Más perlas  del XL en la misma línea del retrato de los nuevos tiempos digitales.
Arturo Pérez Reverte en su Patente de Corso: «No sé qué suerte correrían Marco Antonio y su discurso, de difundires a través de lo que hoy llamamos redes sociales. Si algo caracteriza lo que circula es la superficialidad y falta de rigor. A más simpleza, mayor difusión. Por situar un ejemplo, un mensaje típico de Twitter sería: “Dice Einstein que todo es relativo”, seguido de treinta mil comentarios a favor o en contra de que todo sea relativo: un tercio de ellos procedentes de quienes no saben quién fue Einstein, y otro tercio escrito por osados analfabetos que no es ya que ingnoren quién fue Einstein, sino que ingnoran el significado de la palabra relativo»
De Juan Manuel de Pradaen su Animales de Compañía: «Cuando paseo por la ciudad de mi infancia busco los lugares en los que se quedaron refugiados mis recuerdos. […] Los pasos me llevan hasta el patio en el que discurrieron mis juegos infantiles, en la parte trasera del edificio donde viví. Allí, a salvo del tráfico, […] los niños del vecindario improvisábamos partidos de fútbol, lanzábamos la peonza, jugábamos a las canicas y a las chapas […]. Todo sigue exactamente igual que hace treinta años en aquel patio… si no fuera porque ha dejado de ser cónclave de los niños del vecindario. A la algarabía de antaño, […] ha sucedido un silencio hosco, como de lugar en cuarentena o ciudad bajo el toque de queda; […] ¿Es que ya no quedan niños en este vecindario? Seguramente menos que antaño, pero sigue abiéndolos: los he visto, de regreso del colegio con sus mochilas a cuestas […] Han dejado de jugar en la calle, tal vez porque sus padres insensatamente se lo han prohibido; o, más tristemente, porque la calle se les antoja un pareja inhóspito, bárbaro, extranjero, acechado por la azarosa y multiforme vida en contraste con la gustosa cárcel de su cuarto, donde juegan con la consola o se zambullen en las llamadas (con paradójico sarcasmo) “redes sociales” […] satisfechos de su soledad angosta, iluminada por una pantalla de ordenador».
Carmen Posadas en su Pequeñas Infamias, hablando de la obsolescencia programada: «Actualmente, la vida está más programada para la obsolescencia que para la durabilidad, por lo que la gente no se toma la molestia de cuidar no sólo sus relaciones, sino sus pertenencias. En este caso, el mejor ejemplo son los niños. Antes, el gran desiderátum era tener una bici. Y se pasaba uno años ahorrando y haciéndose la cama o lavando los platos para conseguirla, por lo que su llegada era como un santo advenimiento. ¿Y cómo es ahora regalar una bici a un hijo? Pues si le dan bola al artilugio durante veinte minutos ya es como para dar gracias al cielo porque luego hay que jugar con la Wii de Nintendo y más tarde con el ordenador y con el móvil, los patines, el skate, la tabla de surf… objetos todos, por cierto, que también tienen su obsolescencia programada, de modo que dentro de nada habrá que comprarlos nuevos y seguir alimentando así a ese monstruo que entre todos hemos cebado hasta la obesidad mórbida y que llamamos “sociedad de consumo”».
Son nuevos tiempos, pero ¿cómo nos afectan?