Presentamos aquí —contraviniendo la lógica de la red al respecto de la extensión de los textos— todo lo que dice la reciente encíclica del Papa sobre la tecnología. Hemos extraído todo su contenido tecnológico agrupándolo y ordenándolo con la numeración de sus epígrafes. En cursiva el texto original. El subrayado en negrita es nuestro.
El texto contiene una descripción de la toxicidad y los riesgos que la llamada revolución tecnológica conlleva tal y como está concebida hasta ahora. Una descripción que no se aparta de la que nosotros hemos ido haciendo aquí durante los últimos veinte años. Una descripción que, por lo tanto, llega tarde, pero que esperamos tenga más repercusión y más efectos en la conciencia social que la nuestra.
La encíclica del Papa no es pues, una encíclica sobre la inteligencia artificial, sino, más bien, sobre lo que el Papa Francisco ya había denominado “El nuevo paradigma tecnocrático”, es decir, lo que nosotros hemos venido llamando aquí desde hace años el “Medioambiente Simbólico” creado por la irrupción de la tecnología digital.
De hecho, como muy bien expresa su título —MAGNIFICA HUMANITAS, Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial—, se trata, por un lado, de un decidido canto de alabanza a esa MAGNÍFICA HUMANIDAD que somos y que ninguna máquina podrá jamás sustituir (15) y, por otro, de una defensa de la dignidad humana que esa humanidad lleva aparejada, frente a determinadas características y riesgos de la digitalización en la que estamos inmersos. Una dignidad que pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir (52), «una dignidad infinita […] más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación» (53). Y una digitalización que ha desembocado en la IA y en la robótica y que está transformando el mundo con un poder y una omnipresencia que se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos y la toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo (4). Un poder y una omnipresencia detentado y provocada por actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. (5).
Así que ¿Hacia dónde vamos?, se pregunta (6). ¿Se trata de una nueva Babel sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad, que, en lugar de la comunión elige la homogeneización […] que surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, [y] sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia? (7) ¿Una idolatría del lucro, que sacrifica a los débiles, una uniformidad que aplana la diferencias, una pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona en datos y rendimientos? (10). ¿O podemos encaminarnos hacia la cooperación de todos en un proyecto común siguiendo el modelo bíblico menos conocido del profeta Nehemías que reconstruye la ciudad de Jerusalén? (8)
En cualquier caso, es fundamental aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir. Sin dejarnos llevar por la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad. (10). Al revés: en la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos (15).
Según el principio de subsidiariedad, ni la persona, ni la familia deben ser absorbidas por el Estado (69), pero resulta que hoy, en el contexto de la revolución digital […] el nivel superior no es el Estado, sino que está constituido por empresas y plataformas, que definen condiciones de acceso, reglas de visibilidad, formas de relación e incluso oportunidades económicas (71) y, si tal es el caso, no deberíamos dejar que pocos actores por sí solos orienten los procesos. (72). Es imprescindible que las decisiones en materia de datos, algoritmos, plataformas e IA tengan en cuenta no solo el beneficio inmediato de algunos, sino el impacto en todos los pueblos y en las generaciones futuras (76).
Una advertencia imprescindible frente al típico tópico de que “la tecnología no es ni buena ni mala, depende de su uso”: Las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales; toman el rostro de quien las concibe, las financia, las regula, las utiliza [9] y pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión. Por eso, han de ser examinadas con una pregunta decisiva: ¿contribuyen realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras? [85] ¿qué estamos construyendo [Babel o Nehemías?] (91)
Babel sería el paradigma tecnocrático denunciado por Francisco, es decir, la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas. […] Peligrosísimo porque cuando [la técnica] se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema cada vez más eficaz (92) Y la IA, las ciencias cognitivas, la nanotecnología, la robótica y la biotecnología pueden ser una gran ayuda [o] pueden actuar como un acelerador de dicho paradigma (93) haciéndolo progresar. Y más progreso no significa necesariamente algo bueno —como decía Sartori, el cáncer también progresa— puede que aumenten los medios sin que aumente la humanidad. Se “tiene más”, pero no se “es más” (94).
De la inteligencia artificial todos nosotros, incluidos quienes la diseñan, sabemos muy poco sobre su funcionamiento efectivo (98). Pero, en cualquier caso, es muy importaante evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones, […], la superan en velocidad y amplitud de cálculo [y sin embargo] siguen ligados exclusivamente al tratamiento de datos. […] No viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes […] pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio. Incluso cuando se presentan como “capaces de aprender”, lo hacen de modo diferente al de la persona humana. No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior (99)
Hay riesgos como siempre sutiles, pero graves en el uso personal de esta tecnología. […] La facilidad para lograr el resultado, la impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana […] pueden acostumbrarnos a delegar demasiado y a buscar respuestas rápidas, debilitando el juicio personal y la creatividad. […] La imitación artificial de una comunicación humana positiva […] puede inducir a engaño y dar la falsa impresión de estar en una relación con un auténtico sujeto personal. […] entonces el riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro, como ya ocurre a otro nivel y en menor medida con las aplicaciones de mensajería que han impuesto el texting, llegando a convertir la visita en algo excepcional y la llamada telefónica personal en un acto agresivo de mala educación (100).
El uso de la IA [y el de cualquier otra tecnología de la comunicación] nunca es un hecho puramente técnico [o neutral] Incide en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad. [Confiar decisiones que repercuten en el trabajo, el crédito, la reputación de las personas…a] sistemas automatizados [o a algoritmos] que no conocen «la compasión, la misericordia, el perdón y, sobre todo, la apertura a la esperanza de cambio en el individuo» [puede producir] nuevas formas de descarte (102) y disminuye […] no solo la empatía […] sino la responsabilidad política (103). No se trata de un simple instrumentoque “hay que usar correctamente” —insiste el Papa—; […] sino que debe interrogarse también sobre el modo en el que está diseñado y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían (104). Es esencial que las responsabilidades estén claras: […] desde quienes diseñan […] hasta quienes lo utilizan. […] Identificar quién debe “rendir cuentas” de las decisiones. (105)
La expresión “desarmar la IA” — que ha causado tanto impacto periodístico— significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es solo militar, sino económica y cognitiva. Desarmar no significa renunciar a la tecnología sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable (110). No dejarla ocupar todo el espacio: No es solo la carencia […] aquello que crece sin medida puede convertirse en una forma de pobreza (113).
Es esencial conocer las narrativas de fondo: el transhumanismo y el posthumanismo. Son corrientes que interpretan el progreso como una superación del ser humano y constituyen el trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico. […] Una visión futurista de “humanidad potenciada o de “hombre hibridado” con la máquina (115).
Ambas corrientes están unidas por un mismo presupuesto: la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana. […] El transhumanismo imagina una potenciación del ser humano[…] con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo […] va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva era evolutiva (116).
El riesgo —insiste una y otra vez el Papa— no es sólo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático […] haga parecer justa y normal una visión antihumana. […] Cuando la eficiencia se vuelve medida de valor, el ser humano es tentado a considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura llamada a la relación y a la comunión (112).
Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un “límite” —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir olvidando que el ser humano no florece a pesar del límite sino, a menudo, a través del límite (118). Aun cuando el límite se manifiesta como dolor interior, la sensatez humana enseña a no negarlo ni eliminarlo, sino a integrarlo. Para eliminar totalmente el dolor sería necesario, a fin de cuentas, apagar también el amor y el deseo. Quien ama y desea, en efecto, no puede evitar atravesar la prueba y el sufrimiento, y por eso, a lo largo de los años conservamos en nosotros enseñanzas que quedan marcadas como cicatrices, memoria del camino realizado entre libertad y caída, sueños y decepciones. Solo gracias al entramado de estos elementos, se realizan en el corazón esas maravillas interiores que nos hacen saborear el gusto más dulce de nuestro ser humanos. Renunciar a esta aventura, al mismo tiempo dramática y espléndida, en nombre de una presunta superación de todo límite podría ser cualquier cosa, pero no significa ser humanos. (120). Por eso la humanidad —magnífica y herida— no debe ser sustituida ni superada (126).
El ser humano no está encerrado en los límites de la propia naturaleza, sino que está llamado a trascenderse a sí mismo, no para huir de la realidad o despreciar el límite, sino para realizarse en el amor (127). Y —permítaseme una de las dos únicas referencias religiosas en esta síntesis — «Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero». […] una relación que libera, una comunión que transforma. […] Para un algoritmo, el error es algo que hay que corregir; para una persona, puede ser el inicio de un cambio profundo. El futuro de una persona no es calculable, sino que está confiado a su libertad […] y a la relaciones que cultiva (128).
Sobre la influencia de la digitalización —smartphone, apps, redes sociales, inteligencia artificial— León XIV nos advierte que las herramientas que podrían favorecer el debate y la participación se utilizan a menudo para construir narrativas sesgadas, difuminar los límites entre lo verdadero y lo falso (132) y convencer a un número significativo de personas acerca de cuál es la verdad sobre el ser humano (133).
Sin embargo, la búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia. […] Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés […] la vida democrática se debilita. […] El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arent, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y los falso (es decir, las normas del pensamiento)» (134).
La comunicación «no es solo transmisión de informaciones, sino creación de una cultura». Los contenidos que circulan en los entornos digitales influyen en como las personas perciben el mundo e introducen en la conciencia colectiva imágenes y relatos que orientan los deseos e influyen las decisiones cotidianas. «No es un mundo paralelo o puramente virtual» porque lo que surge en internet pasa a formar parte de la vida de las personas, sobre todo de los más jóvenes. (135)
Es necesario promover una ecología de la comunicación —véase en nuestra web el encabezamiento que da sentido a nuestro trabajo de años: “por una ecología de la mirada”—: [reglas para hacer transparentes los criterios de selección de contenidos, …proteger los datos personales, …un periodismo serio, espacios de debate primando la argumentación y la verificación, …formación en el uso correcto de las herramientas digitales, la IA y las técnicas de verificación de contenidos] (137).
Ya se ha documentado —tarde y después de un proceso de bobalicón cibereoptimismo— cómo una exposición precoz y sin supervisión a los dispositivos digitales y a las redes sociales puede afectar negativamente al sueño, a la atención, a la regulación emocional y a las relaciones […] con consecuencias a veces dramáticas. […] La facilidad de acceso a escenas violentas o crueles […] a contenidos pornográficos e hipersexualizados, a mensajes que banalizan el cuerpo y la afectividad y a propuestas que normalizan conductas de riesgo. [captación, chantaje y explotación de menores, … uso de perfiles falsos, … algoritmos que amplifican contactos peligrosos, … herramientas de IA capaces de manipular imágenes y vídeos]. Tener un teléfono móvil personal demasiado pronto […] puede favorecer la fragilidad y las adicciones […] exponiéndolos a dinámicas de aislamiento, acoso y ciberacoso, así como la presión para compartir imágenes íntimas o datos sensibles (141).
Igualmente, no deben subestimarse las formas más sutiles de dependencia vinculadas a la economía digital de la atención, donde las plataformas y los servicios están diseñados para captar el tiempo y la mirada de los usuarios, explotando sus fragilidades y debilitando su libertad interior. […] Educación en la sobriedad digital, protección de los menores y lucha contra los modelos que prosperan a costa de la vulnerabilidad (170).
En ese contexto de omnipresencia adictiva y de competencia por la atención, a los padres de familia les resulta difícil resistir por sí solos… […] es necesario oponerse, con decisiones públicas, […] a los intereses inmediatos de las plataformas —concentradas en pocas manos— […límites de edad, responsabilidad de los proveedores] —sin descargar, sobre las familias, el peso de la limitación y del control (142).
Por otro lado, la escuela es el lugar donde […] buscar y amar la verdad (143). Sin embargo, se multiplican los conocimientos fragmentarios, pero se hace más difícil captar la realidad en su conjunto, plantear preguntas sobre el sentido de las cosas y desarrollar un auténtico pensamiento crítico y creativo. Muchos educadores perciben ya los signos de una posible deshumanización, en la que las personas “saben muchas cosas”, pero tienen dificultades para dar un sentido a su vida. […] es necesario promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado (146). […] La escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables (147). […] La omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar y asimilar la verdad (139). Los procesos educativos, en cambio, requieren tiempo para madurar, una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino paciente. […] Toda tecnología educa a quien la utiliza. Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué NO utilizarla. La rapidez y la facilidad con las que se obtiene una respuesta o un síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas, que solo da fruto con el tiempo. […] Las cosas más profundas e importantes solo se aprenden tras mucho tiempo y esfuerzo. […] Aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita (140).
Un riesgo adicional, menos visible, —otra vez sutil— pero no menos grave, es el del control social que la recopilación masiva de datos y el uso de sistemas algorítmicos hacen posible. Cuando cada gesto deja huellas —desplazamientos, compras, relaciones, preferencias— se crea un poder nuevo: el de perfilar, prever y orientar los comportamientos, a menudo sin que las personas tengan plena conciencia de ello. [Si estos datos se utilizan para influir en] oportunidades concretas (crédito, selección de personal, servicios) existe el riesgo de socavar la libertad y discriminar a los más vulnerables. [… influyendo en] lo que se amplifica o se vuelve invisible, lo que se recompensa o se penaliza, [terminando por moldear] opiniones y elecciones, generando conformismo y autocensura (171). De nuevo, la raíz de estos problemas es una mentalidad tecnocrática y posthumanista […] lo que importa es la eficiencia, no el respeto a la libertad y a la dignidad humana. [Llegando] incluso a plantear la existencia de seres humanos “de segunda clase” al servicio de los intereses de élites (172). Todo ello genera nuevas formas de esclavitud (174).
El colonialismo muestra en la actualidad un rostro inédito. No solo domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable. […] una nueva lógica de extracción: la de los flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos. Estas son las nuevas “tierras raras” del poder: informaciones vitales que, una vez correlacionadas, pueden utilizarse para entrenar modelos predictivos, orientar estrategias de inversión, anticipar crisis y, sobre todo, seleccionar quién y qué importa. Quien posee los datos de poblaciones enteras […] posee en realidad una palanca estructural sobre el futuro (178).
Además, no hay que olvidar que en el mundo de la IA — y de la tecnología en general—nada es inmaterial o mágico. Cada respuesta […] proviene de una larga cadena de mediaciones, de una extensa red de recursos naturales, de infraestructuras energéticas y, sobre todo, de personas. […] Un trabajo silencioso de millones de seres humanos, empleados en actividades poco visibles pero esenciales: etiquetado de datos, moderación de contenidos —a menudo pésimos— y entrenamiento de modelos. […más] la tarea aún más brutal de la extracción de los recursos necesarios para la producción de dispositivos […] que se obtienen de las tierras raras. […] Una cadena de explotación que se mantiene deliberadamente oculta, pero que es real y sólidamente física (173).
Y también la guerra
También la IA está transformando la guerra. Corriendo el riesgo de que la tecnología, separada de la ética y de la responsabilidad, haga más rápida e impersonal la decisión sobre la vida y la muerte, y presente el uso de la fuerza como una opción inmediata y viable (182).
La revolución digital está modificando la gramática de los conflictos. A la guerra visible se suman forma híbridas: ataques cibernéticos, manipulación de la información, campañas de influencia y automatización de decisiones estratégicas. […] En ese contexto, La frontera entre protección y agresión tiende a difuminarse. [Puede potenciar la defensa] pero también puede bajar el umbral del uso de la fuerza, hacer opacas las responsabilidades y alimentar una cultura en la que el enemigo queda reducido a un dato y la víctima a un “daño colateral” (183).
Tras la Segunda Guerra Mundial se produjo un giro: la paz se situó en el centro del orden internacional. (189). Hoy, en cambio, asistimos a un verdadero cambio de paradigma […] con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional. […] La opinión pública se orienta y acostumbra progresivamente a narrativas mediáticas polarizadas, a menudo amplificadas por algoritmos que valoran el enfrentamiento y la oposición (190).
A todo esto, se suma un elemento nuevo y decisivo: la dimensión mediática y digital. Las redes de comunicación, los entornos informativos fragmentados, y los algoritmos que premian el enfrentamiento pueden amplificar la polarización y el resentimiento, acelerar la propaganda y dificultar el discernimiento. Así la guerra no solo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo. […] Se vuelve más fácil presentar la violencia como necesaria, inevitable o incluso “limpia” (192)
[…] La creciente facilidad con la que se pueden emplear los sistemas de armas con autonomía operativa hace que la guerra sea más “viable” y menos sujeta al control humano (197). Se habla de “agentes morales artificiales” como si una máquina pudiera garantizar, con mayor coherencia que un ser humano, la distinción entre el bien y el mal. Pero el juicio moral no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona. Por eso no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o, en cualquier caso, irreversibles. No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable. La IA no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad: solo puede hacerlo más rápido e impersonal […] con las víctimas reducidas a datos (198).
Cuando la decisión de atacar se automatiza o se vuelve opaca, aumenta el riesgo de que se pierda el sentido de responsabilidad. Por eso la cadena de responsabilidades debe seguir siendo identificable y verificable. […] La IA tiende a acortar los tiempos de decisión; pero en la guerra, las decisiones irreversibles no pueden tener como criterios supremos la rapidez y la eficiencia. […] Toda tecnología que facilite atacar sin ver el rostro del otro baja el umbral moral del conflicto (199).
Vamos acabando: el poder personal de cada uno
Frente a la tecnología, nos dice el Papa, se insinúa una tentación [de nuevo] sutil: pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños […] una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo. […] Y una forma, sin duda, que fortalece la sensación de inevitabilidad que han cultivado y en la que han crecido las grandes corporaciones tecnológicas. Sin embargo, nadie está exento de responsabilidad. Cada uno dispone de un ámbito propio de acción, y ahí —no en otro lugar— está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza —aunque solo sea con indiferencia, cinismo, mentira y odio—; o si promueve la lógica de la paz —con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado— (212). Citando a Tolkien, nos dice: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza». […] Una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización (213).
En las promesas del transhumanismo y de algunas corrientes posthumanistas, que persiguen una humanidad potenciada y casi desencarnada, reconocemos un deseo […] de una vida más plena. […] Pero la Encarnación —permítaseme, de nuevo, en esta síntesis la segunda y clara referencia religiosa— abre un camino diferente. Mientras las ideologías antiguas y nuevas empujan al hombre a la superación técnica del límite y a elevarse por encima de los demás […] el misterio del Hijo de Dios que entra en nuestra condición narra un movimiento opuesto: el Dios vivo que desciende a nuestra historia para liberarnos de toda esclavitud, asume nuestra debilidad y la transforma en lugar de salvación (232). Contemplando en el rostro del hijo una MAGNÍFICA HUMANIDAD, [comprendemos que] el hombre está llamado a ser colaborador en la obra de la creación y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad. […] Ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien. Incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado. Este rostro humano es la plenitud hacia la que camina la historia (233).
¡Permanezcamos fieles a la verdad! Viviendo inmersos en flujos incesantes de información, opiniones e imágenes, sabemos lo fácil que es influir en decisiones y preferencias a través de algoritmos cada vez más sofisticados. En este escenario es importante custodiar un corazón que ama la verdad, que desea lo justo más que los contenidos de mayor atractivo. Que busca la sabiduría más que el impacto inmediato (237)
¡Cuidemos las relaciones! En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones […] sin embargo el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad. Invito a salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que ser reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres. (239) Incluso la visita, en lugar del whatsapp; o incluso la llamada en lugar del texto…
En Nehemías, reconozco una parábola luminosa de nuestra vocación a ser, en el tiempo de la transformación digital, no espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas, sino mujeres y hombres que entran en las obras de la historia —laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones, comunidades locales— para levantar lo que se ha derrumbado y proteger lo que está expuesto (241).
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de mayo del año 2026, segundo de mi Pontificado. LEÓN PP.XIV
Referencias



