En el mundo de la tecnología nada es gratis. Nada es casual. Son ya aplastantes los testimonios de tecnólogos que conocen bien la trastienda de las grandes corporaciones –imprescindible el visionado del documental El Dilema de las Redes (Netflix)–  y que nos hablan de cómo nuestra relación con los dispositivos está determinada por una legión de ingenieros muy bien pagados que trabajan para que el diseño de las interfaces de las aplicaciones, la selección determinada por los algoritmos, las notificaciones, los botones, el etiquetado de las fotografía, el arrastre infinito de nuestro dedo en la pantalla, la actualización de las noticias, el paso automático del final de un capítulo de una serie con el comienzo de la siguiente, el uso de la incertidumbre de la recompensa variable en la espera de lo que nos va ofreciendo la pantalla…, todo en el uso de nuestros móviles está diseñado  para que vaya en la dirección de capturar nuestra atención el mayor tiempo posible para vender nuestros datos, intereses, decisiones a terceros. Es un negocio puro y duro. Nada es gratis. Nada es casual.

Es una batalla desigual entre la ingeniería, nuestro deseo de comunicación y nuestra voluntad. La huella digital que dejamos con nuestros clics y que permite predecir nuestras decisiones cada vez con mayor precisión nos hace también cada vez más vulnerables.

Cambiamos sin darnos cuenta nuestra manera de relacionarnos, nuestras conductas comunicativas y nuestros hábitos. Somos cada vez más conscientes de nuestra dependencia, sentimos el empobrecimiento de nuestra vida relacional cuando vamos sustituyendo, imperceptible pero incesantemente, el roce, la dificultad, el esfuerzo y la riqueza de nuestra comunicación presencial por la intermediación de los sucedáneos tecnológicos, más rápidos, más inmediatos, quizá más eficaces…, pero también adictivos y sucedáneos, al fin y al cabo.

Llevamos veinte años exponiendo desde aquí esta realidad cada vez más apoyados por los hechos y sus consecuencias y, en los últimos cinco años, por los teóricos que van publicando análisis cada vez más profundos y extensos. Véase a Shoshana Zuboff y su imprescindible La Era del Capitalismo de la Vigilancia (Paidós), ampliamente reseñado por nosotros.  O también más claros y duros como el estudio de Michel Desmurget, La Fábrica de Cretinos Digitales, en Península que ya hemos leído y del que daremos cuenta cumplidamente. O incluso noticias periodísticas como la dedicada por el New York Times a las mentiras de Zuckerberg sobre los efectos tóxicos del uso de sus plataformas entre los adolescentes.

No se trata nunca de neoludismo antitecnológico, sino de ecología del medioambiente simbólico y relacional. Se trata de vivir mejor la tecnología, de aprovecharla al máximo evitando su evidente toxicidad adueñándonos de su uso.

Y de eso va el libro del profesor de ciencia computacional de la Universidad de Georgetown Cal Newport, Minimalismo Digital, en defensa de la atención en un mundo ruidoso (Paidós, 2021), que presentamos hoy. Un ensayo que no pretende tanto analizar lo que ocurre en el mundo digital, sino ofrecer un programa de uso limpio y eficaz de aplicaciones, dispositivos y plataformas, para mejorar nuestra cotidianeidad digitalizada.

Si queremos mejorar nuestra vida tecnológica, sacándole todo el partido, hay que pararse y reflexionar, nos dice. «Ni la fuerza de voluntad, ni los consejos, ni las resoluciones vagas bastan por sí solos, para reducir la capacidad de las nuevas tecnologías para invadir nuestro paisaje cognitivo: la capacidad adictiva de su diseño y la fuerza de la presión cultural que la sustentan son demasiado fuertes».

Su propuesta es sencilla, aunque no fácil: básicamente consiste en hacer consciente el uso de nuestros dispositivos y aplicaciones, ordenarlo, racionalizarlo, hacerlo realmente nuestro sorteando los trucos y reclamos de las empresas y consiguiendo así que enriquezca nuestras vidas en vez de apoderarse de ellas. En palabras del autor: «Necesitamos una filosofía que nos vuelva a poner al mando de nuestra experiencia cotidiana y destrone los caprichos primitivos y los modelos de negocio de Silicon Valley»

Sencillo, sí, pero no fácil porque conoce bien el poderío de la tecnología y no se anda con paños calientes: primero un corte radical de treinta días con los dispositivos desde el que empezar realmente de cero a planificar y hacer realmente nuestro su uso. Resetearnos, dice Newport. Solo desde ese vacío, desde ese lavado de estómago digital, desde ese punto cero, con su síndrome de abstinencia incluido, seremos capaces de tomar verdaderamente el control. Durante ese periodo es muy bueno y puede ser muy necesario introducir en nuestras vidas actividades nuevas que nos atraigan y que llenen el vacío dejado por la tecnología mientras vamos pensando cómo reenfocar de nuevo nuestra relación con ella.

Después, Minimalismo digital, es decir, concentrar el tiempo on line en una pequeña cantidad de actividades cuidadosamente elegidas y organizadas de la mejor manera posible. Elegir, seleccionar despacio aquellas opciones tecnológicas que realmente necesitemos y que enriquezcan nuestra vida cotidiana y rechazar firmemente todas las demás. Es la filosofía del “menos es más”, como dice el autor.

Pocas tecnologías y bien seleccionadas en tiempo y forma: escoger las aplicaciones realmente valiosas delimitando cómo y cuándo las vamos a usar; eliminar las notificaciones; usar el ordenador en vez del móvil para las redes sociales; utilizar los mensajes de texto para indicaciones breves y concisas y no para sustituir a la conversación; mantener el móvil en modo “no molestar” y personalizar los ajustes para que entren solo las llamadas y mensajes de una lista seleccionada (esposo/a, hijos, colegio…); elegir momentos para revisar los mensajes recibidos y contestarlos; determinar un horario en el que siempre estemos disponibles para recibir y hacer llamadas, y hacérselo saber a quienes necesiten contactar con nosotros….

Sin embargo, no hay un sistema único y definido para todos: cada uno debe hacerse su propio mapa de uso tecnológico acorde con su personalidad, sus circunstancias y sus necesidades. Pero hay que hacerlo. Que no sea la tecnología quien nos lo haga.

El libro, como casi todos los ensayos norteamericanos, podría ser más breve, pero es de fácil lectura y está plagado de ejemplos reales de personas que se han implicado en este sano planteamiento del minimalismo digital desde variadas circunstancias personales y con estrategias y “recetas” también muy diferentes. Todo un acierto que va contra esa pesada losa de la inevitabilidad digital en la que se recrean tantos supuestos expertos: sí se puede y se debe poner puertas al campo tecnológico. Depende, como siempre, de la libertad de cada usuario.

Usa la tecnología, no la consumas o serás consumido por ella.