El ruido mediático sigue con interés la silenciosa reunión de los cardenales en la Capilla Sixtina.
 
Se destaca con mucho énfasis el contraste de la añeja liturgia católica de la chimenea y sus señales de humo con el medioambiente tecnológico de la comunicación inmediata en el que hoy supuestamente vivimos. Los pobres clérigos estarán encerrados sin comunicación con el exterior, sin ordenadores, sin móviles, sin televisión, sin ni siquiera un pequeño transistor que llevarse al oído.
 
Terrible situación la de este grupo de seres humanos que no podrán durante unas horas o unos días, según sople el Espíritu,  acceder a Internet con sus portátiles, sin poder actualizar su cuenta de Facebook con alguna foto simpática de la capilla o de los descansos entre pasillos, sin tuitear como posesos si en ese momento están en el baño o se dirigen a su asiento capitular; se van a perder la repetición del último salto de Falete a la piscina del Splash; tampoco van a poder ver el último de los Harlem Shake que algún descerebrado haya subido a YouTube; no podrán siquiera escuchar a los expertos tertulianos de este o aquel debate televisivo o tertulia radiofónica que en este preciso momento están explicándoles a quien van a votar y por qué, ni leer las autorizadas firmas periodísticas que elucubran sobre los más adecuados papables, ni -lo que es muy grave- no podrán conocer las convicciones de la opinión pública sobre el Papa más idóneo para la modernidad expresadas en las últimas encuestas  con o en las cuatro opiniones personales captadas por el audaz reportero de turno metiendo el micrófono en la boca  a pie de calle.  
 
Pobres. Van a estar aislados, incomunicados, lejos del mundanal ruido. Quizás se vean abocados al silencio o incluso a la oración o a lo mejor hasta a leer algunas páginas de un libro espiritual. En todo caso, indigentes mediáticos, no tendrán más remedio que afrontar esa dura tarea de pensar por sí mismos.
 
Pobres.