Los hay que hacen fotos y los hay que son fotógrafos. Ante una realidad concreta que está ante la vista de un grupo de turistas con sus cámaras, el fotógrafo mira primero lo que ve e imagina lo que va a captar; los otros ven lo que van a retratar y luego, a veces, miran lo que han retratado. El fotógrafo crea lo que ve, el turista posee lo que ha visto sin llegar a mirarlo. Porque mirar lo que uno ve es precisamente una manera de re-crearlo. La vista se queda, plana, en la superficie de la luz. La mirada traspasa la luz y la piensa, creando una nueva realidad simbólica. Ver es un acto sensitivo, mirar es un acto poético. La vista es común al resto de los seres vivos, la mirada es esencialmente humana.
La cámara digital, su tamaño e inmediatez han provocado una inflación de la caza fotográfica que, como todo exceso, devalúa la propia fotografía, la mirada y, en cierto modo, la propia realidad.  Millones de instantáneas que nunca llegarán al papel se superponen unas a otras en los discos duros y circulan por las redes sociales repitiéndose sin cesar a sí mismas, exponiéndose a la vista de millones de ojos sin que nadie las llegue a mirar nunca. Tenemos más imágenes que nunca y la realidad se nos escapa entre los ojos ciegos de tanto ver sin pararse a mirar lo que ven. La fotografía digital de masas ha convertido a la mirada en una forma de consumo.

La fotografía, como todo arte, es contemplación, que es la forma más alta de mirar. Mirar eligiendo y descartando. Las cosas, la realidad, la luz, siempre están ahí, deslumbrándonos con su obviedad. La costumbre de ver nos impide mirar y de ese modo no vemos más allá de las cosas.  La mirada fotográfica es una forma activa de mirar en la que sacamos el ojo de su rutina práctica y le obligamos al ejercicio gratuito de la contemplación. Desde esa gratuidad, las cosas aparecen renovadas y la mirada desvela lo que esconden en su interior de formas puras.

La fotografía es la literatura de la luz. Esa materia intratable se selecciona con el encuadre, que elige y, por lo tanto descarta; con el punto de vista, que la sitúa, la marca y la descubre; con la velocidad de obturación, que la congela, aclara o difumina; con la abertura del diafragma que gradúa su cantidad; con la longitud focal, la profundidad de campo, el movimiento, la elección de los fondos, el color, el punto de vista…

Lo que un fotógrafo pretende cuando encuadra y retrata lo que tiene delante, no es tanto su captura – por lo demás, inevitable – cuanto dar su versión poética, es decir, artística, de lo que ha visto. La fotografía no repite la realidad, la recrea. El fotógrafo intelectualiza estéticamente el mundo físico que presencia. Y no sabrá con qué grado de éxito lo ha conseguido hasta que vuelva a mirar en un soporte lo que miró cuando hizo su fotografía. Es el momento de oír sonar al fin la melodía que imaginó a la que reconoce ahora por primera vez.

Mirar no es ver. Por eso vemos la tele y cuando la miramos, nos distanciamos de ella y empezamos a pensar en verla de otro modo. Vean televisión, pero mírenla de vez en cuando, no la consuman o serán consumidos por ella.

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