
Cada año, el Papa elabora un mensaje en torno a la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. El de este año se titula “Comunicación al servicio de una auténtica cultura del encuentro”.
En él nos dice que en un mundo cada vez más “pequeño”, en el que las tecnologías de la comunicación nos acercan, debería ser más sencillo estar próximos los unos de los otros. Los medios de comunicación deberían ayudar a esa sensación de cercanía, especialmente cuando Internet y las redes sociales han alcanzado un asombroso desarrollo.
¿Estamos de verdad más cerca? El Papa no contesta a esa pregunta, pero sí advierte de alguno de los límites que estos nuevos modelos comunicativos plantean. «La velocidad con la que se suceden las informaciones supera nuestra capacidad de reflexión y de juicio, y no permite una expresión mesurada y correcta de uno mismo. La variedad de las opiniones expresadas puede ser percibida como una riqueza, pero también es posible encerrarse en una esfera hecha de informaciones que sólo correspondan a nuestras expectativas e ideas, o incluso a determinados intereses políticos y económicos. El mundo de la comunicación puede ayudarnos a crecer o, por el contrario, a desorientarnos. El deseo de conexión digital puede terminar por aislarnos de nuestro prójimo, de las personas que tenemos al lado. Sin olvidar que quienes no acceden a estos medios de comunicación social –por tantos motivos-, corren el riesgo de quedar excluidos. […]»: sobreinformación, encapsulamiento y reafirmación de las propias opiniones, desorientación, aislamiento tecnológico, exclusión.
La clave está –dice, y yo me quedo con esta idea como la esencial de todo el texto– en que la comunicación es «una conquista más humana que tecnológica», por lo que no podemos nunca perder de vista que hay que humanizar permanentemente la tecnología si no queremos que esta nos deshumanice a nosotros, condicionándonos hasta el punto de hacernos ignorar a nuestro prójimo próximo y real.
La otra clave podría ser esta otra idea: aunque, «hay que estar en la calle junto a los otros y hoy las calles son también las calle digitales, […] no basta –dice el Papa– pasar por las “calles” digitales, es decir, simplemente estar conectados» es necesario darle un sentido a esa conexión: el encuentro personal. Y quizá aquí se halle una de las contradicciones de la comunicación tecnológica que, como veíamos en los últimos post, muy a menudo lleva consigo por su propia naturaleza cierta propensión a la deshumanización despersonalizadora.
Más adelante, añade: «cuando la comunicación tiene como objetivo preponderante inducir al consumo o a la manipulación de las personas, nos encontramos ante una agresión violenta como la que sufrió el hombre apaleado por los bandidos y abandonado al borde del camino, como leemos en la parábola [del buen samaritano]», imagen de nuestro prójimo.
Y por último, tras recordarnos que la tecnología por sí sola no garantiza la belleza, la bondad y la verdad de la comunicación que sólo puede provenir de un uso humano y humanizador de los medios, nos induce a la esperanza y a perder el miedo al uso de los nuevos medios: «La red digital puede ser un lugar rico en humanidad: no una red de cables, sino de personas humanas».
Referencias:



He leído el texto completo del Papa al que haces referencia. Salvando aquellas partes dedicadas al «consumo» interno de los creyentes -la parábola del buen samaritano- no me parece un texto que aporte gran cosa a la reflexión sobre el fenómeno actual del cambio de modelo comunicativo a través de la tecnología. Hay que estar, se nos dice una vez más. La Iglesia debe estar en el mundo virtual como lo está en el resto de las realidades -no sé si se observa la paradoja contenida en el emparejamiento de «realidad virtual»- y el cristiano debe vivir su condición de tal también cuando interactúe en la red. Apenas se enuncian algunas limitaciones o riesgos que Pepe resume… y poco más.
Sin embargo, creo que tras esta aparente sencillez, se esconde un problema hondo que creo entender en el comentario de José Luis (demasiado complicado para mí, por cierto) y que sería interesante analizar: ¿es posible el ciberapostolado, la tecnoevangelización? Creo con Juan Manuel de Prada que no: la evangelización o es personal, real, próxima o no es.
Movido por tu ejemplo, Verbum, aunque había decidido no hacerlo, acabo de leer yo también el mensaje de referencia del Papa Francisco. Coincido con tu apreciación en cuanto a su valor como elemento para la reflexión del cambio de paradigma experimentado en nuestra “comunicación social”. Sin duda no es ello lo que persiguen estos documentos pastorales, pero sería estupendo que también para ello sirvieran. De otra parte, agradezco tu aclaración sobre lo complicado de mi comentario porque, en efecto, lo es. Es directamente un horror de redacción debido, quiero pensar, al cansancio físico en el momento de escribirlo (recién llegado de Chile y antes de echarme a la cama). Si los blogs funcionasen como FB, habría “eliminado” mi comentario nada más comprobar, por tu aviso, lo ininteligible del mismo. Intento mejorarlo, pues:
DRAE. comunicar. 1. tr. Hacer partícipe a otro de lo que uno tiene.
Con bastante alegría e ignorancia, llamamos hoy “comunicar” y por extensión “comunicación”, a multitud de cosas que no lo son. Entendiendo perfectamente lo que nos dice el texto que se comenta, no sobra señalar la imposibilidad de “humanizar” la tecnología. Solo cabe humanizar a quien la usa y de ello resultará, en todo caso, un uso más humano de esta. Si, por ejemplo, llega a mi muro un “enlace” a algo que “publica” o “comparte” alguien y lo “comparto” yo (posiblemente sin siquiera haber “ido al sitio”) ¿puedo decir cabalmente que estoy haciendo partícipe a otro de algo que yo tengo? ¿puedo decir que me estoy comunicando? Verdaderamente hemos entregado nuestra capacidad -nuestro acto- de comunicarnos al instrumental tecnológico “de” comunicación en lugar de utilizarlo -a él- como instrumental tecnológico “para” comunicarnos, es decir, para hacer partícipes a otros de algo que yo tengo y los demás no. Esta entrega o rendición al poder de las TIC es algo que podemos advertir morfológicamente en nuestras comunicaciones digitales. Como se ha dicho aquí repetidamente, la propia naturaleza técnica del megadispositivo “impone” la forma de nuestros comunicados, su extensión, la dispensa de corrección gramatical, la reducción terminológica, el abandono de cultismos -hoy vergonzantes-, la renuncia argumental, probatoria, analítica de nuestros enunciados, la pobreza léxica, por no mentar lo incómodo de expresarse fuera de la corrección política, haciéndolos en tal modo “normales” que han terminado por “normalizar” nuestras posibilidades mismas de comunicación a través suyo. El fenómeno descrito, su aparente facilidad y manifiesto poder, se cobra nuestra riqueza personal: nuestra “personalidad” va dejando de comparecer en nuestras comunicaciones de tal modo que, reducida expresivamente a algo que no es expresión completa de sí misma, se expresa solo en las formas que sabe -o procura saber- de antemano van a ser “aceptadas”. Siendo así que todo lo dicho conduce necesariamente a la “estandarización” de nuestras comunicaciones, es decir a la pérdida de la impronta y matiz personales, resulta de ello que son los contenidos expresados “normalmente” los que pasan a establecer las nuevas tautologías “disponibles” para nuestra comunicación virtual. Ante un resultado tan imprevisto como penoso, limitado y frustrante de las magníficas expectativas auguradas por la comunicación digital (global, inmediata, multimedia) para nuestra conveniencia y perfección personal, una vez vacíos y desorientados, llevados tal vez por la necesidad de preservar alguna forma de identidad, se entiende mejor que el “homo tecnológicus” prefiera la vida virtual a, simplemente, la sensación de no estar entre los vivos.
De ninguna manera pondré en duda el potencial beneficio que el Papa Francisco ve en el mejor uso de las tecnologías de la comunicación para la labor propia de su institución y más aún viendo como él ve que “la red digital puede ser hoy un lugar rico en humanidad”. ¡Ojalá! No obstante, me confieso prejuicioso al respecto. Recuerdo un magnífico artículo de Juan Manuel de Prada -traído y comentado aquí- en el que no encontraba él mejor modo u otro modo de “comunicar” la fe que a través del encuentro personal.
José Luis.
Escribo la respuesta cuando acabo de publicar un sugerente estudio de la FAD sobre jóvenes y redes que enlaza muy bien con tu extenso y profundo comentario, José Luis.
En cuanto a la propuesta tuya, Verbum, te diré que estoy pendiente de acceder a las ponencias de un Congreso que que con el nombre de iMisión se acaba de clausurar en Madrid sobre evangelización y nuevas tecnologías, para confeccionar un post sobre el asunto.