Al comienzo del libro de Maryanne Wolf, Lector vuelve a casa hay una cita magnífica en torno al debate sobre la lectura digital:

«La cuestión no es qué será de los libros en un mundo de lectura electrónica. La cuestión es qué será de los lectores que hemos sido».

Me recuerda a la reflexión que se atribuye a Stanley Kubrick de que, en una cultura digital, más que preocuparnos de que el ordenador pueda acabar siendo como nosotros, lo que nos debería preocupar es que seamos nosotros los que acabemos convirtiéndonos en un ordenador. Ambas hacen referencia a la incidencia de la tecnología en nuestra vida, en nuestros hábitos, en nuestra mentalidad, en nuestra forma de ver el mundo, en nuestra forma de relacionarnos, en nuestra forma de leer…

Wolf nos recuerda algo fundamental para iniciar cabalmente una reflexión sobre la lectura y la tecnología: «Leer no es algo natural» que tengamos impreso en nuestros genes. Aprendemos a hablar porque tenemos una genética lingüística que nos permite extraer del entorno de manera automática y sin esfuerzo los elementos del habla. Antes de que percibamos algún indicio de que el bebé pueda estar escuchándonos, el niño hace increíbles conexiones escuchando voces humanas y desarrollando su sistema de lenguaje. Pero, en cambio, no llegará nunca por sí solo a la lectura. Tiene que aprender a leer. Y ese aprendizaje –infantil y también adulto– está condicionado por factores ambientales como lo que lee (tanto el particular sistema de escritura como el contenido), cómo lo lee (el soporte específico, como el papel impreso o la pantalla) y cómo aprende a leer (métodos de instrucción).

Para que lea, tocar el libro
Una de las características que sustenta la primera experiencia de lectura es su dimensión física en donde comienza la separación entre el soporte digital y el libro impreso. Poner un libro en las manos del niño desde la primera infancia es hacer que lo vea, lo manipule, lo huela, lo sienta e incluso lo rompa. Y cada vez que el niño, ve, toca y manosea los libros, el cerebro joven está estableciendo re-presentaciones. Acciones como pasar la página o sentir el material con nuestras manos son una experiencia multisensorial que aumenta nuestra inmersión cognitiva, afectiva y emocional en el contenido. Nos pasa también a los adultos. «A los libros –dice Antonio Lucas– se llega también por la vista, por el tacto, incluso por el olfato. Antes de leerlos hay con ellos una relación muy física. […] El vínculo empieza por los ojos y se abre paso hasta las manos. Es parte del descubrimiento». (EL Mundo, 16 de enero 2022).

¿Y a qué huele el dispositivo electrónico? Toda esta experiencia física no sucede con la pantalla carente de regazo. Carente de presencia, la cosa-libro se convierte en una no-cosa, como diría Byung-Hul Chan. El libro digital es un soporte frío frente a la calidez biológica del papel. Como Piper escribió: «La página digital… es un fake. No hay realidad ahí». Frente a la presencia del libro, la distancia plana y artificial de la pantalla.

Para que lea, leerle
Cuando hablas con tus hijos, les expones a palabras que siempre están a su alrededor. Estupendo. Pero cuando les lees, nos dice Marianne Wolf, los expones a palabras que nunca han oído en ningún otro lugar y a frases que nadie de su entorno utiliza y que jamás escucharían en otro contexto: ningún padre dice frases con tantos adjetivos descriptivos, frases preposicionales y subordinadas, y, mucho menos, con palabras como ‘encantado’, ‘maldito’ o ‘en vano’. De forma automática empiezas a hablar de un modo más claro y más intencional; la modulación prosódica o melódica de tu voz ayuda a transmitir al niño los significados de las palabras; les expones a un vocabulario, a la gramática de las historias, al ritmo y la aliteración de rimas y poemas, cuando los haya. Sin saberlo, estás acelerando sin ningún esfuerzo el desarrollo de muchas de las partes más importantes del circuito lector.

Los niños se obsesionarán con cualquier cosa que capte su atención, y pocos captadores de atención hay más efectivos que las pantallas que se mueven, zumban y bañan sus sentidos absorbiéndoles completamente del entorno. Antes de que eso ocurra, es esencial la presencia, la interacción humana y sus asociaciones con el tacto y el sonido; el desarrollo de una atención compartida a través de una mirada compartida. Los libros físicos –no las aplicaciones o los libros electrónicos– son la mejor base para desarrollar la lectura dialógica, en la que padres e hijos forman una suerte de bucle de comunicación interactiva.

Sin embargo, según una reciente encuesta efectuada por Common Sense Media, hay una evidencia preocupante de que, en la última década, los padres han empezado a leer menos a sus hijos e investigaciones recientes (Joe Frost) muestran que el radio de actividad de los niños se ha reducido un 90 por ciento desde 1970 cercados por la omnipresencia de las pantallas.

¿Piedra, papel o pantalla?
El soporte no es una tecnología neutra ―ninguna lo es― sino que condiciona un tipo de relación distinta con la lectura. Para Pérez Reverte, la omnipresencia de las pantallas y su vinculación con la imagen, con lo concreto, conspira contra el esfuerzo, la personalización, la concentración y la abstracción del ascetismo solitario y unívoco de las grafías negras sobre fondo blanco que te lo exigen todo, que no dan nada a cambio salvo la recompensa de leer.

Es, también, una cuestión de eficacia. En un metaanálisis de 165 estudios efectuados entre enero de 2000 y mayo de 2017 que comparaban la influencia que tiene el soporte del texto sobre la comprensión y el recuerdo de la información, se seleccionaron 54 en los que habían participado en total más de 170.000 personas y el promedio de todos los resultados revela que con la lectura en papel de un texto se obtienen mejores resultados de comprensión que si se lee el mismo con­te­nido en formato digital.

Desde 2001 hasta 2017, esa desventaja ha ido en aumento. Cuanto más recientes son las investigaciones, mayor es el efecto negativo del medio digital sobre la comprensión y el recuerdo de la información. Dicho de otro modo, cuanta más experiencia tienen las personas con las herramientas digitales, porque han accedido a ellas a edades más tempranas y las utilizan en situaciones variadas, peor es su capacidad para comprender textos en pantalla. Cuanto más contacto tenemos con el medio digital, menor resulta nuestra capacidad para concentrarnos y dedicar esfuerzos cognitivos en ese medio.

La rebelión del papel
Termino con Sebastian Foer que, en Un Mundo Sin Ideas, ve en la lectura en papel un refugio y una rebelión contra la «transparencia» que plantean las grandes corporaciones que no es otra cosa que hacernos transparentes a los usuarios mientras ellas se hacen cada vez más opacas y poderosas.

Leer en la red –nos dice– es una actividad frenética, comprimida, azarosa y no siempre asimilada. Es una conversación interminable, estimulante y agotadora.  Y el Kindle puede amortiguar el ruido, pero sigue sin proporcionar un estado de aislamiento. Amazon nos mira por encima del hombro, rastrea cada movimiento a través de sus libros electrónicos, rastrea los pasajes que subrayamos, nos vigila para reconstruir nuestro perfil. No estamos solos. La pantalla es una simulación efectiva de un libro, pero no deja de ser una simulación.

Volver a la página real, a ese material fibroso que puedes frotar entre tus dedos, en nuestros lugares de refugio, es recuperar una lectura en solitario libre de vigilancia, es recuperar la intimidad necesaria para un ejercicio libre de nuestra actividad intelectual. La lectura en papel es nuestra vía de escape de un sistema cada vez más invasor.

Es el lugar de la contemplación y del silencio, más allá de los monopolios, donde no dejamos un rastro de datos, donde no nos siguen la pista. Donde –repetimos– nadie nos mira por encima del hombro.

Quieren que lo hagamos todo ALLÍ, en esa plaza pública que es la red desde la engañosa privacidad de nuestro dispositivo. Y, en efecto, el papel –todavía– opone su materialidad al fisgoneo total de los que nos vigilan. Papel y silencio. El libro, tú y nadie más.

Referencias

 Wolf, Maryanne, Lector, Vuelve a Casa, Deusto, Barcelona, 2020, reseña.

 La lectura digital en desventaja, Revista Mente y Cerebro

Un mundo sin Ideas, Sebastian Foer, en el blog

 Lectura VS Lectura, en el blog

El papel del papel, en el blog