Elvira me proporciona de vez en cuando enlaces a Intramed, una web que distribuye entre los médicos artículos y noticias en torno a muy variados temas relacionados con la salud.

Entre ellos selecciono tres que reseñan estudios en torno a los efectos de la televisión, la pantalla de las pantallas que taponada por el fenómeno de internet y la telefonía móvil ya no preocupa educativamente a nadie. Casi podríamos decir que la noticia está más en que todavía se sigan haciendo estudios como estos porque la realidad es que a nadie le importan.

A nosotros sí porque, se diga lo que se diga, la tele sigue siendo la reina de las pantallas que incrustada sólidamente en el corazón de los hogares y, desde hace algún tiempo, en los bolsillos, continúa como la principal creadora de valores porque sigue siendo la principal creadora de contenidos en diferentes formatos, independientemente del soporte o dispositivo a través del cual accedamos a ella y porque, aunque ya no se comenta, continúa el aumento temporal de su consumo año tras año. En casi el cien por cien de las familias españolas, uno, dos, tres o más televisores constituyen el principal medio de información y de ocio e introducen cada día y cada noche, cada prime time y en cada hogar el material simbólico, los hábitos y las actitudes que forman después el sustrato del pensamiento ideológico de las charlas de adultos, el comportamiento y las modas de los adolescentes y de cada vez más niños provocando, en fin, una enorme cantidad de problemas de aprendizaje.

El primer estudio analiza de qué modo influye el control parental en el uso de la televisión en el rendimiento escolar y en la relación de los niños con sus iguales.

Apoyándose en estudios anteriores que señalaban que, sin contar las horas de sueño, los niños pasan más tiempo ante la pantalla de la televisión y de los videojuegos que haciendo cualquier otra cosa, estudiaron una muestra amplia de chavales concluyendo que:

1. Los efectos del control de los padres sobre la tele –como toda actuación educativa– en un principio no se notan, pero se acumulan en el tiempo y acaban siendo claramente observables.

Es decir, intervenir en qué, cuándo y cuánto ven la televisión nuestros hijos es una carrera a medio largo plazo que merece la pena mantener porque da resultados.

2. Los padres que imponen un límite al tiempo que sus hijos miran la TV, que controlan lo que miran y conversan sobre el contenido de los programas  que ven logran que sus hijos duerman más, tengan un mejor rendimiento escolar y sean menos agresivos con sus iguales. Es decir, a pesar de las protestas de los hijos que se quejan de nuestras intervenciones y del esfuerzo que nos pueda suponer en ocasiones, el coste es mucho menor que las consecuencias positivas que se alcanzan.

3. No basta con estar con ellos mirando la televisión porque si no hay un filtro crítico a través del diálogo, el efecto negativo se magnifica al pensar los niños que la presencia silenciosa de los padres sanciona como bueno lo que aparece en la tele. Es cierto que sólo estar es mejor que nada porque nuestra sola presencia establece un triángulo que destruye el monólogo interior entre el flujo de la televisión y el espectador solitario, pero también es verdad que es precisa para que sea eficaz una presencia activa en la que, sin complejos, expresemos nuestras convicciones frente a las de los guionistas del programa de turno. La mayor parte de las veces no hace falta hablar, bastan nuestros gestos que ellos observan con el rabillo del ojo; otras veces será un comentario al vuelo; otras valdrá la pena debatir las imágenes una vez consumidas, e incluso en ocasiones, valdrá la pena cortar y dejar de consumirlas.

El segundo estudio, muy brevemente resumido, advierte de que los niños aprenden sobre todo de la interactuación lingüística con sus padres y señala que la televisión interfiere en el desarrollo lingüístico de los niños por el simple hecho de que el ruido de la distracción generado por la televisión provoca el silencio y la falta de diálogo de los que la miran. Sin comentarios. Sólo señalar que a ese flujo generado por la reina de las pantallas se han ido sumando muchas otras tanto o más absorbentes que ella, como los móviles.

Y, para terminar, el tercero se refiere a la demostrada influencia de la televisión en el desarrollo de los variados Trastornos de Déficit de Atención también por un hecho muy simple y fácil de entender: la atención se entrena mediante la repetición del esfuerzo de concentración que exigen las operaciones de aprendizaje como la contemplación, la escucha, la lectura, la expresión oral y escrita… sin más estímulo que la realidad contemplada o el lenguaje mismo. Y la tele –todas las pantallas, pero la tele, insisto, es la reina de las pantallas– proporciona muchos más estímulos extra para atraer nuestra atención que la propia realidad cotidiana. Estímulos a los que nos acostumbramos rápidamente desde pequeños y sin los que luego, somos incapaces de concentrarnos. La quietud del aula, el silencio del paisaje, la monotonía de la letra impresa, el transcurrir normalmente tranquilo de la vida no pueden competir con la acumulación de acontecimientos, luces, sonidos, colores chillones y continuos del espectáculo televisivo que nos da todo sin exigir de nosotros esfuerzo alguno.

No hay nada nuevo. Son obviedades que hemos comentado aquí muchas veces, problemas comunes a las tecnologías de la comunicación y el entretenimiento cuyo soporte es una pantalla y que no han hecho sino agudizar lo que la televisión empezó, pero bienvenidos sean los estudios que confirman las hipótesis del sentido común.

La tele sigue ahí, a pesar de Internet. Más invisible que nunca porque ahora ni siquiera pensamos en ella aunque la veamos, sin embargo, cada vez más.