clicNo sé cuántos de vosotros habréis hecho clic sobre el rótulo que encabeza este post. Es sólo una imagen, pero es tan habitual que puede que os haya podido la rutina. Vivimos en un medioambiente en el que el clic no sólo construye poco a poco nuestro perfil en la red, sino que también constituye un gesto que va sustituyendo poco a poco a nuestro modo de actuación social.

Como subraya Enrique Dans–siempre desde la perspectiva de su ciberoptimismo casi patológico– el entorno digital suprime la «fricción» del mundo físico facilitando al máximo que hagamos algo sin hacer nada. Toda la tecnología previa a lo digital ya había abierto un camino hacia la cómoda burbuja  individualista del sofá al facilitarnos la tarea de escuchar y ver (teléfono, radio, tv) el mundo sin necesidad de mover más que un dedo en el dial  o en nuestro mando a distancia, sin necesidad de desplazarnos, sin necesidad de bajar a la calle, sin necesidad de exponernos a las inclemencias meteorológicas o al molesto roce con el físico del prójimo.

A Dans, por supuesto, le parece un avance. Lo de siempre: más información, más participación, más interactividad…« una manera –en fin–de adaptar los mecanismos de respuesta de la sociedad a un entorno bidireccional, en el que todos podemos difundir nuestra opinión gracias a herramientas sencillas y al alcance de todo el mundo». A mí, no tanto.

Como en todo el resto de la marea digital, el medioambiente cotidiano supone una saturación de ppt’s, de campañas, de boicots, de viralidad, de «firme Vd. aquí» que acaba por aturdirnos y  termina por banalizar todas aquellas causas en las que se nos pide nuestro clic solidario, porque no sólo no tenemos tiempo de profundizar en cada una es que ni siquiera tenemos tiempo de saber qué es lo que estamos firmando con nuestro ratón o nuestro teclado del terminal telefónico.

Esa misma saturación de dramas e injusticias que produce la sobreinformación continua a la que estamos sometidos, hace que todo se desdramatice y se licúe en una masa amorfa que no hace sino insensibilizarnos y sumirnos en la indiferencia, la desgana, la astenia la parálisis social.

Cuenta Carmen Posadas que Rosa María Calaf, que ha vivido en su tarea profesional cientos de situaciones dramáticas en vivo para trasladárnoslas a nosotros en directo,  opina que « hoy en día se informa a golpe de titular, buscando despertar la emoción de los espectadores pero, paradójicamente, lo que se consigue con tanta sobredosis de desastres es el efecto contrario, una creciente indiferencia». Y cuenta también que un amigo del Club de Roma le comentaba que en el medioambiente simbólico actual se está produciendo una «cierta confusión entre gestos y acción. Vivimos en un mundo de gestos. Uno en el que alguien marca un me gusta en una iniciativa solidaria y ya cree que está contribuyendo a dicha causa; un mundo en el que el famoso de turno se disfraza de Coronel Tapiocca, vuela en business a un lugar remoto, le sacan un par de fotos dando de comer a un bebé y ya piensa que le ha salvado la vida. Es como si el dolor se hubiera convertido en un espectáculo más».

No es ‘como sí’, es que el dolor y en general el mundo se han convertido de hecho, en un espectáculo más a partir de una información que se consume también como un producto más, y en la que cuentan tanto las audiencias para rentabilizar al medio como si cada telediario, cada cabecera, cada web, se tratara de  un reallity cualquiera de la televisión. Hace mucho que la tele, la reina, lo convirtió todo en un inmenso show en el que lo impactante y lo emocionante siempre está por encima de lo importante. Por eso es de una enorme ingenuidad la segunda parte del comentario de la curtida corresponsal que también cita Posadas: «el ser humano puede asumir una cierta cantidad de dolor. Pero, llegado un momento, desconecta. Sin embargo, si se informa bien y a la emoción se le añade conocimiento, el efecto es espectacular. Cuando se sabe o se ve de cerca cómo pasan las cosas, la gente piensa de inmediato en el modo en que puede implicarse y, no solo eso, acaba sintiéndose responsable». Es lógico que intente justificar su trabajo, pero es inútil porque olvida que el medio para el que trabaja constituye y construye el mensaje que ella elabora transformándolo, digiriéndolo, poniéndonoslo en nuestro salón, perfectamente a salvo de la realidad que se nos cuenta, un drama o una injusticia o una guerra, en medio del café y de la publicidad de un limpiavajillas o del adelanto fantasmagórico de la película de la noche, convirtiéndolo en una realidad desrealizada.

La intermediación de las pantallas, que nos pone en contacto con la realidad y que nos separa de ella, llena de deshumanización despersonalizada todo lo que contemplamos en ellas. Nos acerca a lo que está lejos, pero nos impide experimentarlo porque nos engaña haciéndonos creer que lo vivimos y nos hace conformarnos con esa vicariedad sin resistencia física alguna, impidiendo cualquier iniciativa personal.

No, amigo Dans. No hay solidaridad, ni compromiso, ni responsabilidad sin roce. Hay que mojarse con los problemas de los demás bajando a la calle que es donde están de verdad las dificultades y las personas que las sufren. No hay verdadero activismo en el clic porque no hay roce. No se puede hacer nada sin mover un dedo, pero no basta con mover un dedo para hacer realmente algo. Hacen falta los ojos mirándose en otros ojos, hacen falta los brazos, hay que salir, mojarse, desplazarse, exponerse, comprometerse…: actuar. No se puede hacer algo sin hacer nada. Eso es clikpasotismo.

Referencias:

Post de Enrique Dans sobre el tema

Artículo de Carmen Posadas