La Wiki nos explica que la nomofobia es el miedo irracional a salir de casa sin el teléfono móvil y que fue un neologismo necesario acuñado en el año 2011 por la Oficina de Correos del Reino Unido al realizar un estudio sobre la ansiedad que sufren los usuarios de los móviles cuando por cualquier causa no los tienen disponibles.

Los síntomas de este trastorno son sensación de ansiedad, taquicardias, pensamientos obsesivos, dolor de cabeza y dolor de estómago. Una ansiedad con un nivel de estrés equiparable a los nervios que se tienen antes de la boda, un examen o la visita al dentista.

Según los expertos, el nomofóbico suele ser una persona insegura y de baja autoestima. Las mujeres son quienes más la padecen, dado que su estructura cerebral les procura una mayor necesidad comunicativa y necesidad afectiva que a los varones. En cuanto a la edad, la nomofobia suele darse en mayor medida en adolescentes.
En otro estudio de este mismo año este padecimiento que ya se ve en las consultas de los psicólogos, subió del 53 al 66 por ciento entre los usuarios ingleses.

A pesar de las encuestas, este tipo de fenómenos sociales no son preocupantes excepto si se convierten en una patología extrema en algunos individuos ya predispuestos por su fragilidad psicológica.

Sin embargo, el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, dependiente de la FAD ( Fundación de Ayuda contra la Drogadicción), acaba de publicar los resultados de un estudio amplio y serio financiado por Telefónica y el Banco de Santander en el que, de nuevo, se concluyen verdades de Perogrullo, pero formuladas de manera bastante interesante.

Se afirma, por ejemplo que « para los jóvenes españoles (16-26 años) la comunicación a través de las redes se ha convertido en fundamental. Admiten que sin las TICS se sentirían aislados, incomunicados, incompletos y que no sabrían cómo rellenar rutinas, cómo integrarse o cómo socializar». Prueba conseguida. Ya se ha comprobado que las redes sociales y más que ellas el contacto tecnosocial, se han convertido en un vehículo socializador de primer nivel, imprescindible según la percepción juvenil: « Los jóvenes que no usan o no frecuentan las redes sociales sienten que están en riesgo claro de exclusión y marginación por parte de su grupo de iguales ya que o todo pasa en las redes sociales, o las cosas que pasan fuera se gestionan y preparan en ellas. Quien no participa de esta dinámica relacional es considerado “raro” o “independiente”.» Es lo que faltaba que les dijeran a los papás y mamás: “¿Mi hijo va a ser el rarito de la clase que no está en Tuenti? ¡De eso nada, monada!” Recuerden que esto ya pasaba con la televisión: “¿Cómo voy a dejar a mi hijo aislado en el patio sin saber qué decir sobre la última horterada de la tele porque no la ha visto como todos los demás?”

Es lo de siempre. El que no sale en la foto, no está; o, más aún, el que no está no sale en la foto. Digo más aún porque hoy importa más estar en la foto virtual que ser en la realidad social.  Aunque ambas cosas van muy unidas. O muy separadas, según se mire. Antes teníamos que aprender a gestionar un único yo. Ahora, a los adolescentes se les multiplica por dos el trabajo porque tienen que atender también su yo virtual. Y es un duro trabajo: « Aprender a compatibilizar y gestionar ambas realidades –yo real y yo virtual– supone un esfuerzo continuo para los jóvenes, teniendo en cuenta además las cambiantes normas de netiqueta, la rápida evolución de la tecnología y la presión por no sentirse marginados.» Un esfuerzo incesante  por estar siempre presentes, siempre disponibles, no perderse nada, no desconectar, no cortar el vínculo, no desaparecer del continuo de la «conversación» inacabable veinticuatro horas de veinticuatro, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año. Ha dejado de existir la tregua, el descanso de la retirada al hogar y a la familia que suponían una desconexión transitoria, molesta pero necesaria para distanciarse del grupo y buscarse a sí mismo en la confrontación con la realidad familiar. 

El estudio califica –me ha encantado- de «fantasía» el concepto de ‘nativo digital’ que –dice- «presupone que las nuevas generaciones traen incorporadas las actitudes y conocimientos necesarios para manejarse sin problemas en entornos digitales». Muy al contrario, insisten, mantener ese yo digital les exige un esfuerzo de alfabetización  digital y aprendizaje continuo y, supongo yo, agotador y, por otra parte, muy limitado al campo de las redes sociales: siguen mirando Internet por una pequeña abertura desde la que se pierden el vastísimo horizonte de información y herramientas para el conocimiento que hay más allá del whatsapp.

No sienten que por estar perpetuamente conectados se relacionen menos físicamente, sino que lo hacen de otra manera (¿?); sin embargo, admiten que las rutinas digitales pueden aislarles de entornos cercanos y que el “ruido conversacional” de charlas simultáneas, chats, grupos, etc… y el lenguaje escrito online « genera en ocasiones relaciones de baja intensidad, superfluas, volubles, despersonalizadas… y una comunicación flexible, tendente a la intrascendencia y a la anécdota» menos seria y comprometida que la que exige el lenguaje gestual de la comunicación cara a cara. También señalan que, a pesar de eso, la posibilidad de revisión y de control del mensaje en este tipo de comunicación,  les permite  “perfilar” mejor la imagen que quieren proyectar de sí mismos.

Asumen despreocupadamente, como un peaje que hay que pagar por vivir en este mundo, la pérdida de intimidad que conlleva la red o la cierta dependencia que admiten que crea y disfrutan de lo que consideran ventajas como la eliminación de la timidez o la vergüenza, el flirteo fácil, el mayor número de relaciones incluso con personas alejadas.

Por último señalan como ventaja la posibilidad de rememorar el pasado visualizando de nuevo la huella permanente que dejan los mensajes y las conversaciones, sin ser conscientes de la pérdida del derecho al olvido del que todos deberíamos poder disfrutar como una posibilidad de romper y empezar de nuevo la creación de nosotros mismos.

No sé si el estudio refleja una nomofobia social entre los jóvenes. Tampoco sé si el vídeo de arriba refleja una situación social que pueda generalizarse. Me limito a terminar con estos números que no son impresiones, sino nada más –y nada menos– que datos:

  • el 96% de los españoles tiene móvil, cifra que supera a la registrada en Estados Unidos, China o Francia.
  • El 65% de los niños entre 8 y 12 años tiene móvil inteligente (en Francia y Alemania no llegan al 50%)
  • España es el país con más teléfonos móviles por habitante, y casi 10 millones de españoles utilizan whatsapp para enviar mensajes o fotos.
  • Por término medio, cada usuario consulta su móvil 34 veces al día.

 Referencias

http://es.wikipedia.org/wiki/Nomofobia

Estudio Fundación FAD