Que Dios está en todas partes es una verdad que los creyentes llevamos con nosotros con la naturalidad misteriosa de la fe y los no creyentes sobrellevan con la indolencia de los indiferentes, el oscuro interrogante de los agnósticos y la militante negación de los ateos.

Dios está en todas partes, salvo en los medios. Prolifera, en cambio, todo tipo de imaginería fantasmagórica, espiritista, parapsicológica, cuatridimensional y extraterrestre. Ya dijo Chesterton algo así como que cuando no se cree en nada se corre el peligro de creer en cualquier cosa. Y mi admirado y ateo Arcadi Espada lo expresa diciendo que «la gran tragedia de la muerte de Dios es que su aura ha estallado en billones de insidiosos pedazos». El caso es que el medioambiente simbólico es bastante refractario a Dios. Quizá también porque el soporte preferido del símbolo mediático es la imagen, todo aquello que no se ve corre el peligro cierto de desaparecer. Cuando todo es visible, nuestra mirada se hace insensible a la invisibilidad. Es difícil que Dios salga en la foto. También es difícil fotografiar el amor, pero en cambio es fácil fotografiar el sexo. De ahí que vivamos también un universo simbólico hipersexualizado que deja poco sitio al amor.

Por eso, es sorprendente descubrir en el parque temático del agua, entre audiovisual y audiovisual, entre pabellón y pabellón, entre imagen e imagen, en ese maremágnum masificado y turístico de chancleta y pantalón corto, que efectivamente Dios está en todas partes: incluso en la Expo. Y está no sólo de esa manera normal de estar ubicuo, eterno, sosteniéndolo todo, sino de esta otra manera misteriosa que los católicos disfrutamos como el privilegio entrañable y profundamente personal del sagrario. De esa manera para nosotros más real que la realidad misma, sensible e imperceptible a la vez. Hay un sagrario en la Expo. El pabellón de la Santa Sede ha tenido el acierto de mostrar lo mejor que tiene: Dios mismo. Y yo he rezado conmovido en el silencio azulado de esa mínima capilla de la Expo vaticana.

Y aprovecho hoy aquí para traer tres perlas medioambientales que Benedicto XVI ha dicho en Sidney y que dudo puedan llegarnos a través de los medios:

1. «Hay heridas que marcan la superficie de la tierra: la erosión, la deforestación, el derroche de los recursos minerales y marinos para alimentar un consumismo insaciable y (…) no sólo el ambiente natural, sino el social, el hábitat que creamos, tiene cicatrices: heridas que indican que algo no va bien, (…) un veneno que amenaza con corroer lo que es bueno, plasmar de nuevo lo que somos y distorsionar el fin para el que fuimos creados».

2. «No os dejéis engañar por los que ven en vosotros simples consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar por belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad».

3. «La creación de Dios es única y buena. La preocupación por la no violencia, el desarrollo sostenible, la justicia y la paz, el cuidado del medio ambiente, son de importancia vital para la humanidad. Pero no podemos comprender todo ello si prescindimos de una reflexión sobre la dignidad innata de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural, dignidad otorgada por Dios y por lo tanto inviolable». 

Ecología pura.