Aunque ya hemos publicado este vídeo, viene al pelo volverlo a ver con el tema de hoy.

Hace Carr un recorrido por la evolución de la escritura que merece reseñarse. Tablillas, papiro, tablillas de cera, pergamino, libro… se fueron sucediendo, mientras lentamente penetraban en la cultura y en el cerebro humano los hábitos de la lecto-escritura.
Durante siglos, a pesar de la presencia de la escritura, el mundo siguió siendo oral «conformando  la manera en que se escribía y se leía. La lectura silenciosa era en gran parte desconocida en el mundo antiguo». San Agustín (a.380) se sorprende al ver a san Ambrosio, obispo de Milán, leer en silencio para sí mismo. “Su vista recorría la página y su corazón exploraba el significado, pero su voz guardaba silencio y no se movía su lengua. A menudo, cuando íbamos a verlo, lo encontrábamos leyendo así, en silencio, pues nunca leía en voz alta”. Se escribía sin espacios, transcribiendo el habla, y leer en silencio era una tarea casi imposible. Entre los siglos X y XIII se empieza a imponer la separación y la organización de las palabras escritas mediante la puntuación. «Por primera vez, la escritura estaba dirigida tanto a la vista como al oído. Los espacios entre palabras aliviaban la tensión cognoscitiva posibilitando que la gente leyera rápidamente, en silencio. El cerebro podía dedicar más recursos a la interpretación del significado haciendo posible la lectura profunda» y ejercitando al cerebro para el proceso antinatural de concentrarse en una sola tarea sin interrupción.

Sin embargo, era un proceso restringido a una minoría alfabetizada que empezaría a ampliarse a partir del siglo XV con Gutemberg y su imprenta. En los cincuenta años siguientes a su invención, el número de libros producidos en Europa igualó a la producción de los escribas durante los mil años precedentes. Luego vino la octavilla, que por su tamaño, como le ocurrió al reloj con el tiempo, «ayudó a entreverar los libros de lectura en el tejido de la vida cotidiana». «A finales del XV, cerca de 250 ciudades europeas tenían imprenta, y unos 12 millones de volúmenes ya habían salido de sus prensas».

«La palabra escrita liberó el conocimiento de los límites de la memoria individual, y el idioma de las estructuras rítmicas y fórmulas estereotipadas necesarias para apoyar la memorización recitada». El libro trajo la avalancha del conocimiento, pero también un cambio en las mentes de los lectores. «Las palabras activaban vibraciones intelectuales dentro de sus propias mentes. Los lectores desatendían el flujo externo de estímulos para comprometerse más profundamente con un flujo interior de palabras, ideas y emociones. Simulaban mentalmente cada nueva situación que se encontraba en una narración. Los detalles de las acciones y sensaciones registrados en el texto se integraban en el conocimiento personal de las experiencias pasadas. “La lectura profunda no es un ejercicio pasivo. El lector se hace libro”, dice Carr citando a Ong. La lecto-escritura y la cultura del libro se habían impuesto de manera irreversible, produciendo un saldo claramente positivo para la naturaleza humana.

Y en un proceso que parece ser exactamente opuesto al que se está produciendo ahora con el desplazamiento a las pantallas: en los años centrales del siglo XX,  la sociedad empieza a dedicar cada vez más tiempo a soportes electrónicos creados básicamente para distraer: radio, cine, fonógrafo, televisión y comienza un proceso progresivo de desplazamiento de la palabra por lo audiovisual. «Sin embargo, estas tecnologías se vieron siempre limitadas por su incapacidad para transmitir la palabra escrita. Podían desplazar, pero no reemplazar el libro. La cultura dominante seguía transmitiéndose a través de la imprenta. Ahora la corriente se desvía de forma rápida y decisiva a un nuevo canal: el ordenador e Internet».

Continuará…