Desde hace años sostengo que el dominio de la palabra es imprescindible para la libertad, para la plenitud, para vivir intensa y emocionalmente vivo. La palabra es el reino del pensamiento, de la actividad, de la comprensión racional y del análisis con el que nos apropiamos del mundo para poder habitarlo con lucidez y coherencia. Incluso del pensamiento emocionado y sutil cuándo el lenguaje busca lo esencial en el más difícil todavía de lo poético.

Sin embargo, vivimos en un Medioambiente simbólico en el que predomina y nos ciega la luz de los sonidos y las imágenes. Nos gusta más lo sensacional que lo sensato. El personaje más que la persona. La máscara más que el rostro. El espejismo, más que la realidad. Vemos morir en vivo y en directo y ya no distinguimos a los especialistas del cine -también llamados extras– y a los muertos. Vivimos en un mundo de emociones en el que cada vez es más difícil emocionarnos. Emocionalmente abotargados y con el pensamiento débil postmoderno. Somos espectadores pasivos y no actores. No vivimos la vida, sino que la contemplamos como un espectáculo vivido por los otros.

Nos hablan de inteligencia emocional, precisamente ahora cuando lo emocional devora el intelecto. Insisto: siento con todo mi corazón que la mejor manera de educar nuestras emociones es el cultivo de la herramienta que nos ayuda a manejarlas con inteligencia: el verbo, la palabra.

Pasen y lean. Y usen las pantallas, pero no las consuman o serán consumidos por ellas.