% con algún grado de adicción en España y una media de uso de dos horas y media diarias… son cifras muy expresivas. No es que estemos ante un cambio, sino ante la fuerza de los hechos que acabarán disolviendo como un azucarillo el ciberoptimismo en el que nos hemos movido todos estos años. Las tecnologías ya no son «nuevas»; ni siquiera la tecnología lo es. También ese brillante celofán en el que hasta ahora se han envuelto se va quedando poco a poco deslucido ante la realidad de los efectos de su toxicidad. Véanse iniciativas como la web del Día Internacional de la Desconexión.

Levantar los ojos y apagar es imposible, dice José Luis en su profundo y amplio comentario. Hay mucha verdad en la raíz del análisis cuasi metafísico que hace. Ya decía Chesterton, creo, que cuando se deja de creer en Dios, se empieza a creer en cualquier cosa. Y la tecnología es un excelente sucedáneo: desterrado el misterio hay una ciega convicción de que todo está ya explicado y que todo es solucionable tecnológicamente; la disponibilidad  ilimitada de la Big Data suena a poder extenso e inabarcable, a autonomía total; el progreso incesante crea la certidumbre de una especie de eternidad virtual ubicua, continua, inagotable… divina, en la que Google sería el nuevo Oráculo y la Nube el nuevo cielo aquí en la Tierra. Si a eso le sumamos la distracción y el entretenimiento permanentes, la dificultad de la reflexión por la imposibilidad de concentración, la videopolítica basada en la emotividad de las imágenes y la ciberpolítica basada en el estudio sistemático de los perfiles de los votantes …el Soma de Un Mundo Feliz. Cosas veredes como las que describe el artículo que nos propone Fernando en su comentario.

Richard Watson vaticina en su libro Mentes del Futuro que podremos registrar toda nuestra vida en un pequeño chip portátil certificando la muerte del olvido y generalizándose como problema el robo de datos; la privacidad personal se disolverá en la abundancia de información, la localización en tiempo real, el reconocimiento facial…;  la privacidad mental se convertirá en una gran preocupación; la fiabilidad de la información será un grave problema; el tiempo y el espacio serán un artículo de lujo al alcance de muy pocos; la necesidad de dietas digitales para soportar la presión cada vez mayor para captar la atención del usuario, pondrán de moda los balnearios libres de tecnología, las curas de desintoxicación informativa y cibernética, los movimientos de pensamiento lento parecidos a los actuales de slow food; la adicción a internet se reconocerá como un problema social grave;  la tecnología del tacto, la realidad aumentada, el internet de las cosas y la robotización impulsarán la comunicación directa cerebro máquina; las máquinas se parecerán cada vez más a los humanos y los humanos a las máquinas con el consiguiente desarrollo del cibersexo…

Sin embargo, hay más noticias previas que como un goteo van desnudando poco a poco el prestigio publicitario de la tecnología -véase el resbalón de la NSA norteamericana y la puesta al descubierto del espionaje generalizado a través de la Red- y, además, hay que contar con el propio cansancio de los usuarios que, a medida que pasa el tiempo y se generaliza su uso, dejan de ver como nuevo lo que sólo lo es en los neones. Poco a poco el ciberoptimismo irá dando paso al ciberrealismo y a la toma de conciencia no sólo de las obvias virtudes, sino también de los efectos nocivos. No creo que todo esté decidido. La neuroplasticidad cerebral se puede adaptar a cualquier cosa, pero la naturaleza humana buscará incesantemente dar cumplimiento a lo que realmente es. La necesidad de plenitud que está en nuestro corazón seguirá impulsando la búsqueda de caminos adecuados  de humanización en medio del progreso. Cuanto más se pongan de manifiesto los efectos individuales y sociales de la toxicidad cibernética, más impulso tomarán los movimientos en favor de la tecnología al servicio de las personas que defendemos aquí. El ciberoptimismo acabará pasando a mejor vida frente al realismo de lo que en realidad somos y de lo que, bajo el disfraz publicitario, supone el desenfreno tecnológico-consumista.

En eso estamos.

Referencias:

Iniciativa Día Nacional de la Desconexión

¿Endurecer el control en las redes sociales?

Sentencia europea contra Google

Face up: el móvil contra el móvil

Mentes del Futuro