James Natchwey
«Hieren su sensibilidad. O sea, molestan a los lectores —nos dices, Arturo, con tu habitual estilo cargado de ironía en tu Patente de Corso—. Los desconsiderados redactores que metieron en los periódicos de papel o digitales una fotos de niños escabechados en la última matanza de la [última guerra], no tuvieron en cuenta que enseñar cadáveres es de mal gusto. Incurrieron en el voyeurismo sórdido… […] niños degollados y sangre, qué espanto. Qué inapropiado. […] hacen de la muerte un espectáculo, de la tragedia un morbo».
Curioso. Puede que tengas razón y todavía queden espectadores con la sensibilidad intacta ante la avalancha de imágenes impactantes con que desde hace treinta años les baña la televisión en los telediarios, en los programas Impacto TV, en las series, en las películas. Imágenes de muerte y destrucción de verdad y de mentira, o mejor reales y de ficción, porque desde el mismo momento en que una imagen es seleccionada por el reportero hasta que nos llega enlatada al salón de nuestra casa, decir verdad o mentira es asunto peliagudo. En ese mundo traidor de la narrativa televisiva nada es verdad ni es mentira, todo depende de la toma, de la edición, del comentario…, del cristal con que se mira.
La jefa de informativos de entonces, continúas: «sectaria, desabrida y biliosa, hoy ideóloga ética de la telebasura»,  no os permitía publicar ni una imagen de la «carne fresca recién descuartizada, desde los Balcanes […] imágenes de la matanza cotidiana, grabadas, jugándose la vida bajo las mismas bombas que mataban a esa gente, por […] profesionales que estaban allí para mostrar lo que ocurría, la atrocidad y la barbarie, no para plantearse problemas éticos sobre la sensibilidad de los espectadores». 
También curioso. Jamás hubiera imaginado a María Antonia Iglesias o a cualquier otro jefe de informativos, preocupado por la sensibilidad inexistente de los espectadores. Más bien, durante estos años, los he visto intentando convertir las noticias en espectáculo y seleccionar como exclusivamente noticiables las batallas políticas marcadas desde arriba y aquello que por su morbo podía precisamente atraer la mirada turbia y abotagada del telespectador que apenas podía despertar con el efecto llamada de la advertencia: “Cuidado, las imágenes que van a ver pueden herir su sensibilidad…”. 
Yo, Arturo, entiendo que tú y tus compañeros estuvisteis allí y vivisteis aquello, pero ¡qué enorme ingenuidad la de creer que ni por un momento las imágenes nos iban a hacer vivirlo a nosotros en el salón de casa:  «La función de las imágenes de guerra atroces —insistes— es precisamente … sacudir, atormentar, herir la sensibilidad del lector, del espectador, lo más que se pueda. Decirle: mira, gilipollas, esto es real. Así muere la gente cuando la matan. […] dudo que ningún editorial, ninguna tertulia televisiva, logre hacer con sus argumentos que alguien odie tanto a los nazis como la brutal visión de las imágenes de Auschwitz o Dachau, a la hora de comer[…]». Y es que, en parte, ese es el problema, amigo. La hora de comer. La hora de comer es nuestra vida cotidiana, la rutina en la que las imágenes, desde la guerra del Vietnam mil veces repetidas, amontonadas, mezcladas con nuestras conversaciones, con las noticias de las rebajas, con los jingles de los anuncios y las sonrisa de la presentadora,  nos han ido llegando como eso que pasa, felizmente, donde no estamos. Esas imágenes provenientes de la realidad, al pasar por la hormigonera de la televisión, se han hecho televisivasequiparándose a las de los concursos, a las de los anuncios, a las de las películas. Esas imágenes se han devaluado y han dejado de ser reflejo de realidad alguna.
«Lo que ocurre —concluyes— es que esta sociedad anestesiada, egoísta, que a pesar de la que está cayendo fuera y dentro sigue sin querer enterarse de en qué peligroso mundo vive, está empeñada en que nadie le altere el pulso. En que no la despierten de su imbécil sueño suicida. Lo que pide, o exige, es vivir cómodamente sentada en el sofá, zapeando entre anuncios con gente que baila y sonríe, Sálvame y el puto fútbol». Tienes toda la razón. Y, quizá sin saberlo, al formar parte de ese engranaje televisado y televisivo, tú también has participado en su anestesia. ¿No mirar? La cultura de la imagen no nos ha acostumbrado precisamente a eso sino a mirarlo todo con avidez creciente hasta saciarnos de tal modo que hemos perdido el gusto y el disgusto.