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A los colegios están empezando a llegar las remesas de portátiles para que los chavales trabajen en el aula cada uno con su ordenador personal.

La imagen de Bill Gates hablando en conferencia audiovisual desde su feudo con la Consejera educativa de la pequeña Comunidad acompañada de unos cuantos chavales en un lejano pueblo rural, no es sino publicidad pura y dura tanto para Bill Gates, que vende ordenadores, como para la Consejera, que se vende a sí misma. Los medios, siempre tan solícitos como portavoces del poder oficial, nos trasladan la foto que ambos, vendedor y política, han montado para ellos. Por supuesto que en la foto, los dos están contentos. Muy contentos. De verse y de que les vean. De vender y de venderse.

Pero ¿por qué están tan contentos todos los demás?

Todo el mundo sonríe. En el Consejo Escolar una madre, cuyo hijo acaba de pasar de curso empezando la secundaria y al que, por tanto, no le va a llegar su ordenador, se lamenta con envidia: «¡Qué mala suerte! Y es que mi pobre hijo siempre llega tarde a todo». Realmente dolida mientras sonríe, parece dispuesta incluso a hacer repetir a su hijo para que pueda acceder a su correspondiente ordenador.

La directora del Colegio anuncia satisfecha al claustro que el centro ha sido incluido en el reparto de ordenadores. La Directora sonríe. El claustro de profesores asiente igualmente complacido, aunque, en el fondo, a todos ―incluida la directora― les pasa como a la madre anterior, pero en este caso pensando que son ellos los que han llegado tarde. «¿Por qué no tuvimos nosotros tanta suerte cuando íbamos al colegio?» se preguntan con sonrisa sincera.

Los chavales llegan corriendo a casa para contar excitados que ya han entrado los portátiles en clase. Sus padres lo exhiben en la oficina, con orgullo. Y, por supuesto, los medios de comunicación vuelven a su papel publicitario y amplificador habitual dando cuenta de la llegada de esas primeras máquinas con esa musiquilla en el tono de voz, ese lenguaje en letra impresa del titular o esa sonrisa del busto parlante del telediario que sólo utilizan para las buenas noticias relacionadas con eso que se ha dado en llamar «la introducción de las nuevas tecnologías en la escuela».

Todos contentos. Todos sonrientes. Aunque ninguno sepa exactamente por qué ríe.

Yo tampoco lo sé. Si alguno de ustedes tiene idea, díganmelo.

Mientras, prometo otro post en el que intentaremos profundizar en ello, déjenme acabar este con una cita de Neil Postman en su imprescindible Divertirse hasta morir: Decía el profesor que los educadores a lo mejor eran conscientes de los efectos de las pantallas en sus alumnos pero que, sin embargo se plantean una y otra vez cómo pueden usarlas para cambiar la educación en vez de formularse la pregunta de cómo pueden utilizar la educación para cambiar y controlar las pantallas. Y, finalmente, añadía: «Lo que sugiero aquí como solución es lo que también sugirió Aldous Huxley, y yo no puedo mejorarlo. El creía, al igual que H.G.Wells, que estamos inmersos en una carrera entre la educación y el desastre. […] Intentaba decirnos que lo que afligía a la gente de Un mundo feliz no era que estaban riendo en lugar de pensar, sino que no sabían de qué se reían y por qué habían dejado de pensar».

Usen las pantallas, no las consuman o serán consumidos por ellas.