Acabo de leerme por puro placer la sentencia de condena al mediático juez Garzón. Por el puro placer ­no se me escandalicen sus partidarios­ de leer. El placer de conocer de primera mano y simplemente el placer de descodificar un texto bien codificado. Ambos placeres cada vez más escasos. 
El primero, el de conocer de primera mano está hoy más a nuestro alcance que nunca, pero lo disfrutamos poco porque siempre es más fácil tragar la papilla digerida por otros. 
El segundo, la lectura de un buen texto no literario, escasea cada vez más. Por eso en este medioambiente simbólico traidor al lenguaje y fiel servidor de las imágenes, me ha sorprendido leer un texto verbalmente tan bien construido, tan ordenado como el lenguaje jurídico de esta sentencia. 
No es fácil encontrarse con textos no literarios que proporcionen tanto placer puramente verbal.Entre tanta cháchara sin sentido de los mentideros llamados tertulias, tanto griterío desaforado de los talk shows, tanta pobreza en las conversaciones cotidianas, tanta verborrea inútil en el medioambiente simbólico…, el lenguaje jurídico es un bálsamo para el corazón y la cabeza: esa sintaxis ordenada, esa precisión en los términos, esa música en la duración de los periodos, esa elegancia eficaz de sus oraciones, la ligazón de las proposiciones subordinadas que una tras otra se suceden hasta conducirte al final feliz del verbo principal que las dota de sentido, esos sustantivos precisos, exactos, llenos de contenido, esas expresiones de paso y trámite que unen los párrafos construyendo pensamiento ordenado,… Ya digo: un bálsamo.
Sé de alguno que en el baño, tiene al alcance de la mano, revistillas de fin de semana, comics o incluso mapas para acompañar esos minutos de soledad a la que nos obliga nuestra fisiología. Yo, después de leer esta, me voy a hacer con un taco de sentencias judiciales.