El calentamiento global del medioambiente simbólico produce, entre otros efectos, ciertos cambios en las mareas mediáticas que sobrevienen muy rápido sobrepasadas por otras sucesivas. Las hay cíclicas, periódicas, que se las ve venir y que se sabe cuándo van a irse. Las hay continuas, insistentes, pedagógico-paternalistas. Y hay auténticos tsunamis inesperados, que arrasan con todo durante unas horas o unos días. Ahora que ya ha bajado la marea roja que nos inundó hace unas semanas, es el momento de hacer un par de reflexiones sobre el fútbol, los medios, el deporte y el espectáculo.

El deporte lo es en cuanto actividad. El deporte, para serlo, debe ser practicado. Ni siquiera es imprescindible la competición para que haya deporte. Aunque se puede llevar a cabo la práctica deportiva compitiendo, la esencia de lo deportivo no es la competición sino la realización de un ejercicio físico. Un individuo que realiza ejercicio solo o en grupo, compitiendo o no, hace deporte. Un individuo que ve cómo otros lo hacen no hace deporte. Contemplar el deporte ya no es deporte, es espectáculo.

Este conjunto de obviedades vienen a cuento de que la habitual pregunta de «¿no te gusta el fútbol?» no es fácil de contestar porque la pregunta olvida que en este medioambiente simbólico enrarecido, la palabra fútbol designa, al menos, tres realidades distintas que para nada son intercambiables: el fútbol, es decir, el deporte; el «fúbol», o sea, el espectáculo; y el FÚTBOL, la virtualidad que han creado los medios convirtiendo el espectáculo en un inmenso negocio de ficción. Ocurre que las tres realidades se entremezclan y se confunden en nuestra conciencia y ya no sabemos de qué hablamos cuando hablamos de fútbol. Así el fútbol deja a menudo de ser un simple ejercicio de equipo en el que gana el que participa para contaminarse del irrespirable ambiente del «fúbol» y del FÚTBOL. ¿Son fútbol, por ejemplo, las competiciones escolares en las que los padres insultan a árbitro o a los compañeros de clase de sus hijos convirtiendo lo que debería ser pedagogía deportiva en una correa de transmisión de gestos, posturas y valores aprendidos en la contemplación del espectáculo y del negocio? ¿Es fútbol aquello de lo que escriben y comentan los mediadores ―esos inocentes mensajeros¬ que antes se llamaban periodistas y ahora son, como dice Verdú, media workers, es decir servidores de los grandes negocios de las corporaciones mediáticas? ¿Son deportistas esos profesionales del balón que protagonizan videoclips disfrazados de robothéroes y cobran cifras que deberían calificarse de escandalosas si la palabra escándalo tuviera todavía algún valor dentro del circo mediático? ¿Son clubes deportivos esas marcas generadoras de negocio?

Todos sabemos las respuestas, pero todos, desde el Rey hasta el último mono, arrimamos el hombro como consumados actores añadiendo a esta pantomima mediática ya de por sí contaminada nuevas contaminaciones simbólicas de carácter nacionalista, sentimental, político y/o mercantil.

Dependiendo de si entra o no el balón, suenan las bocinas, se agitan las banderas,se produce una gran marea roja, se invaden las emblemáticas fuentes públicas con «espontáneas» celebraciones de júbilo y el maldito seleccionador se convierte en seleccionador bendito. Que si me gusta el fútbol… ¿Cuál de ellos: el fútbol, el «fúbol» o el FÚTBOL?