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Hemos empezado el año con grandes novedades en el medioambiente simbólico. Una de ellas es la Ley Audiovisual de largo parto con comisión de sabios incluido y cuyos hitos más importantes comentaremos en otra ocasión. Otra es que las dos grandes cadenas públicas emiten ahora «sin publi». Digo en las nacionales porque las autonómicas públicas siguen en la batalla por la tarta publicitaria a pesar de los enormes presupuestos también públicos, es decir, de todos, que las sostienen.

Y es toda una experiencia. Ver televisión sin interrupciones es ver otra televisión. Ver tele ha sido durante años ese continuum de anuncios con programas dentro que homogeneizaba todo lo que veíamos disolviéndolo en un puro puré de consumo: daba lo mismo información, que cine, que concursos. Todo era… televisión. Ahora la tele sin anuncios es menos tele y eso ya es mucho mejorar.

Toda una vida de ese sometimiento asumido al corte permanente hace que ahora, sentado frente a la pantalla, tenga un cierto síndrome de abstinencia. Algo que no sé qué que no es normal. Algo que no me cuadra. La serie, el concurso, el debate, la película…, empiezan y terminan y no hemos hecho nada excepto verlo, no nos hemos movido, no hemos cambiado de canal.

Ocho mil horas menos de sugestión, de repeticiones exasperantes, de manipulaciones, de bombardeo, de incitación al consumo jugando con nuestras emociones más primarias. Mis compañeros asociativos de Contraste Audiovisual se preguntan si no será una excusa para la mediocridad. Son ocho mil horas que hay que llenar con algo. ¿Es que podría ser peor? Veremos. Entretanto, la publicidad ha sido la auténtica programadora que ha estado detrás de esta absurda carrera por el espectador que ha propiciado el desastroso nivel de nuestra tele. De esos polvos, han venido estos lodos. Bendita desaparición, pues, de ese criterio competitivo.

Lo que es seguro es que esto no ha sido porque

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lo quieras así. Yo llevo treinta años queriéndolo y hasta ahora nada. Hay otros intereses.

Todo el mundo está contento excepto Cayetana Guillén y su equipo que ven esfumarse el único valor incontestable de «Versión Española» que, desde ahora, es moneda corriente: sin cortes. Ahora sólo les queda el sectarismo y la ceja en la elección de películas e invitados. Y no es mucho.

Dos cadenas «sin publi». Por ahora somos dos cadenas más libres. Nos hemos quitado dos cadenas. O, al menos, nos han quitado dos eslabones de la cadena global de la televisión generalista. Pero aún nos quedan cuatro que pesan como plomo.

Vean televisión (ahora sin publi) no la consuman o serán consumidos por ella.