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Encuentro algunos fragmentos en el XLSemanal de la semana pasada —ya saben una fuente permanente de pequeños tesoros alrededor del medioambiente simbólico­ que yo rescato para este almacén de datos y opiniones que es el blog—. Todo en el mismo número, se lo aseguro. Y los desgrano en unos cuantos post.

De una carta de una lectoraMaría Belén Mateos Galán—: «Mucho se habla del fracaso escolar en estos tiempos. Se buscan culpables todo el tiempo: profesores, ministerios, cambios constantes en la enseñanza… Pero poco se dice del ambiente en el que estudian nuestros hijos. […] Recuerdo un cuarto con papel floreado en las paredes, una cama –que en algunos casos se escondía en el armario—, una mesa con una simple lámpara, alguna estantería llena de peluches… y poco más. Ahora entras a una estancia casi palaciega. Mesa de despacho, con libros abandonados, rincón reservado para el ordenador, la Play y juegos varios como varias sean las maquinitas que atesoran, sillón con ruedas para un cómodo desplazamiento hacia el entretenimiento, […] ¿Y aún nos preguntamos cuál será el motivo de ese fracaso? Sólo sé que en el siglo pasado no te quedaba otra que estudiar por puro aburrimiento. Hoy lo aburrido, tristemente es hincar los codos».

De La carta de la semana: «Me lo contaba con ojos chispeantes. Y con cierto reparo, aun llevando más de una década de viudez. Mientras, mi cada vez más odiado pitido del Whatsapp reclamaba mi atención. Mi abuela, con sus 80 años perfectamente llevados, me relataba cómo un hombre de su edad la había pretendido galantemente en sus últimas vacaciones, cómo compartían paseos, cenas y aventuras pasadas. A mí me inspiraba ternura pensar que esos paseos, cenas y confidencias no fueron interrumpidos por ningún aviso del Whatsapp, por ninguna actualización del Facebook ni por ningún Tweet que necesite un retweet como réplica. Me pregunto si antes eran más auténticas las relaciones, cuando compartir no era hacerlo en el muro; cuando el boca a boca era la mejor herramienta de marketing; cuando nos gastábamos las pesetas en revelar la fotos y no nos etiquetábamos o desetiquetábamos en función de nuestra fotogenia; cuando en una cena entre amigos, nos mirábamos a la cara y no a las pantallas del Smartphone. Y me entra melancolía. A mis 26 años» (Leticia Sanz Raso. Madrid.)

Son otros tiempos. ¿Y cómo nos afectan?