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“Comunicación y Misericordia: un encuentro fecundo” es el título del mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2016. Estas son algunas palabras del Papa: una declaración de buenas intenciones dirigida al corazón de cada persona, pero muy alejadas de la realidad social y digital en la que nos ha tocado vivir, aunque, quizá por eso, necesarias.

«Lo que decimos y cómo lo decimos, cada palabra y cada gesto debería expresar la compasión, la ternura y el perdón […]. El amor, por su naturaleza, es comunicación, lleva a la apertura, no al aislamiento». Esto nos pone frente a frente con una realidad tan distinta que sonroja. Lo primero que tendría que hacer la palabra es significar. Y hoy la perversión del lenguaje invade el ámbito público de tal manera que es imposible no ya la compasión y el perdón, sino la comunicación misma. Más allá de los  eslóganes, las audiencias, los 140 caracteres, el debate televisivo, el me gusta, el pásalo y el compartir la nada hasta la nausea no se vislumbra mucho más horizonte fuera del ámbito privilegiado de la charla personal cara a cara.

«La comunicación tiene el poder de crear puentes, de favorecer el encuentro y la inclusión, enriqueciendo de este modo la sociedad. Es hermoso ver  personas que se afanan en elegir con cuidado las palabras y los gestos para superar las incomprensiones, curar la memoria herida y construir paz y armonía. Las palabras pueden construir puentes entre las personas, las familias, los grupos sociales y los pueblos. Y esto es posible tanto en el mundo físico como en el digital». Así es. Es posible. Es deseable. Pero de nuevo nos enfrenta a una realidad sonrojante en la que las palabras, digitales o no, son a menudo un arma arrojadiza que levanta murallas. Nos sigue quedando, gracias a Dios, la poesía.

«Para esto es fundamental escuchar. Comunicar significa compartir, y para compartir se necesita escuchar, acoger. Escuchar es mucho más que oír. Oír hace referencia al ámbito de la información; escuchar, sin embargo, evoca la comunicación, y necesita cercanía. La escucha nos permite asumir la actitud justa, dejando atrás la tranquila condición de espectadores, usuarios, consumidores».[…]«Escuchar significa prestar atención, tener deseo de comprender, de valorar, respetar, custodiar la palabra del otro». La escucha es, pues, atención concentrada, comprensión, cercanía, en efecto, y no dispersión, sobreinformación y ruido. Hoy, me temo que la sociedad de la información es sobre todo mucho “oír”, mucho “repetir” –es decir- generar más ruido-, mucho “compartir lo oído” sin haber escuchado mientras tanto absolutamente nada.

«También los correos electrónicos, los mensajes de texto, las redes sociales, los foros pueden ser formas de comunicación plenamente humanas. No es la tecnología la que determina si la comunicación es auténtica o no, sino el corazón del hombre y su capacidad para usar bien los medios a su disposición. Las redes sociales son capaces de favorecer las relaciones y de promover el bien de la sociedad, pero también pueden conducir a una ulterior polarización y división entre las personas y los grupos. El entorno digital es una plaza, un lugar de encuentro, donde se puede acariciar o herir, tener una provechosa discusión o un linchamiento moral. […]También en red se construye una verdadera ciudadanía. El acceso a las redes digitales lleva consigo una responsabilidad por el otro, que no vemos pero que es real, tiene una dignidad que debe ser respetada. La red puede ser bien utilizada para hacer crecer una sociedad sana y abierta a la puesta en común». No es la tecnología lo que hace o no auténtica la comunicación, pero sí es determinante para condicionar un tipo de comunicación que hoy por hoy deshumaniza a esos seres que son reales, pero que no se perciben como tales y que por tanto constituyen una ciudadanía muy poco verdadera. Quizá la tecnología es muy joven y ha crecido muy rápido y somos ante ella como niños que necesitamos un proceso de adaptación y digestión para lograr distanciarnos de ella críticamente y empezar a plantearnos cómo, cuándo y para qué usarla y hacerla así más humana. 

«La comunicación, sus lugares y sus instrumentos han traído consigo un alargamiento de los horizontes para muchas personas. Esto es un don de Dios, y es también una gran responsabilidad. Me gusta definir este poder de la comunicación como “proximidad”». Repitamos aquí el axioma de que la tecnología nos acerca lo lejano y nos aleja de lo próximo, sin que ese acercamiento de lo lejano suponga una mejora cualitativa de la comunicación y sí, en cambio, el alejamiento sea cualitativamente lamentable también para muchas personas.

Buenas palabras, en consonancia quizá con el papel conciliador del Pontífice, pero muy poco análisis de lo que supone hoy la irrupción digital en el mundo de la comunicación. Espero que la Jornada, que tendrá lugar el próximo 8 de mayo, sea provechosa.

Referencias:

Mensaje completo del Papa