La web Consumer trae un breve artículo relacionado con la seguridad de los datos en la red. La tendencia actual va en la línea de sacar todos nuestros datos de la “relativa seguridad” de nuestro disco duro para alojarlos en empresas y servidores de la red para poder acceder a ellos ―, es decir, a nosotros mismos­― desde cualquier lugar o desde cualquier máquina. Los ciberdelincuentes ya no tienen necesidad de huronear en nuestro disco duro, ahora es la nube donde centran todos sus esfuerzos.
 ¿Están seguros nuestros datos en la nube? se pregunta Jordi Sabaté  en el artículo. Los expertos contestan cosas tan de sentido común como que el crecimiento del número de datos en la red dificulta cada vez más la seguridad; que esta enorme cantidad de datos son una golosina para los delincuentes; que cada vez son más los servicios que han tenido agujeros de seguridad ―Android, Dropbox, Facebook, Sony…―; que este crecimiento exponencial de la red conduce a nuestra época a convertirse en La era dorada para robar cualquier cosa.

Y es que, cada vez más, allí está todo y allí estamos todos, aunque nos parezca mentira. Quiero decir que «sabemos» que estamos todos y está todo, pero no «sentimos» que sea así. Actuamos conociendo que asomarnos a la nube es salir fuera, pero vivimos la seguridad y la certeza del interior del ámbito doméstico y la soledad y privacidad del rincón donde manejamos nuestro ordenador. Nuestra conciencia percibe la virtualidad de la nube como algo no sólo inexplicable, sino, en el fondo, inexistente. Como siempre es más fuerte el corazón que la razón.

Años y años de televisión y de radio nos han acostumbrado a dejar entrar en casa datos, imágenes y sonidos, protegidos siempre por la materialidad del aparato receptor, una frontera que nos permite acceder a realidades de las que no formamos parte y que aparecen y desaparecen con el click del interruptor. El teléfono nos pone en una situación de contacto en tiempo real haciéndonos formar parte activa de la comunicación, pero el interruptor nos mantiene todavía a salvo. La comunicación dura lo que dura. Cuando termina, deja de existir.

Cuando navegamos, en cambio, no sólo estamos allí mientras estamos, sino que cada vez que abrimos nuestro navegador, construimos nuestro perfil e inundamos de huellas y de datos personales una nube que cuando lo cerramos, continúan existiendo sin nosotros a disposición de los demás.

Ya no estamos en casa. Cada vez estamos más gente, más tiempo y más sólidamente construidos fuera de nosotros mismos… en el aire, en la nube. Si no se pueden poner puertas al campo ¿que podremos hacer con el vapor de bits de la red?