piratería

Enrique Dans, siempre en su línea del ultraciberoptimismo,  defiende en su blog  que el mercado es quien manda en eso de los derechos de autor. Quería ver una peli. Hubiera querido verla en el cine que es como le gusta ver pelis. Pero desde su estreno en EEUU tendría que esperar –cosas del doblaje y de la distribución mal planificadas- sesenta y cinco días para poder hacerlo. Y eso sí que no. «¿De verdad alguien en su sano juicio pretende que espere sesenta y cinco días para ver ese producto, cuando tengo una alternativa a un clic de distancia?» Así que nada, a la Internet a piratear  y eso sí: nada de cutreces mal grabadas en el cine por mafias de dudosa moralidad «que pretenden lucrarse con la propiedad intelectual de un tercero sin repercutir nada a ese tercero», sino en versión original y en perfecta calidad, filtrada por alguien que ha tenido el detalle de ofrecerla copiada en Pirate Bay «privando a su creador de unos ingresos que se merecía, privando a las salas de cine de unos ingresos que podían haberse merecido, y a la salud de quien tuvo el buen detalle de filtrar una versión decente a las redes P2P». Es decir, pasándome por el forro la propiedad intelectual del mismo modo que el pirata que la graba en el cine.  ¿Por qué? Porque los que la venden lo hacen muy mal, porque me da la gana y sobre todo porque puedo hacerlo. Lo que se puede hacer, se hace y punto. Y hoy el querer se convierte en un poder con un solo clic.

Muy distinta visión la del amigo Pérez Reverte que, desde el otro lado de la barrera, la de los autores pirateados a los que se priva de sus ingresos,  porque se obstinan también en hacerlo mal y siguen –estúpidos– queriendo vender sus novelas en papel, en las librerías o en libros electrónicos legales en las librerías-web. «El otro día –dice– un bobo escribió algo que me tiene caliente: “La cultura debe ser de acceso libre y gratuita”. Citando a Javier Marías, pone en cifras el esfuerzo y la remuneración de un escritor cuando hace su trabajo inventando un producto costosísimo de producir y sin seguridad ninguna de éxito y ventas: « Dos años de esfuerzo en una novela obtienen a cambio el 10% sobre su precio. Si la novela se vende a 20 euros, el beneficio para el autor son 2 euros por cada libro: 10.000 ejemplares vendidos supondrán 20.000 euros de salario por dos años de trabajo.En cuanto al libro electrónico legal, si el precio es de 8 euros, el beneficio para el autor será de 0,80 euros. Eso significa que cada lector que baje por la patilla esa novela de la red le estará robando a Javier, a mí, a quien se dedique a esto, entre 0,80 y 2 euros, según el soporte. Lo que significa que 5.000 lectores piratas, a cambio de libros gratis que quizás ni lean, habrán robado al autor entre 4.000 y 10.000 euros. Sin contar el daño hecho a editores y libreros, y a quienes para ellos trabajan. Porque no hablamos sólo de autores, sino de toda una compleja industria y de los miles de personas, empleados y sus familias, que viven de ella».

Según Dans, la cosa está clara: así son las cosas y así se las hemos contado. Se ha creado un nuevo entorno en el que la propiedad intelectual tiene que cambiar de concepto: debe ser propiedad sí, pero no (¿?). Si el aire que respiramos es gratis, a ver quién es el guapo que le pone precio. Si la tecnología lo permite, ¿quién soy yo para ponerle límites legales o morales?. Lo que se puede, se hace, que para eso se puede. Para Reverte, en cambio, esa facilidad del gesto, del clic, de la posibilidad tecnológica es la imposibilidad de la creación… remunerada. «Si este trabajo lo quieres gratis, que lo haga tu puta madre.» dice que dirán los creadores.

Y mientras, los usuarios, como en todo lo relativo a la tecnología, seguimos haciendo clics alegres, contentos e inconscientes de que, a lo peor, un día no tendremos nada que cliquear.

Referencias:

Ese fulano (quizás usted) me roba, Pérez Reverte en XLSemanal

 

Post de Enrique Dans