Veinte chicas en la pecera de cristal de mi sala de estar. Veinte peces a los que van convirtiendo en pescado semana tras semana sacándolas del brillo del glamur a ver quién queda reina de la pecera. Veinte perchas que se miran durante veinticuatro horas al espejo y que son el espejo en el que se miran mis alumnas de cuarto, soñando que son ellas que sueñan con ser otras. Veinte cuerpos.
¿Y el alma? El alma no se ve y no levanta audiencias. No es muy televisiva. El alma hay que dejarla fuera del estudio para cuando te echan del reallity y es la vida real la que te espera.

Mejor que no la toquen. Lo malo es que sin alma las personas son sólo personajes. Y es triste ver veinte seres humanos convertidos en máscaras que actúan, dan saltitos, lloriquean y parece que sufren. Es triste y es absurdo. Es como si en la pecera  de plasma de mi sala de estar alguien hubiera escrito “tonto el que lo vea”, aquella tautología infantil de la que no podías escapar si no era evitando mirarla. Yo apago y haga usted lo que quiera. 
Y ya sabe: use la televisión, no la consuma, o será consumido por ella.