(Sexta entrega de la síntesis del libro de la socióloga de Harvard, Shoshana Zuboff, un texto imprescindible para quien quiera entender  el mundo contemporáneo.

El 99’9% del texto que presentamos son palabras literales de la autora tal y como las escribe en su obra. Sin embargo, las hemos desplazado y reorganizado de acuerdo a nuestra comprensión del texto original sin señalar paginación alguna y con una serie de subrayados en negrita que igualmente son nuestros.  No obstante, al final de cada entrada tenéis el enlace a  la síntesis ordenada esta vez sí con las páginas y en el orden en el que Zuboff las presenta para que sea más fácil citarla.

Creo, por supuesto,  que merece la pena acceder al original y pido perdón a la autora por el tejemaneje al que hemos sometido su texto, pero esperamos que esta síntesis que presentamos pueda servir de aperitivo para abrir el apetito de la obra completa.

Hoy toca la sexta entrega:  el internet de las cosas: «Cada vez hay disponibles más objetos de la internet de las cosas, miles y miles de ellos irremediablemente vinculados a un entramado de software, servicios y redes. De hecho, un producto «inteligente» es una manera eufemística de decir «apto para la rendición-conversión de datos»».

Ahí va:

  • La invisibilidad de la tecnología

Eric Schmidt, en Davos, Suiza, en 2015: «Internet desaparecerá. Habrá tantas direcciones IP, […] tantos dispositivos, tantos sensores, tantas cosas que llevaremos puestas, tantas cosas con las que interactuaremos, que ni las percibiremos. Formarán parte de nuestra presencia en todo momento» Como afirmaba, Mark Weiser en un artículo de 1991, «Las tecnologías que calan más hondo son las que se pierden de vista; su imbricación en la vida diaria es tan íntima que terminan por pasar inadvertidas». Tal y como ha pasado con la televisión cuya omnipresencia cotidiana la ha hecho invisible, está ocurriendo con la red.

  • De la superficie a la profundidad

Los capitalistas de la vigilancia comprendieron que su riqueza futura dependería de la apertura de nuevas rutas de suministro que se prolongaran hasta la vida real en las calles y carreteras, entre los árboles, a lo largo y ancho de las ciudades, nuestros torrentes sanguíneos y nuestras camas, nuestras conversaciones, nuestros desplazamientos, nuestros recorridos de jogging, nuestras neveras, nuestras plazas de aparcamiento, nuestras salas de estar, nuestros televisores… Y nuevas rutas, no solo en la superficie de la realidad, sino también en su profundidad: nuestra personalidad, nuestros estados de ánimo y nuestras emociones, nuestras mentiras y vulnerabilidades: todo nivel de intimidad tiene que ser capturado interviniendo directamente en su fuente para moldearlo. En definitiva, preparar a las máquinas para que intervengan en el estado de la interacción en el mundo real.

Muchas son las expresiones de moda con las que se encubren estas operaciones: computación ambiental, computación ubicua e «internet de las cosas»… Todas comparten una misma idea: la instrumentación, datificación, conexión, comunicación y computación –en todas partes y siempre en marcha– de todas las cosas, animadas e inanimadas y de todos los procesos, sean estos naturales, humanos, fisiológicos, químicos, mecánicos, administrativos, vehiculares o financieros.

Un arquitecto de sistemas senior de Silicon Valley fue quien con mayor claridad lo puso negro sobre blanco: «Un 98% de las cosas que hay en el mundo no están conectadas. Conque vamos a conectarlas. Puede ser un higrómetro de tu jardín o tu hígado. Esa es tu internet de las cosas. El siguiente paso es qué hacemos con los datos. Nosotros los visualizaremos, los interpretaremos y los monetizaremos. Esa es nuestra internet de las cosas

  • De una tecnología que tenemos a una tecnología que nos tiene

Esto supone la metamorfosis de la infraestructura digital, que deja de ser una cosa que tenemos para convertirse en una cosa que nos tiene a nosotros.

Igual que la telemetría, aplicando sensores a los animales, permitía captar su conducta en su hábitat natural sin que el animal se diera cuenta de ello, creyéndose libre, moviéndose libre y descansando libremente, ajeno a la observación científica, los tecnólogos del Media Lab del MIT dirigidos por Joseph Paradiso han ido perfeccionando diferentes dispositivos con la misma intención aplicada a la naturaleza, el hábitat y los seres humanos que la habitamos como si fuéramos rebaños humanos. Sensores que miden y registran la temperatura, la humedad, la condensación, los movimientos ligeros, el viento, los sonidos el flujo de la savia arbórea, los niveles de sustancias químicas, etc. Fibras sensibles flexibles para lograr que la electrónica se integre en toda clase de objetos elásticos o maleables o se adhiera directamente a la piel en forma de tatuajes o de maquillaje, y hasta las uñas y las muñecas se transformen en interfaces computaciones capaces de leer gestos de los dedos, incluso sin mover las manos; cintas y adhesivos sensitivos que pueden adherirse a superficies y materiales de construcción inaccesibles y que pueden ser luego consultados por vía inalámbrica.  Se trata de transformar cualquier espacio físico –desde el interior de un edificio de oficinas hasta una ciudad entera– en un «entorno habilitado para la navegación» y análisis de los datos que millones de sensores y cámaras están ya recogiendo. El concepto de omnisciencia digital postulado por Paradiso se da por sentado, sin casi discusión alguna sobre sus implicaciones para la política, el poder, los mercados o los gobiernos, la autonomía individual, los argumentos morales, las normas y los valores sociales, la privacidad o los derechos de decisión,

La idea es que se informatice todo espacio físico y todo rastro de comportamiento que se produzca en ese espacio: el zumbido de las abejas, la sonrisa de cualquiera de ustedes, las fluctuaciones de temperatura en mi armario, la conversación del desayuno de los vecinos, el rumor de las hojas de los árboles… Un flujo continuo de información, imágenes y sonidos disponibles para búsquedas de un modo muy parecido a como Google agregó en su día las páginas web. Un informe de IBM afirma que «gracias a la internet de las cosas, los activos físicos se están convirtiendo en unos participantes más de los mercados digitales globales en tiempo real. […] Serán tan fáciles de indexar, de buscar en línea, de comprar y de vender como cualquier otra mercancía digital […] Es lo que llamamos licuación del mundo físico».

  • Nada puede quedar fuera

Nada puede quedar fuera. Puesto que el aparato de las cosas conectadas pretende abarcar todo, cualquier comportamiento de un ser humano o de una cosa que esté ausente de esta ofensiva hacia la inclusión universal es oscuro, amenazador, indomable, rebelde, indócil incontrolable. Todo debe iluminarse para poder ser contado y empujado con el resto del rebaño.  «Una oportunidad fenomenal que pudiéramos usar sensores para que todo lo que hay en el mundo pueda convertirse básicamente en un ordenador tanto si hablamos de unas lentes de contacto como de una cama hospitalaria o una línea de ferrocarril», nos dice Ginni Rometty de IBM, que ha invertido en un sistema de computación cognitiva llamada Watson construido para el análisis computacional de todos esos datos. «Como en las transacciones media ahora el concurso de los ordenadores –dice Hal Variannosotros podemos observar comportamientos que antes resultaban inobservables, y podemos redactar contratos sobre ellos». Por ejemplo, los sistemas de monitorización de vehículos: si alguien deja de pagar los recibos mensuales por su coche, «hoy es mucho más fácil enviar sin más una orden al sistema de monitorización del vehículo para que impida el encendido del motor e indique la ubicación para recogerlo con la grúa» o comprobar si los clientes conducen de forma segura y, por lo tanto, decidir si se les renueva o no el seguro. Pueden proporcionar un torrente continuo de datos sobre dónde estamos, adónde vamos, cómo nos comportamos al volante y en qué condiciones tenemos nuestro vehículo; calcular cómo nos sentimos y hasta qué estamos diciendo merced a la integración de la información procedente del panel de instrumentos del coche o incluso de nuestros móviles.  Pueden monitorizar las horas, las ubicaciones y las condiciones del tráfico y de las carreteras; si el conductor acelera con rapidez, si conduce a velocidades elevadas o incluso excesivas, con qué brusquedad frena, con qué rapidez efectúa los giros o incluso si utiliza los intermitentes para efectuarlos procediendo así a una minimización de riesgos para las aseguradoras que ya están considerando implementar estas oportunidades.

  • «Inteligente» quiere decir «recaudador de datos»

Cada vez hay disponibles más objetos de la internet de las cosas, miles y miles de ellos irremediablemente vinculados a un entramado de software, servicios y redes. De hecho, un producto «inteligente» es una manera eufemística de decir «apto para la rendición-conversión de datos», desde botellas de vodka inteligentes hasta termómetros rectales con conexión a internet.

  • Todo empieza por nuestro teléfono

En 2017, diversos competidores pugnaron por un mercado de 14.700 millones de dólares en dispositivos domésticos inteligentes, cuando solo un año antes el volumen de ese mismo mercado ascendía a 6.800 millones y se espera que en 2021 supere los 101.000 millones. Cepillos de dientes, bombillas, tazas, hornos, exprimidores, cubiertos; cámaras de seguridad con reconocimiento facial, localizadores GPS de interior; sensores que se adhieren a cualquier objeto para analizar el movimiento, a temperatura y otras variables… Piel inteligente enfocada a cuestiones de tipo médico, pero muy alabada porque promete una ubicuidad «ultradesapercibida» «La más perfecta herramienta sensitiva que podría posibilitar la implementación masiva de unas redes inalámbricas perpetuas». Puede aplicarse en cualquier sitio con la inadvertida discreción de una «calcomanía». Y esta red se está transformando ya en una red de coerción en la que las funciones más normales y corrientes son secuestradas a cambio de un rescate en forma de excedente conductual. Aunque, la rendición-conversión de nuestro cuerpo empieza sencillamente por nuestro teléfono. Ya saben dónde y cómo localizar nuestros cuerpos. Nuestro teléfono hace las veces de dispositivo de rastreo para la vigilancia corporativa. Nos podemos sentir – nos deberíamos sentir- como si estuviéramos siendo seguidos por nuestro propio teléfono. (Broadcom ha producido un sistema por satélite que puede detectar nuestra ubicación incluso cuando no estamos conectados a ninguna red: hablamos de nuestra ubicación en un edificio, o de cuántos pasos hemos dado, o de cuál es la dirección hacia la que nos encaminamos, o de a qué altitud nos encontramos. Todo ello depende de un solo factor según un vicepresidente de la compañía: «el dispositivo que llevas en la mano».

  • Tecnología ponible, biométrica, de reconocimiento facial

La tecnología ponible del futuro estará habilitada para capturar una amplia gama de datos relacionados con la actividad contextual del usuario, su salud y su estado emocional. Existe ya una nueva generación de wearables. Google ha desarrollado tejidos aptos para la conexión a internet y ha afirmado que pretende introducir hilos inductivos en todas las prendas y tejidos de la Tierra.  De su colaboración con Levi Straus&Co ha nacido ya una «tela vaquera interactiva» que se ha incorporado a una chaqueta que salió al mercado en septiembre de 2017 con sensores que pueden «calar» el tejido y detectar y descifrar gestos tan sutiles como la leve contracción de un dedo.

Lo mismo que multitud de aplicaciones biométricas relacionadas con el seguimiento de la salud a través del móvil. La mayoría de estas aplicaciones toman información y datos privados de los usuarios sin permiso de estos y, por lo general, no revelan al usuario que esa información será enviada a compañías publicitarias.

Por no hablar del enorme desarrollo relacionado con el reconocimiento facial. 2.000 millones de usuarios subiendo 350 millones de fotos mensuales han permitido a Facebook, por ejemplo, desarrollar un sistema que ya podía reconocer rostros en estado natural con un 97’35 de precisión. Lo cual da una idea de las inmensas oportunidades para el entrenamiento de máquinas que se podrá procurar merced a la ingente cantidad de fotos que se le añaden a diario. En 2018, sus máquinas estaban aprendiendo ya a discernir actividades, aficiones, estados de ánimo, miradas, formas de vestir y de caminar, peinados, tipos corporales y posturas.

  • El ámbito de lo doméstico

Los proveedores del internet de las cosas –todos esos productos para el hogar «inteligente», el termostato Nest, el aspirador Roomba, la cama SleepNumber con sensores que miden la calidad del sueño…– han desarrollado  de nuevo un singular enfoque en sus políticas de privacidad: por un lado, recalcan que los clientes pueden registrarse voluntariamente para compartir datos; por el otro, hacen que aquellos clientes que rechacen registrarse se tengan que conformar con una funcionalidad y una seguridad de datos limitada: «hincad la rodilla o degradaremos lo que os habéis comprado». «Que usted nos suministre información a nosotros es una decisión exclusivamente suya. Si decide no suministrar información, nosotros no podremos proporcionarle ciertas funciones, productos o servicios» Pero la realidad es que nadie se lee siquiera uno de dichos «contratos». La eficacia y la seguridad del producto son descaradamente retenidas hasta que los dueños del dispositivo se sometan por conquista a la rendición para los intereses de otros. Hemos visto la premura y el ahínco con que los capitalistas de la vigilancia buscan la eliminación de la «fricción», pues entienden que esa eliminación es un factor crítico para el éxito de sus operaciones de suministro. Ese afán transforma la «conexión» en un imperativo comercial transmuta la autonomía individual en una amenaza. Todo lo que viva y colee debe hacer entrega de su realidad. No hay lugar para sombras, ángulos muertos u oscuros. Lo desconocido es intolerable.

Referencias:

Síntesis completa de La Era del Capitalismo de la Vigilancia ordenada y paginada

La era del capitalismo de la vigilancia en Casa del Libro