
Mucho peor que la doméstica es la violencia del olvido. Después de la niñez interrumpida y muerta, la vejez es el colectivo social más castigado que existe, el más marginal, el más silencioso. El más olvidado. También el más numeroso. La vejez es lo más anónimo, lo más abandonado, de esta sociedad limitada en la que todo se mueve por amor. Por amor a la imagen.
Mediante el eufemismo, queremos quitarnos de la boca toda esa carga negativa que nos inspira la palabra «viejo»: creemos que al suprimir la palabra se irán con ella el miedo y lo que representa lo que nombra. Elegimos «anciano» y es inútil porque, como esa vieja mancha que no logramos quitar, la vejez acaba trasluciéndose en el vocablo nuevo. Lo sustituimos por «mayor», «tercera edad» y otras lindezas, pero una y otra vez sale a la superficie del lago de nuestra conciencia ese cadáver que queremos hundir para ocultarlo.
En el medioambiente simbólico la vejez está en sombra. No sale en la foto. No existe. No le gusta a las cámaras ni a los que miramos el producto de sus imágenes: nos asustan sus limitaciones; sus enfermedades nos ponen enfermos; sus cuerpos nos recuerdan la realidad y la limitada duración de los nuestros; sus vidas, nuestra muerte. Su presente es la imagen que no queremos ver de nuestro futuro. No tenemos tiempo para detenernos en la experiencia de lo que han visto esos ojos enmarcados de arrugas. Sus arrugas son un estorbo y un baño de realidad para nuestra desenfrenada carrera hacia la virtualidad del individualista paraíso del consumo en el que el cuerpo marca la diferencia.
No hay nada mediáticamente aprovechable en la vejez salvo el morbo informativo de tragedias anónimas, de muertos encontrados en la oscuridad aislada y silenciosa de sus pisos urbanos. Y, por supuesto, su carácter de almacén de consumo audiovisual residual y a la vez enorme. Enorme porque de esos 3.500.000 españoles (un 8% de la población total) que se pasaron la friolera de 10 horas al día ante el televisor en el año 2008, el 98% eran viejos. Residual porque de ese 44,2% que vieron la televisión solos, el 90% eran viejos. Los otros eran niños.
Aparcamos a los niños delante de las pantallas y abandonamos a los viejos en brazos del tiempo muerto de la televisión jubilándolos no sólo de la actividad productiva, sino de la posibilidad de seguir viviendo en lugar de mirar cómo viven los otros.
A la cámara de la tele no sólo no le gusta la cara del jubilado, sino que es incapaz de reflejar la belleza de lo que está más allá del cuerpo y de la imagen. La grandeza de lo que en cada uno nunca es jubilable: la persona que de verdad somos independientemente de la edad que tengamos. Las cámaras son ciegas a lo que no se ve. Incapaces de mirar a los ojos y transmitir esa luz que próxima a apagarse es toda una lección de vida. Las cámaras son inaccesibles a la memoria. Les repele la lentitud de la contemplación. Son crueles con la debilidad. Inútiles ante lo impenetrable del comienzo y el final de la vida.
Contemplen las imágenes, no las consuman o serán consumidos por ellas.Mucho peor que la doméstica es la violencia del olvido. Después de la niñez interrumpida y muerta, la vejez es el colectivo social más castigado que existe, el más marginal, el más silencioso. El más olvidado. También el más numeroso. La vejez es lo más anónimo, lo más abandonado, de esta sociedad limitada en la que todo se mueve por amor. Por amor a la imagen.
Mediante el eufemismo, queremos quitarnos de la boca toda esa carga negativa que nos inspira la palabra «viejo»: creemos que al suprimir la palabra se irán con ella el miedo y lo que representa lo que nombra. Elegimos «anciano» y es inútil porque, como esa vieja mancha que no logramos quitar, la vejez acaba trasluciéndose en el vocablo nuevo. Lo sustituimos por «mayor», «tercera edad» y otras lindezas, pero una y otra vez sale a la superficie del lago de nuestra conciencia ese cadáver que queremos hundir para ocultarlo.
En el medioambiente simbólico la vejez está en sombra. No sale en la foto. No existe. No le gusta a las cámaras ni a los que miramos el producto de sus imágenes: nos asustan sus limitaciones; sus enfermedades nos ponen enfermos; sus cuerpos nos recuerdan la realidad y la limitada duración de los nuestros; sus vidas, nuestra muerte. Su presente es la imagen que no queremos ver de nuestro futuro. No tenemos tiempo para detenernos en la experiencia de lo que han visto esos ojos enmarcados de arrugas. Sus arrugas son un estorbo y un baño de realidad para nuestra desenfrenada carrera hacia la virtualidad del individualista paraíso del consumo en el que el cuerpo marca la diferencia.
No hay nada mediáticamente aprovechable en la vejez salvo el morbo informativo de tragedias anónimas, de muertos encontrados en la oscuridad aislada y silenciosa de sus pisos urbanos. Y, por supuesto, su carácter de almacén de consumo audiovisual residual y a la vez enorme. Enorme porque de esos 3.500.000 españoles (un 8% de la población total) que se pasaron la friolera de 10 horas al día ante el televisor en el año 2008, el 98% eran viejos. Residual porque de ese 44,2% que vieron la televisión solos, el 90% eran viejos. Los otros eran niños.
Aparcamos a los niños delante de las pantallas y abandonamos a los viejos en brazos del tiempo muerto de la televisión jubilándolos no sólo de la actividad productiva, sino de la posibilidad de seguir viviendo en lugar de mirar cómo viven los otros.
A la cámara de la tele no sólo no le gusta la cara del jubilado, sino que es incapaz de reflejar la belleza de lo que está más allá del cuerpo y de la imagen. La grandeza de lo que en cada uno nunca es jubilable: la persona que de verdad somos independientemente de la edad que tengamos. Las cámaras son ciegas a lo que no se ve. Incapaces de mirar a los ojos y transmitir esa luz que próxima a apagarse es toda una lección de vida. Las cámaras son inaccesibles a la memoria. Les repele la lentitud de la contemplación. Son crueles con la debilidad. Inútiles ante lo impenetrable del comienzo y el final de la vida.
Contemplen las imágenes, no las consuman o serán consumidos por ellas.



A mi me encantan las caras corrientes que reflejan muchas cosas. Y cuanto mas viejos, mas me hablan sus caras. Me gustan los concursantes más que las presentadoras que tienen todas unas caras estándar y no expresan nada.
Leyendo este acertadísimo post (además de deliciosamente escrito); el comentario de Amanda con el que estoy de acuerdo; y corrigiendo el mío antes de enviarlo, me doy cuenta de que, a todos, nos resta eficacia la generalización.
Al generalizar perdemos la precisión que nos daría enfrentar lo que decimos a la existencia de lo contrario, aunque no fuera de un modo desarrollado o ejemplificado. Bastaría inducir con nuestras palabras a que el lector no entienda que de lo que se habla es de “la totalidad”. Más aún, cuando de hecho (porque lo sabemos), eso es justamente lo que pensamos. A saber: es verdad que “en general” la vejez sufre la “violencia del olvido” y “en general” mediáticamente la vejez no es interesante, como lo es también que “en general” las presentadoras de televisión tienen “caras estándar que no expresan nada”, pero no lo es que no existan los contrarios. A saber: que la vejez no sea tratada por los medios, por distintos motivos, con cierta frecuencia y que no intenten hacerlo desde una posición empática hacia sus “personajes”, o que no haya presentadoras de televisión que no tengan caras estándar.
Generalizar no es contemplar la realidad en su tamaño, sino reducirla. Pensemos que cualquier anciano o presentadora de televisión leen lo escrito: ¿se sentirán identificados? ¿aceptarán ésa reducción? ….. Entonces: ¿Porqué se nos escurre con tanta facilidad el lápiz de escribir hacia el carbón de dibujar …… caricaturas? ¿Esterotipos? En mi opinión, por dos razones: una, la insuficiente educación de nuestras formas de expresión; otra, la mayor facilidad que supone “reducir” las cosas para pensarlas, facilidad que al fin se convierte en “costumbre de nuestra inteligencia”. Una mala costumbre, sin duda.
Valga este exagerado exordio para decir, ahora ya de otro modo, que estoy de acuerdo con el contenido de ambos escritos,el de Pepe y el de Amanda, o al menos entiendo su intención perefctamente. En efecto, más allá de que encierre tanta riqueza, la vejez da miedo. Esos organismos aún vivientes, no sé en qué modo todavía vivos, serían una mina mediática de tener, la sociedad “avanzada”, una concepción más positiva del declive vital. Sin duda, el olvido es violento para quien lo sufre, cualquiera que sea su edad. En la de la vejez lo es por ser especialmente injusto, ingrato, e inhumano.
Esta conducta de “evitación” de lo doloroso y de lo que ya no es “bello” (tal vez más que propiamente de “olvido”) tiene su raíz, como es sabido, en el empeño de ser más de lo que somos o, mejor dicho, “otra cosa” de lo que somos. Y lo que más radicalmente no somos es inmortales. Aunque, como apuntó J.L.Borges, en su poema “Alguien”, “ … y nadie hay que no corra el albur de ser el primer inmortal …”. No sólo nos morimos, sino que lo hacemos despacio, poco a poco ( muy recomendable “Cómo morimos” Sherwin B. Nuland. Alianza Editorial, 1995). Ante esta inapelable condición de la vida, la sociedad de consumo nos vende (porque tiene gancho y éxito de ventas) “la eterna juventud”. ¿No es cómo para reírse de nosotros mismos? Por fortuna, nuestra Santa Madre la Iglesia Católica, con el mismo amor de una madre que, para salvarlos, no engaña nunca a sus hijos, nos recuerda cada Miércoles de Ceniza, que “polvo somos y en polvo nos convertiremos”. Nos quiere enseñar a ser “como somos” para que integremos la muerte en la vida y vivamos conforme a ello. ¿Cabe mayor sabiduría? ¿Y mayor amor?.
Desde que existen los mass media, todos los sucesores de Pedro, desde Pío XII hasta Benedicto XVI, y con especial intensidad Juan Pablo II, ponderan fevorablemente las potencialidades de los mismos como instrumentos de evangelización. ¿Porqué no les hacemos caso con decisión?
José Luis.
Qué bien escribes.
Muchas gracias, Anónimo. Lo que dices me anima a seguir haciéndolo. Lo único importante es que sirva para algo.
José Luis.