La televisión no se limita a informar, a dar cuenta cabal de lo que ocurre, sino que por su propia naturaleza en la que prima la imagen como herramienta, convierte la información en algo que ver. Y lo que vemos con tanta claridad, nos impide ver más allá. Como el árbol y el bosque.

Un atracador de bancos, un delincuente, un asesino, revierte en referente, héroe, modelo, merced al espectáculo mediático informativo. Delante del atracador, delincuente y asesino, se agolpan los micrófonos y los objetivos de las cámaras, que encuadran, seleccionan y dan forma, desrealizan al atracador, delincuente y asesino convirtiéndole en objeto mediático. Una vez en la pantalla, el atracador, delincuente y asesino ya no es sino una pieza más de ese circo formado no por personas sino por virtualidades simbólicas neutras que aparecen juntas en el cristal-crisol de la pantalla y se asimilan las unas a las otras en el discurrir de la programación. La televisión, al convertir la información en un mostrar que no nos deja pensar, convierte la información en un producto asimilable a cualquier otro producto del magma de ficción que destila la pecera en nuestro mundo interior.
Lo visto a la vez por millones de personas, se convierte en mito. De este modo, el atracador, delincuente y asesino, cuanto más aparezca en la pantalla, menos real será y será más simbólico. El atracador, delincuente y asesino existe de verdad. Es real. Pero, a su lado, con él, a la vez que él, ya hay otra figura idéntica, de la que no podemos distinguirle y con la que nada tiene que ver desde el momento en el que nosotros la vemos. Una persona como el atracador se convierte así en un personaje como El Solitario. Circula ya independiente de él y podrá convertirse en serie o en película, en un dibujo de una camiseta o de un poster. El Solitario no es ya sino una proyección, un producto de ficción dispuesto para el consumo.

No hemos penetrado ni un milímetro en la profundidad de lo que desconocemos. Al contrario, lo que ocurre, al sernos mostrado se nos hace más opaco e impenetrable en virtud de su exposición a la luz mediática de las imágenes. Los intermediarios no nos han facilitado información sobre un hecho, sino que han creado un hecho nuevo que no existía antes de su intervención.

De nuevo la ampliación mediática televisiva, con esa fuerza que imponen las imágenes sobredimensiona la realidad convirtiéndola en un esperpento de sí misma. De nuevo la luz de la pantalla no desvela sino que ciega con su luz nuestro conocimiento de los hechos.

Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.