Vendido en casi medio millón de euros el mural 'Los ...

 

Bansky “Amor Móvil”, detalle.

La extensión del post anterior excede con mucho el tamaño de píldora intelectual al que estamos ya acostumbrados. Es casi leer. Ya me lo advierte Amanda. Así que antes de abandonar definitivamente a la autora de Alone Together, la volvemos a postear, pero digerida.

Pone de manifiesto Turkle, en primer lugar, cómo la alabanza tecnológica conlleva premio y la crítica, cualquier crítica, te sitúa en las sombras del aislamiento social. Hay una resistencia fuerte a hablar de los costes que la omnipresencia tecnológica conlleva frente al entusiasmo generalizado que su eficacia provoca. Sin embargo, no se trata de hablar para encontrar un equilibrio equidistante en el que no te acusen de demonizar….Tenemos que quedarnos con lo bueno, pero es imprescindible criticar lo negativo.

El sentido de su nuevo libro, Alone Together, es hacer una reflexión que nos ayude a pensar en cómo utilizar la tecnología desde la libertad de tenerla controlada en vez de desde la fragilidad de nuestras pulsiones, la presión social y el marketing que provocan finalmente que sea ella quien nos controle. No es Sherry Turkle la que ha cambiado de su primer libro al segundo, sino que es la situación creada por la absoluta omnipresencia tecnológica, sus características y nuestra propia fragilidad, lo que ha configurado una serie de daños colaterales que habría que evitar haciendo simplemente algunas correcciones que nazcan precisamente de esa reflexión. Unas correcciones para las que estamos a tiempo porque, a pesar de que parezca a veces lo contrario, hace solo cuatro días que convivimos con estos dispositivos: estamos sólo al comienzo y es en el comienzo cuando se pueden hacer cambios para los que luego quizá sea demasiado tarde.

Para Turkle, el punto de inflexión que hizo que se encendiera una luz roja respecto de lo que estaba pasando fue el cambio de relación entre una tecnología a la que tenías que acudir, utilizar y abandonar –el clásico ordenador de los ochenta– a una tecnología que nunca nos abandona sino que forma parte constante de nuestra vida cotidiana. Una tecnología «móvil, transportable, que está siempre encima y siempre activa con nosotros y que acabaría posibilitando que pudiéramos abandonar nuestra vida física, nuestra realidad física a todas horas». Una tecnología creada para mejorar nuestras relaciones y que, sin embargo, por su carácter absorbente y su potencial referencial, acaba suponiendo una huída de la relación física para sustituirla por una relación virtual que acaba por ser más deseable y más atractiva que la real pero siempre un simulacro de ella.

Una tecnología que nos distrae constantemente del presente y de las presencias que lo constituyen compitiendo por nuestra atención y haciendo de la distracción todo un ambiente. La presencia relevante ya no es la de la realidad o las personas, sino la del dispositivo que mediante la repetición constante de pequeños gestos se introduce en nuestra vida cotidiana hasta que, sin darnos cuenta, se convierte en imprescindible generando incluso, su falta, la ansiedad de la abstinencia. El dispositivo que no es más que un instrumento mediador para estar más atentos a los demás, se convierte en el elemento central de nuestra atención llegando a desplazar a los demás. Nos seduce su forma de interactuar hasta hacer que dejemos de prestarnos atención unos a otros para centrarnos en la atención a nuestros dispositivos.

Lo que antes era la molestia de la disponibilidad permanente que sólo tenían que soportar los médicos como una carga, se ha convertido en una necesidad siempre insatisfecha para todos nosotros y en un signo de prestigio social.

Y esa sensación de estar siempre conectado, disponible, presente sin presencia, nos ofrece «la ilusión de la compañía sin las exigencias de la amistad… Nos ofrece que podamos obtener lo suficiente los unos de los otros si y solo si podemos tenernos los unos a los otros a distancia y en cantidades que podamos controlar». Nos permite una relación light, superficial, desustanciada, de estar sin estar del todo, estar constantemente conectados y a la vez permanentemente escondidos los unos de los otros. Y eso nos gusta. Porque al no ser real del todo, desdramatiza, aligerándola, la densidad de las relaciones humanas verdaderas. La gente huye de la relación cara a cara e incluso del teléfono porque no quieren«el compromiso de un tiempo de conversación real.» Es tan sencilla y accesible la comunicación digital en la que todo está bajo control que huimos de la inseguridad de la comunicación cara a cara o de la conversación telefónica en la que nos podrían delatar nuestros gestos o las inflexiones de nuestra voz.

La adquisición de habilidades sociales –es decir, de capacidades de relación en el contacto visual, auditivo, físico, que nos obliga a exponernos ante los demás– era una de las muestras de madurez que ahora está en crisis porque hemos encontrado el subterfugio de la relación on line del texting y de la red social en los que podemos componer nuestro yo a voluntad, una composición para el consumo de los demás, no para el contacto verdadero con ellos. Una simplificación de la verdadera complejidad del toma y daca de las relaciones verdaderas.

Sin embargo, esa sensación cierta de control y el bienestar de las recompensas que nos proporciona nos llevan paradójicamente a un estado de hipercomunicación que nos prestigia –medimos nuestro éxito por la cantidad de mensajes y llamadas que tenemos que atender– pero también nos esclaviza, nos sobrepasa, exige toda nuestra atención, todo a la vez. No importa con quien estemos, lo importante siempre será atender la llamada que recibamos.

Nos acostumbramos al modo corto del tweet, del wasap, del texteo, y renunciamos al esfuerzo del modo largo imprescindible, sin embargo, para atender la complejidad de nuestras relaciones.

«Construimos nuestras tecnologías y nuestras tecnologías nos moldean», cambian esencialmente nuestro modo de ser y de relacionarnos. Por ejemplo: hemos pasado sin darnos cuenta del “Tengo un sentimiento, quiero hacer una llamada para compartirlo” al “Quiero tener un sentimiento, necesito enviar un mensaje que me lo genere” en el que la tecnología es la creadora de nuestros sentimientos. El zumbido y las pequeñas alarmas de nuestro móvil, nos indican que alguien nos quiere verdaderamente o no y estamos siempre deseando sentirlos. No soportamos el silencio de nuestro dispositivo que nos produce una sensación de pesada soledad.

La presencia y la atención son un valor educativo a cultivar precisamente porque la tecnología los ha puesto en crisis; tanto en lo que se refiere a los educadores como a los educandos: es preciso recuperar y profundizar en el estar físicamente con ellos y dedicarles atención; enseñarles a estar presentes unos con otros para desarrollar las habilidades sociales necesarias para una relación plena y entrenarles en el cultivo de la atención y la concentración imprescindibles para el aprendizaje y la vida interior.

«En Japón, los robots están entrando en las residencias y en los objetos diseñados para los mayores» La tecnología en vez de humanizarnos está tomando forma humana para sustituirnos como placebo. Aunque hay mucha gente a la que esto no le preocupa, es realmente preocupante que aceptemos tan rápido las sustituciones de lo genuinamente humano por sus imitaciones tecnológicas en las que ponemos toda nuestra confianza.

¿Qué tal, Amanda? ¿Ha salido todavía un poco largo?