Jonathan Safran Foer

Me manda Eric desde EEUU un estupendo artículo de Jonathan Safran Foer, publicado en el Herald Tribune como «Fortaleciendo los sustitutivos en vez de la vida» y en la edición del New York Times con el título de «Cómo no estar solos».

Como en nuestro último post en el que De Prada definía la «abreviatura moral» que inconscientemente produce el uso cotidiano de la tecnología, Safran revela aquí otra de las claves para entender qué nos está pasando en nuestra relación cotidiana con las tecnologías de la comunicación. De nuevo a las causas de las causas, más allá de las obvias utilidades.

Una cafetería. El autor espera  a alguien y se entretiene mirando sus contactos en el móvil y una chica llora desconsoladamente en la mesa de al lado mientras habla por su teléfono móvil. El espíritu curioso del escritor fantasea sobre la causa del desconsuelo. Se plantea intervenir o no y en ese momento reflexiona sobre la leve influencia que el entretenimiento que le proporciona su teléfono tiene en la decisión: «Es más difícil intervenir que no hacerlo, pero es bastante más difícil elegir si la alternativa es retirarse a consultar nombres en la agenda del móvil o entretenerse con cualquier iDistracción que uno tenga a mano. La tecnología impulsa la conexión, pero fomenta el repliegue. El teléfono no me hacía evitar la conexión humana, pero me hacía ignorarla más fácilmente en aquel momento y, probablemente por comodidad, me animaba a olvidar mi elección sobre lo que hacer

Sin darnos cuenta, poco a poco, de manera inconsciente, sin que caigamos en ello, la tecnología va influyendo en lo que somos: «Mi uso cotidiano de la comunicación tecnológica había estado transformándome en alguien más favorable a olvidarse de los demás. El fluir del agua da forma a la roca poco a poco. Y nuestra personalidad es moldeada también por el fluir de nuestros hábitos [tecnológicos]».

Es, en cierto modo, un proceso paralelo a la «abreviatura moral» de la que hablábamos el otro día: no sólo la virtualidad, lo aséptico, lo fácil del clic, banaliza el significado de las consecuencias que provoca, sino que la distracción, lo entretenido de su uso dificulta, retrasa, entorpece mi toma de decisiones. «Cuanto más distraídos lleguemos a estar y cuanto más énfasis pongamos en la velocidad a expensas de la profundidad, menos capaces seremos de sentirnos afectados por lo que nos rodea».

Citando a Simone Weil cuando dijo que “La atención es la más escasa y pura forma de generosidad”, Safran afirma rotundamente: «Desde este punto de vista, nuestras relaciones con el mundo, con los demás y con nosotros mismos están llegando a ser cada vez más miserables».

Hace después un interesante repaso de cómo en su origen, cada una de las tecnologías de la comunicación venía a cubrir una carencia o una dificultad, pero no a sustituir a la comunicación misma. El teléfono, el contestador, el e-mail, los mensajes, el teléfono móvil… son sustitutos disminuidos que solucionan determinados problemas comunicativos que se dan en determinadas situaciones, pero como sustitutivos no mejoran ni perfeccionan la comunicación cara a cara, sino que la degradan: «Estas invenciones no fueron creadas para perfeccionar la comunicación cara a cara, sino como una disminución aceptable pero mermada que la sustituye

«Sin embargo –nos dice, y aquí viene lo extraordinario de lo ordinario– sucedió una cosa divertida: comenzamos a preferir los sustitutivos empequeñecidos al original. Simplemente porque son más cómodos, más fáciles, menos arriesgados, exigen menos de nosotros que la comunicación física con su carga de miradas, inflexiones de voz, respuesta inmediata, el exigente presente de la presencia, en suma: «Es más fácil hacer una llamada que andar penosamente a ver a alguien en persona. Dejar un mensaje en el contestador es más fácil que tener una conversación telefónica –puedes decir lo que necesitas decir sin necesidad de una respuestas; las malas noticias son más fáciles de dejar; es más fácil el control sin llegar a involucrarse.» Cada uno de estos sustitutivos de la comunicación física supone una «concha donde escondernos» de las inclemencias de la presencia del otro y sus exigencias emocionales que constituyen un trabajo, un esfuerzo, una habilidad que se fortalece con la práctica. Y ese es el problema: prefiriendo los sustitutivos que degradan la comunicación, acabamos degradándonos nosotros mismos. Sin prisa, pero sin pausa. Somos productos sociales en la presencia física de los demás, no sólo en su presencia virtual.

«Utilizamos a menudo la tecnología para ahorrar tiempo –concluye–, pero cada vez lo desperdiciamos más o lo hacemos menos presencial, íntimo y rico. Me preocupa que cuanto más cerca esté el mundo de nuestros dedos, más lejos esté de nuestros corazones. No se trata de ser o no anti-tecnología o pro-tecnología –ser neoludita es quizá la única cosa más estúpida que ser incondicionablemente ciberoptimista–, sino de una cuestión de balance del que dependen nuestras vidas.»

Y, finalmente: « La mayor parte del tiempo, la mayor parte de la gente no llora en público, pero cada uno estamos siempre necesitando algo que otra persona puede darnos, una atención exclusiva, una palabra determinada o una empatía profunda. No hay mejor uso de una vida que estar atento a tales necesidades.»

No permitamos que la tecnología nos prive de ese privilegio.

(Podéis acceder al artículo completo mal traducido por mí aquí)